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miércoles, 14 de noviembre de 2018

PURO VICIO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 13 DE NOVIEMBRE DE 2018

Todos tenemos secretos. Cosas tan íntimas que no reconoceríamos ni aunque nos metieran astillas debajo de las uñas o nos amenazaran con un hurón loco. Pulsiones que nos avergüenzan, que nos asustan o que somos incapaces de verbalizar. Aficiones inconfesables, gustos raros y perversiones extrañas. 

Nos pirran nuestros hedores y nuestras secreciones; nos hacemos el moco, nos olemos la ropa interior, nos quitamos las pelotillas entre los dedos de los pies y nos rascamos las picaduras de los mosquitos hasta hacernos sangre. Bailamos delante del espejo haciendo playback, escuchamos canciones tontas que nos emocionan hasta la lágrima, leemos libros espantosos que nos mantienen despiertos un martes por la noche, vemos películas de tercera regional que nos encantan y series más malas que el baladre de las que esperamos con ansia viva la próxima temporada. Guarreamos con la comida, bebemos agua de la botella a morro, chupamos las tapas de las natillas, metemos el dedo en el bote de la leche condensada y nos comemos la fruta escarchada del Roscón de Reyes. Nos ponemos como motoretas con señores y señoras a los que no saludaríamos jamás en público, y nos remueven hasta los cimientos a nivel terremótico gente objetivamente fea y asimétrica: véase que hay personal al que le molan los abdominales de Aznar o los contoneos de cadera de Georgie Dann. Si eso no son parafilias, que venga el Marqués de Sade y lo vea. 

Los japoneses son peores, claro, que eso de comprar bragas usadas en máquinas expendedoras, pagar por echarse una siesta sobre el regazo de una mujer o mojar patatas fritas en chocolate es de traca, pero es que las guarreridas japonesas han sido siempre superiores a las españolas. Hasta que ha llegado Techi al Poli DeLuxe. Techi no es japonesa, pero parece del mismísimo Osaka: no sólo por el nombre, Te Chi, y por los ojos achinados a causa del bótox, sino también porque fue novia del Paquirrín pre balón gástrico, lo cual ya indica el nivel de perversión. A Techi le preguntaron si alguna vez le había depilado los pelos de la espalda a Kiko Rivera. Sí, contestó. Con crema depilatoria, aclaró. Tan fresca. Sólo le faltó decir que le quitaba los puntos negros para superar "El imperio de los sentidos". También es cierto que peor es lo mío, que lo estoy viendo un sábado por la noche. Puro vicio. 


miércoles, 26 de septiembre de 2018

FUTURO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 25 DE SEPTIEMBRE DE 2018
Esta mañana me he sorprendido mirando el horóscopo. Sí, tal cual. Sí, yo también me he quedado muerta. Sí, no lo hacía desde los 12 años. Lo mismo que buscar matrículas de coche con tres nueves seguidos para saber si yo le gustaba al bigardo de turno, hacer los exámenes siempre con el mismo boli, cruzar los pasos de cebra sólo pisando las franjas blancas o comerme un Bony. Todo de una racionalidad que me río yo de Descartes
Pero llegaron los dieciséis y una se convirtió en una descreída militante con ninguna fe, poca esperanza y un mínimo de caridad. Y comenzó a parecerle incoherente la gente que se declaraba atea y luego se ponía ropa interior roja en Nochevieja; servidora los juzgaba con la dureza, la soberbia y la ignorancia propias de la adolescencia (y de Isabel Pantoja). Pero se ve que la edad ablanda el cerebro, el corazón y las carnes, sobre todo las carnes, y que nos invaden el miedo y la ansiedad: entonces empezamos a buscar señales absurdas que nos permitan sobrevivir a semanas que son un lunes eterno, y nos agarramos a lo que sea para aguantar firme en nuestras posiciones, y a intentar atraer la buena suerte y a ahuyentar la mala. Y todo eso lo hacemos aún siendo conscientes de que depositar nuestra fe en tocar un trozo de madera es tan efectivo como depositarla en que Paquirrín vaya a acabar el bachillerato.
Por eso, cuando vamos por la vida como pollo sin cabeza, pensamos en el destino como si existiera, cuando el destino no es más que el resultado de las decisiones que tomamos y de las que no tomamos. Hasta Stevie Wonder lo cantó, desatado y con el pelo a lo afro: "La superstición no es el camino". Y tanto que no; el camino es el curro, la constancia, el esfuerzo. Claro, que Stevie Wonder también cantaba "Si bebes, no conduzcas", y miren el caso que le hemos hecho. Pues lo mismo: al final, hasta los escépticos más recalcitrantes viven apoyándose en pequeñas supercherías cotidianas, y acaban llevando en la cartera un amuleto indio, una moneda china o la estampita de un santo. Yo llevo a Brays Efe disfrazado de Sor Francisca Salas, elegida por Dios mucho antes de nacer. Qué quieren, le tengo mucha fe a los Javis. Y más aún a los gintonics y a los torreznos. 

miércoles, 19 de septiembre de 2018

LA LLAMADA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 18 DE SEPTIEMBRE DE 2018
Si a Macarena García se le apareció Dios cantando por Whitney Houston, a Carlota Corredera se le apareció Pantoja llamando por teléfono. Acabáramos: eso sí que fue La Llamada. Con mayúsculas. Una llamada que no se había producido en años de programa. Y claro, se lio.
Con su hija en "GH VIP", la de Pantoja fue una llamada divina que aparentaba ser humana a base de desgarro, dolor, hipidos, llantos, suspiros y pausas dramáticas, que para eso Pantoja es la reina de la sobreactuación y tiene más registros que Meryl Streep. Porque Pantoja no es que cante copla, es que habla en copla: "Estoy más tranquila estando mi hija ahí porque sé que no le van a hacer daño. Muy triste preguntarse ¿dónde estará mi hija esta noche?, ¿a qué hora llegará?, ¿qué le pasará a mi hija? Ese es el sufrimiento que yo tengo". Lo dijo Pantoja, pero lo mismo lo podían haber escrito Quintero, León y Quiroga
Pantoja es una superviviente. Y más lista que el hambre: sabe que a una madre que sufre no se la cuestiona. Por eso llamó, no para proteger a Chabelita de los ataques de la jauría, sino para defender su papel como progenitora y para que España entera supiera que, si la niña le ha salido díscola, no es por su culpa. Pantoja le dio la vuelta a la tortilla, hizo de la necesidad virtud y descendió del cielo a la tierra convertida en una mater dolorosa con el corazón atravesado por siete puñales. Y el público empatizó con ella, y se olvidó de la herencia de Paquirri, de la cárcel, de Julián Muñoz, de sus mentiras, de su soberbia y hasta de su mirada laxante. Lo malo es que también se olvidó de que Kiko Rivera ha hecho exactamente lo mismo que su hermana: se ha metido en los mismo líos, ha cometido los mismos excesos y ha tenido los mismos rollos de una noche. Pero él es un tío. Y eso, en el planeta Cantora, supone una diferencia extraordinaria.
Peor fue lo de Chelo García Cortés, a la que la llamada pilló disfrazada de Amy Winehouse con una peluca hecha de pelo de muñeca chochona y con pinta de ser altamente inflamable. Eso es como que te aparezca Fassbender en tu casa con ganas de mambo y tu estés con falta de depilar. A mí me pilló arreglándome para salir a hacer unos recados. Llegué tarde.

miércoles, 23 de mayo de 2018

OXÍMORON

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 22 DE MAYO DE 2018

Miren lo que les digo: esto es una estafa. Pero de las gordas. Una estafa monumental, tremenda, acojonante, más grande que la carrera de Paquirrín como cantante, mayor que aquel intento de colarnos a la Jesulina como modelo. Hablo de esta cosa de hacerse mayor, de madurar, de cumplir años. Es un timo en toda regla. 

Una creía que, al cumplir los cincuenta, alcanzaría algo cercano a un estado zen basado en la mezcla perfecta entre sudapollismo y lucidez, que miraría el mundo con distancia y desafección, que sabría separar lo necesario de lo contingente y lo importante de lo urgente. Una se pensaba arrugá pero ideal, sosegada y juiciosa; inmune ya, al fin, a la kriptonita. Una se veía a sí misma con una buena pata de jamón en la cocina y una copa de vino tinto en la mano leyendo a Thomas Mann, escuchando a Chet Baker y vestida con una túnica exótica de manga larga, que una buena capa todo lo tapa. Pero qué va, esto no es lo que me habían vendido: sigo echándome chupitos al coleto, quitándole la camiseta de Bowie al heredero para ponérmela yo, enfadándome con el mundo como si tuviera trece años. Seguimos como cabras, con cabezas de adolescente en cuerpos de desechos de tienta, creyéndonos inmortales, pensando que no damos el cante cuando vamos a conciertos de modernitos y haciéndonos los análisis de colesterol el viernes en lugar del lunes para que no nos salgan la pata de cordero de la comida, el vermut del aperitivo y los gintonics del tardeo. Poco nos pasa.

Pero es que el entorno no ayuda: lo último que he leído es lo del "Scrotox". Sí, tal cual, es justo lo que están pensando: pincharse bótox en el escroto. Ni Pla hubiera podido encontrar mejor palabro para definirlo; un genio, el del naming. Que si usted los tiene como ciruelas pasas, se inyecta y se le quedan como dos melocotones de Cieza, tersos y jugosos. Nunca había costado tanto esfuerzo mantenerse joven. Ni tanto dolor. Ni tanto dinero. Si a nosotras nos recomiendan rejuvenecimientos vaginales, a ellos les pinchan en los mismísimos. La igualdad era esto. Claro, que luego ves el anuncio de una web de contactos para "jóvenes mayores de cincuenta años" y todo encaja. Somos un oxímoron con patas. Y así estamos, pidiendo permiso a las bases y a las basas para hacernos adultos. 


viernes, 12 de enero de 2018

MONOTEMA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 7 DE NOVIEMBRE DE 2017

Me dice una lectora en Twitter que con "todo lo que está pasando" voy a tener para veinte columnas. Pues no, no tengo ni para media. Porque "todo lo que está pasando" sucede a tal velocidad que cualquier cosa que escriba está fuera de onda en veinticuatro horas. Qué frenesí. Qué mogollón. Es todo tan loco que, aunque sea real, resulta inverosímil. Me lo creería más si fuera un episodio de "Cuéntame", con Antonio Alcántara huyendo a Bruselas y dejando a Merche colgada en su tienda de ropa del Paseo de Gracia. O uno de "La que se avecina", con los veganos mosqueados con la butifarrada de la Assamblea Nacional Catalana y el compañero de celda de Jordi Sánchez pidiendo que lo saquen de ahí porque no aguanta más la matraca independentista. Es el despatarre, el desparrame y el despepite. No hay ficción que supere eso.

Lo sorprendente es que ese "todo lo que está pasando" no admite interpretación: sabemos que hace referencia al monotema. Y estamos tan hartos de él como los norteamericanos de su presidente: la semana pasada, Donald Trump se quedó sin cuenta de Twitter durante once minutos. Se la desactivó un empleado de atención al cliente en su último día de trabajo, que llevó a la práctica lo de "pa lo que me queda en el convento, me cago dentro". Once minutos en los que Trump tuvo la boca tapada con cinta americana y en los que medio mundo respiró aliviado. Lo raro es que nadie saliera diciendo que estaban censurando a Trump igual que los fascistas españoles intentan callar al pueblo catalán. Porque, digas lo que digas, siempre volvemos a lo mismo: mencionaba Mikel Iturriaga en Twitter a un restaurante en Barcelona donde había comido estupendamente, y un señor con problemas de acentuación (entre otros) le contestaba "No hacer referència al atentado contra la democràcia le da a usted imagen de cínico". Si le tiras al cuello a Paquirrín por haberse ido de farra con unas tipas en Punta Cana, alguien te tachará de totalitaria por criticar a un señor que, en el ejercicio de su libertad y de su derecho a la autodeterminación, decide pegarse una fiesta y ponerle los cuernos a su santa. A este paso, la que se va a independizar va a ser su mujer. De Paquirrín y de "Cantora", que eso sí que es un estado opresor.   

miércoles, 22 de marzo de 2017

FELICIDAD

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 21 DE MARZO DE 2017

Ayer se celebró el Día de la Felicidad. Ayer, que fue lunes. No podía caer en viernes, no. Los de la ONU, que son unos cachondos. Y unos flipados: el 19 de noviembre coinciden el Día Internacional del Hombre y el Día Mundial del Retrete. Una fecha dedicada a los tíos que no paran de cagarla, o la forma fina de mandar a la mierda al heteropatriarcado. A este paso me veo llegar el Día Mundial del Bidé, que hay días (y gente) pa tó.

En la ONU, además, son unos inconscientes: decretar el Día de la Felicidad es abrir la veda para que tu ordenador se llene de frases de Paulo Coelho, caritas sonrientes y artículos chorras donde te dan las claves para tener una vida plena. O para que te regalen una taza con mensaje motivador: si tengo que pasarme el resto de mis mañanas tomándome el café en un cacharro donde pone "Persigue tus sueños, ellos saben el camino", empiezo a desayunar potaje de gurullos con bacalao directamente de la olla. Pero es que la obsesión por ser dichoso es tan absurda como la de Terelu por adelgazar: la infelicidad te llega porque no puedes ser tan feliz como se supone que ha de serlo. Menos mal que, desde que existe Instagram, si no consigues ser feliz puedes, al menos, parecerlo: te hinchas a subir fotos de viajes, de reflejos de nubes en charcos, de cervezas artesanas y de gatitos bostezando, y ya aparentas estar más contento que Paquirrín en el Campeonato de España de Hamburguesas de un kilo. Y a fuerza de simularlo, a lo mejor te lo acabas creyendo, que la felicidad, según Groucho Marx, está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna... A veces, la felicidad también está hecha de pequeñas pastillas con inhibidores de la recaptación de la serotonina. Antidepresivos, los llaman, y se dedican a aplacar al bicho que llevamos dentro y que nos impide ser felices. A los otros, a los bichos de fuera, ya nos enfrentamos nosotros solos. 

La felicidad es encontrar el adjetivo perfecto, bajar una talla de pantalón, ver una película sin que te interrumpan o que te dejen cortarle el pelo a Geert Wilders, el líder de la ultraderecha holandesa: que me den una tijeras y me lo pongan a tiro. Feliz no sé si voy a ser, pero me voy a quedar descansando.   

lunes, 22 de agosto de 2016

GASOLINA

Carburante para perrear

En el verano de 2005 una desconocida afirma que le gusta la gasolina, se celebra el primer matrimonio gay en España y Letizia pasea el embarazo de Leonor

Agosto de 2005. Nuestro primer verano como padres y ya me estoy arrepintiendo de no haberme ligado las trompas: yo, que me pasaba los veranos hecha una chiringuitera y que bajaba a la playa con un cigarrillo en la mano por todo complemento, ahora salgo menos que la señorita Rottenmeier y bajo a bañarme como si abandonara el Palacio de Invierno, que para darnos un chapuzón tenemos que cargar con la silleta, la sombrilla, la balsita, los pañales, tres toallas, una muda, el biberón de agua, la pera a trocitos, el factor de protección y el flotador. Me dan ganas de llorar. Pero no, no lloro, que para eso ya está mi hijo: cuando intento que duerma a su hora, el susodicho manifiesta su total desacuerdo con la unilateralidad de la medida berreando como si le estuvieran arrancando las uñas de los pies. La vecina llama a la puerta y me pregunta los apellidos del crío. Que le va a quitar el mal de ojo, dice, que por eso llora tanto. Me quedo mirándola de arriba abajo mientras decido si le meto con el mechero o le comento algo acerca del ruido que hacen ellos jugando a la brisca hasta las dos de la mañana. Opto por el silencio; mi hijo no, que sigue llorando. Y el llanto aumenta cuando, desde el Club Náutico, llega a todo volumen la canción de la Gasolina, que a ella le gusta la gasolina, que cómo le gusta la gasolina, que dame más gasolina. Daddy Yankee se llama el terrorista musical. Acaban de entrar en nuestra cultura las gorras de cabecicono, los cadenones de oro, las tías en bikini y la perrea, ese ritual de cortejo tan sutil que consiste en que te restrieguen la cebolleta por el bullarengue. Paquirrín ve el video en los 40 Principales y tiene una revelación: el reggaetón es el camino, la verdad y la vida. Si Saulo se cae del caballo y se convierte en Pablo, Paquirrín se cae del sofá y se convierte en Dj Kiko. Dice un estudio reciente que los que escuchan reggaetón son un 20% más tontos que los que escuchan rock o música clásica. No dicen nada acerca de los que componen reggaetón. Esos deben de ser un 60% más tontos, tirando por lo bajo.

Lo cierto es que 2005, año en el que el reggaetón llegó a nuestras vidas (y se quedó por siempre jamás, para felicidad de tronistas, viceversos y forocoches), empezó de una forma extraña, que en enero pasó de todo en nuestra región: nevó en Cabo de Palos y La Manga, hubo un fuerte terremoto en Lorca y Bullas y el Ministerio del Interior dejó tirados en el aeropuerto de San Javier a veinte inmigrantes subsaharianos procedentes del centro de internamiento de Fuerteventura. Pero si el comienzo fue desconcertante, el final del año fue raro, raro, raro: en diciembre murió Papuchi, padre de todos los españoles, ginecólogo (¿qué iba a ser si no?) y picha brava, que nos dejó como legado varias frases para estampar en camisetas, un hijo póstumo y un lío familiar donde los sobrinos son treinta años mayores que los tíos. Entre tanto, en primavera muere el Papa Juan Pablo II Te Quiere Todo El Mundo y lo sucede Benedicto XVI, al que no quería casi nadie, y en mitad de las exequias por el pontífice fallece Rainiero III, que no nos pudimos quitar la mantilla negra en una semana: el pobre Rainiero, eso sí, se ahorró de ver a su heredero con dos hijos bastardos, a su nieto Andrea casándose de penalti, a su nieta Carlota convertida en madre soltera, a su nieta Paulina en topless, a su hija Estefanía con falta de tinte, a su hija Carolina separada de Ernesto de Hannover y a Ernesto de Hannover pedo (y a Ernesto de Hannover dándole paraguazos a los periodistas, y a Ernesto de Hannover haciendo pipí en la calle).

Otro pipi, éste sin acento, se lía con Terelu. Pipi acabará contando sus encuentros sexuales en Interviú, y a Terelu le dará un terele. Es lo que tiene salir con un tipo con ese apodo. Nos solidarizamos con la Campos como lo hicimos con Chenoa cuando la vimos aquel abril en chándal gris, con la cara lavada por las lágrimas y el pelo sucio, llorando por el Bisbal perdido.

Pero no todo iban a ser desgracias y desastres amorosos: Letizia se queda embarazada de la princesa Leonor, nace Irene Urdangarín de Borbón y Carlos y Camila se casan. Camila hizo suya una frase que leí en Twitter: “Quédate con el que sepa comprar tus tampones en el súper, que comprar chocolate saben todos”. Camila no sólo se quedó con el que sabía comprar sus tampones, sino con el que quería ser uno de ellos. Y la gente siguió casándose: en julio se celebró el primer matrimonio gay en España. A pesar de que Fran Lebowitz ironizaba sobre el matrimonio afirmando que si lo bueno de ser gay era no casarse cómo es posible que quieran entrar en una de las instituciones más limitantes que existen, me alegra que todos tengamos el mismo derecho a jorobarnos la vida casándonos, especialmente porque acabaría asistiendo a dos bodas gays, maravillosas, mucho mejores que las bodas heterosexualas, dónde va a parar. La pena es que aquel año no asistí a la de Farruquito, pero tuve que ser la única: más de mil personas se colaron en el convite, se metieron en la cocina e interceptaron a los camareros, haciendo una línea Maginot que los invitados de postín no podían cruzar. Farruquito de blanco nuclear con la manicura francesa y la novia de Barbie Princesa del Polígono sólo fueron superados por la boda de Genoveva Casanova y Cayetano Martínez de Irujo, ella de pastel de chantilly, él de soldadito de plomo. Al final, la curiosidad antropológica y estilística con la que se mira una boda gitana o una pija es la misma. Y el desorine, también.

Pero pasó el amor, como pasó aquel verano gasolinero del 2005: Cayetano y Genoveva acabaron separándose, Chenoa siguió soltera, Dj Kiko perpetró “Quítate el top”, Benedicto XVI se retiró después de colocarse todos los gorros que encontró en el Vaticano y mi hijo el poseído dejó de llorar, convirtiéndose en un medio hombre que ya va solo a bañarse. Y ahora que puedo volver a bajar a la playa como antes, con un cigarrillo en la mano por todo complemento, veo el Mar Menor enmierdado y se me quitan las ganas. Dame más gasolina, sí, pero para prenderle fuego a unos cuantos.



miércoles, 13 de abril de 2016

MONJAS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 12 DE ABRIL DE 2016

Si para Santa Teresa Dios andaba entre pucheros y para Tamara Falcó entre cupcakes, para Cuatro Dios anda entre realities. Se estrena “Quiero ser monja” y el tuiterío se viene arriba. Lógico: en estos tiempos es más provocador ser novia de Jesucristo que novia de Paquirrín, aunque yacer en el tálamo con el hijo de la Pantoja sea un martirio que te haga santa súbita. Y es que monjas hay para todos los gustos. Desde las almodovarianas Sor Rata de Callejón o Sor Estiércol hasta las feministas radicales de EE.UU., responsables de montar un pollo doctrinal con el Vaticano que ríete tú de Lutero. En cambio, el problema que tienen las novicias de “Quiero ser monja” es más tecnológico que teológico: han de elegir entre Dios y el móvil. Mientras, sus renuncias, sus miedos y sus emociones se aliñan con canciones de George Harrison y de anuncio de McDonald’s (si el programa se hubiera montado con el cachondeo habitual marca de la casa habría sonado en bucle “Quiero ser santa” de Parálisis Permanente: “que cuando me muera / mi cuerpo quede incorrupto / y que todos los que me vean / queden muertos de susto”). Después llega Sor Lucía Caram a hablar de la llamada. De la llamada de Dios, no de la de Paolo Vasile (San Basilio, que le dice la madre de Paz Padilla), que fue el que la subió a los altares y nos la metió hasta en la sopa. Literalmente, porque la ínclita también tiene programa en Canal Cocina.


Pero antes de monjas independentistas, de monjas cocineras o de monjas de realities, ya había sacerdotes catódicos. El padre Mundina, cura jardinero del Pleistoceno televisivo, escribió su autobiografía y la llamó “Mi vida, mis gentes, mis plantas” (yo sobre las únicas plantas que puedo escribir es sobre las de mis pies, que las de las macetas se me mueren todas). Esperanza Aguirre, monja alférez de la derecha, ha publicado la suya, titulada “Yo no me callo”. El novio de un amigo se pasaba el día diciendo “Pues yo no me voy a callar”, y te soltaba la primera barbaridad que se le pasaba por la cabeza. Era de esos tipos que utilizan la verdad como arma arrojadiza. Esperanza la utiliza como arma de destrucción masiva. Del PP, claro. Si la verdad no te hace libre, al menos te hará vender libros. O subir las audiencias de televisión.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

INGOBERNABLES

PUBLICADO EL MARTES 22 DE DICIEMBRE DE 2015 EN LA VERDAD

Tan preocupados andamos todos por las elecciones, el pactómetro de Ferreras y la estrechez de las corbatas de Albert Rivera, que entre tanta papeleta se nos ha escapado la más gorda: Gloria Camila, hija de Rocío Jurado y Ortega Cano, ha dado el salto al mundo de la moda como empresaria. Eso dicho en titulares holísticos, que traducido al román paladino es que ha puesto una tienda de ropa. Acabáramos. Que Gloria Camila, trendsetter del chonismo poligonero, se dedique a la moda es como si Falete se nos hubiera hecho vegano: un sinfuste, un sindiós y un sinsentido. Que lo que da miedo no es que venda bragas, es que algún día le de por diseñarlas (o, peor, por enseñarlas). Si todas las familias felices se parecen entre sí, las de los famosos se parecen más aún: mucho profesor particular, mucho colegio de élite y mucho internado suizo, pero de estos niños no hay quien que haga carrera. Ni siquiera María Teresa Campos, que ha hecho más por colocar a los hijos de sus amigos que el INEM: Lara Dibildos, Rocío Carrasco, la Jesulina o Alejandra Prat han pasado por sus programas. ¿Para qué? Eso quisiera saber yo. A María Teresa sólo le queda poner una discoteca para meter a Paquirrín de Dj residente.

Pero que entre esta muchachada no haya ni uno con el bachillerato aprobado no influye a la hora de encontrar curro: si a las finústicas de apellido compuesto les da por el joyerío, como Eugenia Martínez de Irujo, diseñadora de osos, o Simoneta Gómez-Acebo, relaciones públicas de Cartier (no va a ser de Galería del Coleccionista, que una es Grande de España), a las longilíneas les da por hacerse estilistas y a los herederos por la hípica, la única actividad que se puede practicar vestido de Gucci. Ahí están Cayetano Martínez de Irujo, Carlota Casiraghi o la zarina Marta Ortega para demostrarlo. Al trote y al galope.

Así que aquí estamos usted y yo, dándoles la matraca a nuestros hijos con los afluentes del Ebro, las ecuaciones de segundo grado y los versos asonantes en las rimas pares para que, al final, comprueben que anunciando la dieta de la alcachofa se saca más perras que teniendo tres carreras. Estos niños que han heredado todo de sus padres, menos el talento, sí que son ingobernables, y no este país. Que también. Ferreras, pásame el pactómetro.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

PANTALONES CORTOS


PUBLICADO EL MARTES 8 DE SEPTIEMBRE DE 2015 EN LA VERDAD

Acabo de dejar al heredero en el colegio. Lleva encima un sueño que ni les cuento, libros que huelen a nuevo y un pantalón del Primark. Sí, del Primark, que soy una madre desnaturalizada: si fuera por las revistas, servidora se tenía que haber gastado tres sueldos en un pantaloncito corto de Dolce & Gabbana, medio en unas zapatillas de Boss y la extra de verano en un jersey de Burberry; así iría con el conjunto ideal para restregarse por el patio del colegio y mancharse con rotulador del que no salta. Si las cabezas están malas, las de las editoras de moda están para lobotomizarlas.

Mi abuela, que había sido modista de joven, me hacía vestidos aprovechando cualquier retal. Ahora Suri Cruise, la hija de Tom Cruise y Katie Holmes, tiene un armario valorado en tres millones de euros, la retoña de Kim Kardashian llena de babas y mocos una cazadora de Balmain de 1.300 pavos, y la pequeña de Beyoncé se tira helados de chocolate sobre minivestidos de Dior. Y, encima, no les dura ni una puesta, que todos los niños del mundo, hasta los de los famosos, tienen la malísima costumbre de crecer sin pedir permiso: de una temporada a otra las camisetas les quedan por encima del ombligo, los pantalones les están más ajustados que los que llevaba Ramoncín cuando era el Rey del Pollo Frito y los tenis no les caben ni envolviéndoles el pie como a las geishas.

Pero todavía puedo llorar por un ojo, porque tengo un niño y no una niña: en cuanto las crías crecen un poco, encontrar ropa adecuada para su edad es un imposible. Es tal la afición de las marcas por vestirlas como a camareras de un bar de Benidorm, que hasta les ponen relleno en la parte de arriba de los bikinis. Hipersexualización infantil, se llama. Y aquí no hay lucha de clases alguna, que lo hacen tanto las firmas carísimas como las baratas. Decía Rousseau que la infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir, y que no hay nada más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras. Convertir a las niñas en tronistas de once años es una insensatez. Con esos modelos que les proponemos, que luego no nos extrañe si, antes de cumplir los veinte, salen contando que Paquirrín se tira pedos cuando hace la caidita de Roma. Así estamos.