lunes, 25 de julio de 2016

HAY QUE VENIR AL SUR

Raffaella o la fiesta eterna

En el verano del 78 triunfa la Carrà en las pistas de baile, Isabel Preysler y Julio Iglesias se divorcian y España se estrella en el mundial de Argentina

Verano del 78. Me aburro. Las vacaciones son insoportables cuando veraneas en un sitio en el que no hay nada que hacer. Tengo ocho años y ni una amiga en la playa, estoy hasta las narices de construir castillos de arena con mi hermano y odio la hora de la siesta: las persianas se echan a media asta, los mayores dormitan, no me dejan salir a la calle, no puedo hacer ruido. Me aburro otra vez. Hago todo lo que se puede hacer guardando silencio: leo, dibujo, escribo. Me aburro de nuevo. No puedo cazar Pokemons, ni wasapear con las compañeras del cole, ni ver videos en YouTube. Todo eso, aún, no existe ni siquiera en la imaginación de Asimov.

Paso toda la semana esperando a que venga mi familia a visitarnos: entonces comemos paella, nos vamos a la playa, nos duchamos y, al caer la tarde, nos vamos mi abuela, mi prima Mamen y yo al Polideportivo de Islas Menores; mi abuela con su vestido de alivio de luto, nosotras con nuestros vestidos de tirantes, el pelo aún mojado, el sol en la cara, dispuestas a imitar a los concursantes de “La juventud baila”. O a intentarlo: me pongo a bailar un rock and roll y me meto una piña descomunal haciendo una figurita. Definitivamente, el Señor no me ha llamado por el camino del baile por parejas. Me tiro sola a descuajeringarme por la Carrà.

La italiana está triunfando ese verano con “Hay que venir al sur”, ante la cara de pasmo de mi madre cuando escucha lo de “Para hacer bien el amor hay que venir al sur / lo importante es que lo hagas con quien quieras tú”. Toma apología del amor libre y del frungimiento. Me río yo de la canción protesta: la Carrà ha hecho más por la liberación de la mujer que muchas cantautoras, lo que ocurre es que proclamar el feminismo embutida en un mono rojo sólo apto para tipazas está peor visto que hacerlo vestida con un poncho tejido a mano por los indios tabajaras. Pero a la Carrà le daba igual: la chica morena que triunfó en cuanto sacó a la superficie a la rubia que llevaba dentro, nos arrebató con sus piernas larguísimas, su sonrisa Profidén y su movimiento atómico de cabeza. Y lo petó, y lo siguió petando: el secreto de Raffaella es que cae bien a los niños, a los abuelos, a los gays, a los heterosexuales, a los viceversa y, sobre todo, a las mujeres: es la amiga que te alegra la noche y que convierte en fantástica, fantástica, esta fiesta. Raffaella es capaz de levantar hasta un encuentro de madres abadesas en Tordesillas.

Pero aquel año de 1978 estuvo lleno de temazos, rafaeladas aparte: sonaban Boney M y sus “Rivers of Babylon”, con Bobby Farrell, aquel tipo que se desvencijaba como si le hubiera picado una tarántula en lo más profundo de su negritud, más tranquilito de lo habitual; Tequila tocaba su rock and roll en la plaza del pueblo en “Aplauso” (el programa acababa de empezar de la mano de los José Luises, Uribarri y Fradejas), y Camilo Sesto se desgañitaba cantando “Vivir así es morir de amor”. Sí: el temazo que masacramos como fin de fiesta en Nochevieja con las corbatas en la cabeza y los tacones en las manos, tiene treinta y ocho años. Y tan fresco.


EL VERANO DE LOS TRES PAPAS

Aquella mezcla loca de pop eurodance, baladas bizarras, canciones en itañolo y rock hispano-argentino constituyó la banda sonora de 1978, un verano donde Paloma Gómez Borrero trabajó más que en toda su vida, que se sucedieron tres papas, tres: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. Sólo Jaime Peñafiel curró más que la Borrero ese año: Isabel Preysler y Julio Iglesias se divorciaron, y Carolina de Mónaco se casó con Philippe Junot. Si para los católicos lo de los papas fue un terremoto, para los holísticos no les cuento lo que supuso la ruptura entre el cantante y la filipina y la boda entre la princesa más guapa del mundo y el playboy que le doblaba la edad.

Los cartageneros, ajenos a estos movimientos sistólicos del corazón que se avecinaban, ya habían salido a la calle pidiendo la provincialidad: el 17 de abril, 10.000 personas se concentraron en la plaza del Ayuntamiento con banderas de España y de Cartagena. Hasta los comercios cerraron antes aquel día para que sus trabajadores acudieran a la manifestación. No sé si también los cerraron en junio para que sus dependientes pudieran ver los partidos del Mundial de Argentina. España no superó la primera fase, y el fallo de Cardeñosa pasó a los anales de los grandísimos desastres de nuestra historia junto con la derrota de la Armada Invencible y la pérdida de Filipinas. Aquel mundial lo ganaron los anfitriones, claro, que a Videla se las pusieron como a Fernando VII, entre otras cosas porque Cruyff no jugó: en su momento se dijo que fue para evitar respaldar con su imagen la dictadura, aunque veinte años después nos enteraríamos de que el holandés no acudió porque había sufrido un intento de secuestro: asustadísimo, el futbolista “antepuso la seguridad de su familia al fútbol, pasó varios meses con la policía durmiendo en casa y sus hijos yendo escoltados al colegio”, escribe Manuel Jabois. “A una Copa del Mundo, si no vas al 200%, no puedes ir”, dijo Cruyff. Y no fue, y Holanda perdió la final ante Argentina. Y mientras allí el general erigía estadios como churros, en Murcia seguía sin construirse la grada de preferente de La Condomina. Hasta octubre tuvieron que esperar muchos pimentoneros para ir a ver al equipo de sus amores.


ADIÓS, ALBACETE, ADIÓS

Pero tras un verano y un otoño calentitos, aún nos quedaba la traca final: en diciembre se aprobó la Constitución Española. La teníamos por escrito, la podíamos leer y hasta subrayar; la columna vertebral de un país concentrada en un librito pequeño de color crema que estaba en todas las casas. La votamos ilusionados y la recibimos felices, aunque aquello nos costara despedirnos de nuestros vecinos albaceteños: la Constitución dividió España en comunidades autónomas, y pasamos a ser una comunidad uniprovincial; los de Albacete se fueron a Castilla-La Mancha, al centro, mientras que nosotros nos quedamos en el sur. Ellos ya sólo vienen cuando quieren hacer bien el amor, o cuando les apetece bañarse en nuestras playas, en las playas más aburridas del hemisferio norte. Al menos para una niña de ocho años a la que no dejaban hacer nada a la hora de la siesta. Ahora daría lo que fuera por aburrirme como antes.





jueves, 21 de julio de 2016

POR LOS PELOS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 20 DE JULIO DE 2016

Lo dijo Hillary Clinton en una conferencia ante estudiantes de derecho: «Lo más importante que tengo que deciros hoy es que el pelo importa, algo que ni mi familia ni Yale me enseñaron. Prestad atención a vuestro peinado, porque el resto del mundo lo hará». Eso sí es una lección de vida y no aquella tontuna de “conectar los puntos” que soltó Steve Jobs en Stanford. François Hollande debió de sentirse impelido por las palabras de Clinton porque, obediente, le hizo caso y se dispuso a pagarle a su peluquero casi 10.000 euros al mes por atusarle el cabello cada mañana y antes de cada comparecencia pública. Total, pa ná: el resultado es el mismo que si le lamiera la cabeza una vaca loca, que de donde no hay no se puede sacar. Los complejos físicos de este hombre de estado producirían hasta ternura si su inseguridad capilar no costara más al erario público que su propio sueldo.

Hillary sabía de lo que hablaba: pasada aquella época loca en la que se dejó una melena a lo María Ostiz, la demócrata desembolsa 600 euros por corte y 600 por hacerse el color. Catalina de Cambridge va a la misma peluquería a la que iba su suegra Diana de Gales, y paga 1.000 euros por un tratamiento que dura seis horas. Debe de ser una prueba que le hacen pasar a las futuras reinas consorte, porque hay que tener tanta paciencia para aguantar seis horas en la peluquería como para resistir un desfile militar, la apertura del Parlamento o una cena de Porcelanosa.

La suerte que tienen tanto Hollande como Clinton es que ellos se conforman con un peluquero: Donald Trump necesita un taxidermista que le acondicione la rata muerta que lleva en la cabeza, y Anasagasti un aparejador técnico que le monte esa complejísima estructura capilar en forma de ensaimada que luce desde hace años. Hasta Boris Johnson, aparentemente despeinado, requiere de un profesional que le tiña, aunque salga hasta su mismísimo padre a desmentirlo defendiendo el color natural del cabello de su retoño. Más les valdría que los peluqueros les peinaran las ideas en lugar de la cabeza. Mejor nos iría.


lunes, 18 de julio de 2016

LA MACARENA

Los del Río

En 1993 se produjo el primer debate electoral en televisión, Carlos Collado dimitió como presidente de la Comunidad Autónoma de Murcia y Rocío Jurado y Ortega Cano pasearon su amor recién estrenado por una Cartagena inmersa en una de las peores crisis de su historia

El verano es un territorio comanche donde todo está permitido: los calores nos bajan tanto las defensas que transigimos con las lorzas al aire, los sobacos selváticos, los shorts chumineros y las canciones del verano. Tan pegajosas como una tarde bochornosa, tan facilonas como la tabla del uno, las canciones del verano están diseñadas para poder ser recordadas hasta con el encefalograma aplanado por la canícula: incorporan instrucciones para no perderse en la coreografía (una mano en la cabeza, un movimiento sexy, una mano en la cintura) y en sus letras “calor” siempre rima con “amor”. Porque si el invierno es el tiempo de la soledad, la melancolía y la lluvia tras la ventana, el verano está hecho para bailar el bimbó, batirse como haciendo mayonesa y aserejearse. Y, sobre todo, para darle alegría a tu cuerpo, Macarena.

“La Macarena” saltó a las pistas de baile en 1993 en forma de rumbita, pero no sería hasta su remix en inglés (“When I dance they call me Macarena / And the boys they say that I’m buena”, amárrame esos pavos) cuando se convertiría en la canción española más famosa de la historia. Este pelotazo es obra y gracia de Antonio Romero y Rafael Ruiz, dos amigos que, siendo unos chiquillos, se presentaron juntos por primera vez en la Cadena SER de Sevilla, dando el primer paso para convertirse en los cantantes de moda de la sociedad andaluza, que no hay nada que le guste más a un pijo que bailar sevillanas y hacer palmas, en esa atávica querencia tienen los señoritos por el flamenquito y no por el flamenco. Los del Río fueron desgranando su ¡eje! y su ¡arsa! por el Rocío, la Feria de Sevilla y las salas de fiestas, hasta que las noches con fino se convirtieron en noches con champán de la mano del Marqués de Cubas, Fernando Falcó, que se los llevó a Madrid para que animaran las fiestas señoritingas de la capital mientras él se casaba con Marta Chávarri, se divorciaba de Marta Chávarri, se casaba con Esther Koplowitz (hermana de Alicia Koplowitz, mujer de Alberto Cortina, con quien Chávarri le había puesto los cuernos a Fernando Falcó; ahora les dejo un esquema, no se preocupen), se divorciaba de Esther Koplowitz y se convertía en tito de Tamara Falcó, un título más molón que el propio Marquesado de Cubas.

Los del Río, que no eran tan chulos como Camarón (se negó a actuar en una fiesta privada de los Rolling Stones alegando que esos gachós no sabían de flamenco y que él ya no actuaba para señoritos), siguieron en su línea hasta que pegaron el pelotazo con “La Macarena”, y aquello fue el acabose: todos nos pusimos a bailar haciendo posturitas como si no hubiera un mañana. “La Macarena”, en principio, es muy de crucero por el Mediterráneo, muy de fiestas patronales y muy de boda (durante una larguísima temporada, Macarena sustituyó a Paquito -el chocolatero- como hitazo, y salían el abuelo, la tita con el andador, el cuñao borrachuzo y los sobrinos pequeños a descuajeringarse con el macarenismo), pero su éxito radica en que traspasó fronteras y llegó a convertirse en un tema transversal e intergeneracional, que se dice ahora. La pera, vamos.

Probablemente, “La Macarena” la bailaron hasta Felipe González y José María Aznar, que en 1993 protagonizaron el primer debate televisivo de la historia (si llegamos a saber lo que nos venía veinte años después en el mundo del debate, nos habríamos arrancado los ojos en ese momento). Felipe González aún no había pasado por la puerta giratoria, y Aznar todavía no había descubierto el abdominalismo (una nueva religión que profesó después de ser presidente y que lo convirtió en un abuelo vigoréxico con pulseritas en las muñecas), pero allí estaban los dos, aguantando el tipo ante las cámaras y a pique de que los eclipsaran los amores de copla de Rocío Jurado y Ortega Cano, que habían comenzado a salir poco antes y que nos hacían salivar a todos por aquello de la tonadillera y el torero.
La inmarcesible Rocío y el maestro fueron a Cartagena en abril de ese año a procesionar tras la Virgen de la Caridad. La visita puso un toque rosa en una Cartagena terriblemente gris, que estaba sufriendo una de las peores crisis de su historia. Pero José y Rocío, recién enamorados, ajenos a todo, tenían que pasear su amor por el mundo, que ellos no eran de natural discretos. Mucho quejío, mucho suspiro, mucho arte: Rocío y José se besaban, se entregaban, se derretían. Una exhibición pública de amor jamás vista. Mientras, Carlos Collado dimitía como Presidente de la Comunidad Autónoma, Pérez Reverte (pre académico y pre tuitero) daba el pregón de la Semana Santa de Cartagena, y en los bares sonaban Nirvana y Pearl Jam, que estábamos todos con el grunge subido.

Posiblemente haya alguna versión grunge de “La Macarena” porque, según la SGAE, existen más de 4.700 versiones diferentes (hasta una cantada por
Los del Mar, que hay que tener mucha guasa para fusilar a Los del Río llamándose así). La original vendió catorce millones de discos, y vimos a Miley Cyrus, a Justin Bieber, a Zac Efron y a Bill Clinton bailándola (aunque a Clinton el Insaciable, puesto a elegir una canción española, le hubiera gustado más “Lo estás haciendo muy bien”, de Semen Up: “Pero cariño no pares / tú sigue y no hables / y que Dios te lo pague / que lo haces muy bien”), y la oímos sonando en la final de la Super Bowl, en los Juegos de Atlanta y en la campaña electoral demócrata.  Aquí, en cambio, lo más moderno que hemos escuchado últimamente en esta campaña electoral permanente en la que vivimos ha sido Quilapayún cerrando los mítines de Unidos Podemos. Una juerga, una risa, un jijí y un jajá que pa qué. Y desde aquí te lo digo, Pablo Iglesias: dale alegría a tu cuerpo, Macareno. Que falta te hace.


Los del Río, o dos lugartenientes de Tony Soprano arreglaos para una boda

miércoles, 13 de julio de 2016

CUERNOS CATÓDICOS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 12 DE JULIO DE 2016

Cada vez que alguien dice “empoderamiento”, muere un gatito. Cada vez que alguien se defiende con un “Es mi verdad”, es que miente como un bellaco. Y cada vez que alguien suelta lo de “Yo soy leal, pero no fiel”, es que pone los cuernos. O lo intenta. Porque una cosa es establecer relaciones libres entre iguales y otra muy distinta retorcer el lenguaje para justificar determinados comportamiento. Sobre todo si, para tu pareja, fidelidad y lealtad son sinónimos. Como para el diccionario.

Según esa hipótesis que diferencia ambos conceptos, se deduce que decir en una cena de amigos que tu pareja ronca como un brontosaurio, que se depila la espalda o que le gusta olerse los sobacos a lo Joachim Löw es muchísimo peor que enrollarse con otro, dónde va a parar. Desconozco si las parejas oficiales de los sospechosos habituales de la televisión roncan o no, que su lealtad les impide decirlo en público, pero sus líos hasta con el sursuncorda los han contado, ellos y ellas, con más pelos que señales, con polideluxe de por medio (y con preguntas de seguridad nivel “¿Qué tiene tatuado en la entrepierna?”) y previo pago de su importe. Unas veces han dado nombres y apellidos; otras, las menos, se han acogido a la Primera Enmienda del cotilleo (se dice el pecado pero no el pecador) para no revelar la identidad del otro, pero han ido dejando tantas pistas que hasta la señora Fletcher en pleno ataque de apoplejía hubiera descubierto al culpable. Y mientras nosotros lo flipábamos en nuestro sofá, los afectados se quedaban clavaítos en el suyo. Pero es la ley del mercado. Y de la selva, que en el negocio catódico viene a ser lo mismo.

Decía Woody Allen que, hoy en día, la fidelidad solamente se ve en los equipos de sonido. En la televisión no es que no se vea, es que no existe. Básicamente porque no vende. Enterarse por la tele de que te han puesto los cuernos es casi peor que enterarse de que ya no eres ministra, como le pasó a Emma Bonino cuando Renzi la cesó. Sobre todo si no entiendes la diferenciación entre “amores necesarios” y “amores contingentes” de la que hablaban Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Y no veo yo a ninguno de estos leyendo “La plenitud de la vida”. Por lo menos, hasta que ¡HOLA! no lo publique por entregas.



Me pasa como a @covanechi: puestos a que alguien se huela los sobacos,
mejor que sea Kevin Kline