viernes, 28 de agosto de 2015

GYMKANA VACACIONAL


Cada vez hay más mujeres que se van solas de vacaciones. No quieren aguantar parejas propias o ajenas, ni niños que preguntan “cuándo llegamos” cada 25 segundos, ni pandillas de amigos que acaban peleados porque unos se empeñan en ir a comer al “Templo del Solomillo” mientras que los otros son crudívoros perdíos. Las mujeres que viajan en solitario sólo quieren ir a su ritmo. Y no me extraña: mi santo ha metido el verano en una hoja de cálculo, que quiere concentrar en quince días todo lo que no hemos hecho durante el año. Que si viaje al norte. Que si mudanza a la playa. Que si bicicleta mañanera. Que si salida en barco. Que si comida con los Plómez. Que si ruta andariega por Calblanque. Que si buceo en Cabo de Palos. Que si cena con los Zapatilla. A punto estoy de echarle un Lexatín en el mojito, que me lleva muerta matá. Y desde aquí se lo pido, jefe: no me deje nunca sin las columnas de verano. Es el único momento en el que puedo descansar.

Sola, solita, me iba yo por ahí. No necesito tanto como Gertrude Bell, que viajaba con una vajilla completa y una bañera, ni tan poco como Nellie Bly, que en 1889 dio la vuelta al mundo en 72 días con el vestido que llevaba puesto, un abrigo y un botiquín. A mí que me den un trolley, una semana en algún hotel perdido de la mano de Dios y todo el tiempo del mundo para no hacer nada, que tengo una agenda más apretada que la de Rosa Benito este verano, de tour mundial con su espectáculo “En vivo” por Cazalegas, Fontanarejo y Membrilla, unos pueblos tan desconocidos que no salían ni en el “Grand Prix” de Ramón García. Acabáramos.

“Nadie necesita más unas vacaciones que el que acaba de tenerlas”, decía el talentoso Elbert Hubbard. Y aquí va un caso verídico de Paco Gandía: mientras escribo esta columna, mi santo se me ha puesto delante con un papel y un boli para que hablemos de la programación de esta semana. Le voy a decir a todo que sí y, esta noche, me piro. Hasta la vuelta.

jueves, 27 de agosto de 2015

PEPÍN LIRIA


El torero valiente

No sé si Pepín Liria, tan amante del cine que hasta tiene una sala de proyección en su casa, es fan de Ricky Gervais. Si lo era, ahora ya no lo es: Gervais, con sus declaraciones contra los toros, la ha liado más parda que cuando presentó los Globos de Oro y soltó que Travolta y Cruise eran manfloritas. Gervais desencadenado. Otra vez. A Liria, con casi 30 cornadas en el cuerpo, no le habrá hecho ninguna gracia lo del inglés, ni tampoco le gustarán los malos tiempos que corren para la lírica del toreo. Porque, aunque esté retirado, Liria sigue llevando al toro en la sangre.  

La afición se la metió en el cuerpo su abuelo Máximo, que se lo llevaba a los toros desde que era un crío. Pepín jugaba a dar pases y muletazos, y se puso con trece años delante de una becerra, anunciándose en aquella ocasión, precisamente, como “Maximín”. Más tarde entraría en la Escuela Taurina de Murcia, de la que le echaron por preguntar por qué toreaba un compañero en vez de él. Hoy, en una suerte de rocambolesca venganza que deja pálida a la de Uma Thurman en “Kill Bill”, es director de la escuela.

Pepín, para poder pagarse los trastos de torear, empieza a buscarse la vida trabajando de camarero. La primera vez que se viste de luces lo hace con un traje blanco y oro de tercera mano, tan desgastado que parecía color crema. Fue en septiembre de 1988, en la parte seria de un espectáculo del Bombero Torero, y dos años más tarde debuta con picadores en Cehegín, cortando tres orejas y un rabo.

En 1993 toma la alternativa en Murcia, con Ortega Cano como padrino y Finito de Córdoba como testigo. Al año siguiente confirma la alternativa en Madrid, y será también allí cuando, en 1994, saldrá lanzado en San Isidro tras un triunfo con un toro de Dolores Aguirre. Liria empieza a ser reconocido como un torero de casta, valiente, de ley.



Entre triunfo y triunfo, en 1995 se casa con María José Pardo, de la que luego se divorciaría, en una boda finísima, que dicen las tías abuelas: ceremonia en la Catedral de Murcia, bogavantes, solomillo, champán francés e invitados postineros: Hierro, Chendo, (el torero es merengón), Espartaco, Finito, Enrique Ponce... una boda bastante más tranquila que la de Manzanares, en la que cuentan que Liria le recriminó a Fran Rivera su amistad con la esposa de Espartaco cuando el matrimonio se estaba divorciando. “Eso entre toreros no se hace”, le soltó Liria, amiguísimo del de Espartinas. Y a Rivera le supo a cuerno quemao.

Liria cuaja grandes temporadas en el 96 y el 97, consiguiendo triunfos en Sevilla, Madrid, Pamplona, donde lo adoran (“Pepín, Pepín”, coreaban en la plaza) y en Murcia, su tierra, donde ha sido profeta, apóstol y Dios Padre. Pero en 2003 parece que todo se acaba: Liria pasa una mala racha hasta que, en 2005, una tarde gloriosa en Sevilla con un toro de nombre “Espada” le da un balón de oxígeno para continuar unos cuantos años más en la profesión. Y sigue toreando hasta el 12 de octubre de 2008, fecha en la que se encierra en Murcia con seis toros (siete en realidad, ya que regaló el sobrero) y se despide de los ruedos. Felipe de Paco, “Calañés”, colaborador de La Verdad y biógrafo del maestro, le lleva las cuentas: Liria ha cortado 1.189 orejas y 104 rabos, ha salido a hombros 378 veces y ha participado en 755 corridas de toros. Y cada triunfo se lo ganó uno por uno, empujando la espada con el corazón. Y cada corrida se la ganó una por una, porque a Liria nunca le dejaron que se relajara, nunca le dijeron “tienes 25 corridas en el mes de marzo hechas”. Como decía Manolo Molés, Liria firmaba las corridas en las plazas, no en los despachos.

El torero, tras quince años en los primeros puestos del escalafón, se retira en plenitud de facultades, tranquilo y satisfecho. “Seguro de que Pepín Liria sobrevivirá a José Liria”, dijo cuando anunció su marcha. Aún le acompañaba el cuerpo, pero no quería que sufrieran más ni su madre ni sus hijas: seguía llevando en la retina la tarde de Madrid en la que Esplá quedó inerte, boca abajo sobre la arena, tras una cornada gravísima. Pepín Liria, el torero valiente, no dormía por las noches: le desvelaba pensar que, cuando salía de la habitación del hotel vestido de torero, no sabía si iba a volver.

Pero, tras retirarse, José Liria pudo dormir al fin, y ahora disfruta de la vida en un retiro dorado más propio de futbolista que de torero: cumpleaños en Ibiza con Bustamante y Paula Echevarría, “caddie” de Miguel Ángel Jiménez en Augusta (Liria tiene un hándicap cuatro), roneos con una ex miss y tonteos con alguna que otra rubia. Buenos pelucos, buenos ternos, buenos coches: el hombre que toreó por primera vez con un traje de tercera mano, acabaría siendo vestido por Caprile y hasta por el gran Pedro Cano, que le pintó granadas, flores y limones en el traje goyesco con el que toreó para celebrar los 125 años de La Condomina. Y el hombre que alquilaba una furgoneta para desplazarse a torear, hoy se pasea en coches de lujo. Pero si a Liria todo se lo ha dado el toro, él se lo ha dado todo a su tierra (generoso y solidario, ha participado en infinidad de festivales benéficos) y su tierra todo a él: no le falta ni un monumento, ni una medalla, ni un reconocimiento.

De cuando en cuando, Liria da unos pases y se mete en una taleguilla para ver cómo se mantiene, posiblemente en un traje color canela, su favorito, el que le daba suerte. O en uno grana, el color de los toreros valientes. No le ha hecho falta irse a “Supervivientes” para adelgazar como a Rafi Camino, ni se ha tenido que vestir de lince ibérico como Morante, aunque también se sienta en peligro de extinción. Como mi cintura, que está a punto de extinguirse si no termina ya este verano. No soy tan valiente ni tan torera como para ponerme a dieta en agosto. 

jueves, 20 de agosto de 2015

BARCOS


PUBLICADO EN LA VERDAD EL MIÉRCOLES 19 DE AGOSTO DE 2015

Los ricos no pisan la arena. ¿O acaso han visto alguna vez a Carolina de Mónaco limpiándose los juanetes en una ducha de pies? La arena es vulgar, choni. Los ricos van del yate a la lancha y de la lancha al restaurante. Y, si no tienen ganas de bajar, les llevan a bordo los percebes tamaño carallo de home. O de ballena: Onassis escandalizaba a las invitadas del “Christina O” con un "Querida, estás sentada sobre la polla de una ballena" cuando se sentaban en los taburetes del bar, forrados con piel de pija de cetáceo. Tal cual. Onassis era un ordinario. Pero, en los ricos, las ordinarieces se llaman excentricidades.

"Si tienes que preguntar cuánto vale un yate es que no te lo puedes permitir", decía J. P. Morgan. Pues yo, que tengo que preguntar a cuánto están los tomates, ni les cuento. Es mejor ser amigo de cualquiera que tenga barco; de cualquiera excepto de Valentino, el diseñador apergaminado que comparte cardado y tinte con Bigote Arrocet y mi kiosquera. Que es una vieja maniática, dicen. Que primero te invita a navegar y luego te critica si no llevas hecha la manicura, cuentan. En fin, un drama. Pero, en tal de disfrutar del mar, su amiguísima Naty Abascal lo aguanta todo. Antes, la estilista se paseaba en la goleta de Ramón Mendoza, el que fuera presidente del Real Madrid: a bordo del “América” se reunieron Mendoza y Jeanine Giraud, su pareja de entonces, con los duques de Feria y otros matrimonios. Roneos y tonteos hasta que de marejadilla la cosa pasó a fuerte marejada: Giraud pilló a Mendoza y a Abascal besándose en cubierta (la Callas también se enrolló con Onassis en el “Christina O” delante de los morros de sus respectivos cónyuges y del puro de Churchill, que viajaba con ellos). Pero el romance entre Abascal y Mendoza duró poco: "Si continúo con ella un mes más, acabo arruinado”, comentó Mendoza. Mantener a Naty cuesta tanto como mantener un yate. Será por eso por lo que dicen que los propietarios de un barco tienen dos días felices: cuando lo compran y cuando lo venden. Entre uno y otro, los días felices los tengo yo. Cuando me invitan a navegar.

























Los taburetes de pija de ballena del "Christina O".
Cortesía de @covanechi


martes, 18 de agosto de 2015

MARGARITA LOZANO


El efecto de los rayos gamma

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 16 DE AGOSTO DE 2015 EN LA VERDAD

Poca gente sabe que Willis Haviland Carrier fue el padre del aire acondicionado, el invento que nos permite sobrellevar este verano pegajoso y asfixiante, que más que gatas sobre tejados de zinc caliente parecemos perros con la lengua fuera. Y poca gente sabe que aquí, en la región, en Puntas de Calnegre, vive Margarita Lozano, un tesoro de la interpretación.

Lozano tiene un currículum de vértigo: si yo hubiera trabajado con Miguel Narros, los Taviani, Buñuel, Camus, Nanni Moretti, Claude Berri, Sergio Leone, Gutiérrez Aragón, Martín Patino o Pasolini, me imprimiría una camiseta con sus nombres y no me la quitaría de encima. Y ella, en cambio, Doctora Honoris Causa por la Universidad de Murcia, con una carrera detrás por la que matarían petardas encumbradas por una buena cirugía, y dueña de una libertad (la de elegir, la de desaparecer, la de volver) por la que mataríamos cualquiera, sigue como si tal cosa, envejeciendo alegre y discretamente en su casa, alejada de las entrevistas y de las alfombras rojas, sin importarle que se olviden de ella, sin ir a “Qué tiempo tan feliz” a que la Campos le coja la mano. Porque esta mujer ha sido libre hasta para ser de donde le ha dado la gana: de familia de médicos y militares, Margarita Lozano nació en Tetuán en 1931 debido a que su padre estaba allí destinado, pero rápidamente se trasladó a Lorca. “Hace mucho, mucho tiempo que yo adopté a Lorca, y ahora Lorca me adopta a mi", declaró cuando la hicieron hija adoptiva.

A los 19 años convence a su familia para marcharse a Madrid diciéndoles que quiere estudiar diseño y moda, aunque lo que realmente deseaba era ser actriz. Comenzó de meritoria en el María Guerrero con Luis Escobar, pero será Miguel Narros, al que no se le escapaba una, el que la encumbre sobre las tablas con el montaje de “Fedra”, de Miguel de Unamuno, otro nombre clave en la biografía de la actriz (su “bienmaleducador”, lo llama). Comienza paralelamente en el cine con pequeños papeles que la llevarán hasta Buñuel en aquella memorable partida de tute en “Viridiana” entre ella, Paco Rabal y Silvia Pinal (un ménage à trois que el aragonés consiguió colarle a la censura), o que le darán el personaje de Tina en “Los farsantes”, la magnífica película de Mario Camus que constituyó una suerte de viaje a ninguna parte por adelantado.



Lozano estudia sus personajes, sabe lo que dicen y lo que no dicen, averigua sus secretos, los construye, los medita, les da vida. Y todo ello aparentemente desde la intuición, desde las entrañas, sin escuela a la que agarrarse, excepto a las enseñanzas de su queridísimo Miguel Narros. William Layton, el introductor del método Stanislavski en España, afirmaba que "La Lozano no tiene ningún método... ni falta que le hace". Ni tampoco le hacía falta el dinero: ante la concepción más pragmática de la profesión que tienen otras grandísimas actrices como Concha Velasco (contaba a “El País” que Margarita Lozano, Miguel Narros y José Carlos Plaza se reían de ella por hacer “El día de los enamorados”), Lozano no ha querido tener ataduras materiales más allá de las estrictamente necesarias, algo que le ha permitido ser libre en la vida y en la profesión. Tan libre que, tras dar el salto al cine italiano de la mano de Carlo Ponti y de aparecer en “Por un puñado de dólares”, “Diario de una esquizofrénica” o “Pocilga”, de Pasolini, la Lozano desapareció para seguir a su marido, el ingeniero agrónomo Alessandro Magno (sí, es su nombre real). Y a África se fue, con él y con su hijo, comenzando un periplo de 12 años por Senegal, Madagascar, Marruecos y otros países del continente.

Si fueron los hermanos Taviani en 1982 los que la recuperaron para el cine italiano (se encontraron paseando el perro y 15 días después la llamaron para “La noche de San Lorenzo”), fue Gutiérrez Aragón el que la recuperó en 1986 para el cine español. El director cuenta que todos estaban enamorados de ella, que volvía locos a los hombres por su misterio y su capacidad de aparecer y desaparecer como por arte de magia: mientras que a María Asquerino, otra de las mujeres más seductoras de la profesión (Umbral le dio el título perfecto para sus memorias, “Mis pobres hombres”), se la podía encontrar siempre en la misma mesa de Bocaccio  a la Lozano, voluble y móvil, no había forma de seguirle la pista. Por eso Gutiérrez Aragón quería trabajar con la Lozano, para ver si averiguaba algo, si descubría su secreto. Y le dio un papel bellísimo, tan misterioso y mágico como ella misma, en la “La mitad del cielo”, interpretando a la madre de Ángela Molina. Curiosamente, la doblaron en la película y nos impidieron disfrutar de esa voz profunda, tan enorme como su presencia, sus hechuras generosas, su sonrisa iluminada. Esa voz y esa presencia que le hicieron volver al teatro con una Bernarda Alba de las que marcan una época, y con la que se retiró de la escena en 2007.

En “El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas”, una película dirigida por Paul Newman en 1972 (los títulos raros y largos no son exclusivos del nuevo milenio), se narra el experimento que realiza una de las hijas de la protagonista acerca de cómo la exposición a los rayos gamma afecta a las flores; una metáfora sobre los cambios que la sociedad puede producir sobre el individuo. Margarita, flor afortunada, recibió todos los rayos gamma del mundo a través de los focos de escenarios y platós, y se convirtió en una grandísima actriz. Yo, en cambio, con este calor sólo recibo rayos UVA, que me dejan sequica perdía, como una rosa marchita. Menos mal que Willis Haviland Carrier inventó el aire acondicionado.