miércoles, 28 de septiembre de 2016

CORRESPONSALA

PUBLICADO EL MARTES 27 DE SEPTIEMBRE EN LA VERDAD

Jefe, me he ido este fin de semana al País Vasco a cubrir el desarrollo de las elecciones. Quería demostrarle que, además de un cuerpo para el pecado, tengo una mente para la política, y que una es periodista de raza y siempre va donde está la noticia. Lo malo es que no he podido asistir a los mítines ni hacer entrevistas a los candidatos porque me he liado a trasegar pintxos y zuritos, que una es borrachuza de raza y siempre va donde está la cerveza. Eso sí, le puedo hacer una lista recomendándoles los mejores bares de San Sebastián. Algo es algo, ¿no, jefe?

La jornada de reflexión la pasé con un grupo de vascos tan preocupados por las elecciones que bebían Perrier-Jouët mientras cantaban por Raphael. Es lo que tiene ir a votar más que yo a Mercadona a por brócoli, que acabas pasando de política. Pero la resaca del champán ha dejado a Pedro Sánchez maltrecho (otra vez). Y volvemos a oír el cuento de Pedro y el lobo (otra vez). Y me pregunto qué va a pasar cuando llegue el lobo (o la loba) y se coma a Sánchez. Pensar que el líder del PSOE tiene la culpa de todo es como creer que no ligas porque estás gorda como un tordo, y después de adelgazar sigues sin ligar porque lo que te ocurre es que tienes mala follá a capazos. El PSOE, con o sin Sánchez, ha de iniciar la reconquista de su electorado si quiere llegar a algo. Por cierto, jefe, “La Reconquista” es el título de la última película Jonás Trueba, y es una delicia, y hago aquí el apunte ilustrado por si en lugar de en la sección de Política me quiere usted meter en la de Cultura, que eso de que mis referencias culturales se reducen a la biografía de Belén Esteban es un infundio lanzado por algún malintencionado, que lo que hay es mucha envidia en esa redacción.

Para colmo, Podemos rompió ayer su pacto con el PSOE en Castilla-La Mancha, que a Pedro flaco, todo son pulgas. Y mientras, Feijóo en Galicia triunfando y viviendo una segunda juventud con la paternidad sobrevenida, que si se descuida tiene los hijos a la edad de Papuchi, el tío. También me puede mandar allí a cubrir el tema, jefe, que yo lo mismo le doy al ribeiro que al txacoli. Esperando estoy.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

CAMILO VI

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 20 DE SEPTIEMBRE DE 2016

Si te llamas Soledad Cabello, lo normal es que acabes poniendo una peluquería en la Gran Vía madrileña; si te bautizaron como Concepción Díez terminarás escribiendo libros sobre el embarazo, y si Melani Costa es tu gracia, tienes que ser nadadora. Unos tienen el futuro predestinado por el nombre que les han puesto; otros se predestinan a sí mismos al cambiar el original por otro más adecuado a su nivel de megalomanía en sangre: Alejandro Sanz comenzó su carrera con nombre de emperador, Alejandro Magno, y ha conseguido que en su imperio nunca se ponga el sol (literalmente, que sus dominios se extienden desde la finca en Extremadura hasta la casa con embarcadero en Miami), mientras que Camilo Blanes se puso nombre de papa de novela de Morris West, autoproclamándose Camilo Sexto (aunque luego cambiara la “x” por la “s”) y convirtiéndose en vicario del peluconismo en la tierra.

Pero hasta los tocados por la gracia de Dios envejecen: Camilo Sesto ha cumplido setenta años transfigurado en su propia caricatura. Y, tras cada una de sus reapariciones, todos nos lanzamos al meme infinito, al descojone y a dar lecciones: Debería de aprender a envejecer con dignidad, oigo. Eso es lo que nos gustaría a todos, digo. Porque no se envejece como se quiere, sino como se puede. Porque hay dignidad, y mucha, en los viejos atildados de fina estampa que se emperejilan a primera hora de la mañana, huelen a colonia fresca, usan sombrero y siempre llevan un pañuelo blanco y planchado en el bolsillo, aun cuando tengan el cuerpo tan retorcido como un sarmiento, aun cuando necesiten ayuda para levantarse. Pero cuando has sido guapo oficial, mito viviente y póster de adolescentes, y te miras en el espejo y ya no te reconoces, la vejez pesa como una losa. Por eso, a veces, la dignidad también pasa por intentar recuperar el rostro que tuviste. Aunque el resultado sea desastroso y te acabes convirtiendo en un campo de experimentación para cirujanos plásticos.

Las que no envejecen ni envejecerán jamás son las canciones de Camilo Sesto. No necesitan ni bótox en los estribillos ni silicona en su música, que son incólumes e incorruptas, como el cuerpo del papa Juan XXIII. Al final, la auto predestinación de Camilo se ha cumplido: gracias a “Vivir así es morir de amor” o “Melina”, ha bendecido urbi et orbi a tres generaciones. Y las que quedan. Habemus papam.


    

miércoles, 14 de septiembre de 2016

¡EXCLUSIVA!

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 13 DE SEPTIEMBRE DE 2016

Se ha agotado el ¡HOLA! Al menos, cerca de mi casa, lo cual demuestra que en mi barrio viven más cotillas que en Wisteria Lane. El domingo salió una edición especial con la boda del milenio (la de Rociíto, sí, esa modelo de hipermercado reconvertida en presentadora con pinganillo por obra y gracia de su enredadera genealógica, que no árbol), y nos hemos tirado todas a por la revista como un tronista a por la sección de anabolizantes. Sociólogas que somos.

Hablan de unos 300.000 euros pagados por la exclusiva. Ni Ronaldo, oigan. Cuando yo me indigno por lo que ganan los futbolistas, mi santo acude en ayuda de la Liga de Fútbol Profesional: cobran en función de lo que producen, me dice. La oferta y la demanda, me suelta. Pues vale. Me gustaría saber qué producen Rociíto y Fidel, además de ganas de abofetearlos. Pero a las revista les sale rentable, que demanda hay. Y ahí estoy yo, debatiéndome entre marcarme una búsqueda por los kioscos hasta encontrar el Santo Grial, o hacerme la digna y negarme a contribuir a tan lamentable espectáculo (y lo de lamentable lo digo por los modelos de las Campos, de Jesulina y de Chayo, una sinfonía en magenta que parece comprada en el mismo hipermercado donde desfilaba Rociíto, y que la cantanta puede reutilizar para su gira mundial por Guarromán, Calamocos y El Meadero de la Reina). Pero qué quieren: una vive con sus contradicciones, con su celulitis y con sus cuatro kilos de más que ha pillado este verano.

Lo peor es que nos indigna que ellos cobren por una exclusiva porque nosotros somos tan tontos que la regalamos: dejamos que nos graben en video (y que lo suban) sin zapatos, con el pelo pegado y los ojos a la virulé, dándolo todo por
Camilo Sesto, que si vivir así es morir de amor, salir así es morir de vergüenza: “¡Vaya juerga te pegaste el sábado!”, te sueltan en la oficina el lunes por la mañana, y te quedas paralizada con un café en una mano y un ibuprofeno en otra, y un escalofrío te recorre el cuerpo hasta la curcusilla porque sabes que, a esas horas, la profesora de tu hijo, tu vecina del quinto y hasta tu jefe te han visto hecha un despropósito. Y despeinada. Y borracha. Y gratis. Si es que no aprendemos. Y voy a por el Hola, que ya me he debatido bastante.



miércoles, 7 de septiembre de 2016

REBELIÓN EN LAS AULAS

PUBLICADO EL MARTES 6 DE SEPTIEMBRE EN LA VERDAD

Odio. La cara que ha puesto mi hijo hoy cuando le he dicho que comíamos lentejas ha sido de auténtico odio, que yo no sé si habrá matado ya al padre (freudianamente hablando), pero a la madre ha estado a punto de cargársela esta misma mañana. Y no me extraña: después del verano de hamburguesas, pizzas, montaditos y helado que se ha pegado el tío (a punto ha estado el Defensor del Menor de quitarme la custodia por anarquía alimentaria), volver a las legumbres, a la fruta, al pescado, al acostarse pronto y al racionamiento de la Play es como para pedir amparo judicial. “Joder, mamá, cómo te pasas, tía”. Y así todo. Pero ya se han vuelto a instalar el orden y el concierto en nuestras vidas, que ha sido regresar a Cartagena y colocarme el delantal con los galones de capitana generala, y aquí se hace lo que yo digo. Y chimpún.


La lástima es que una sólo manda en su casa, y no en la del pueblo. En el Congreso, digo. Están todos desmandados, descarriados, viviendo en un estado de adolescencia perpetua: que si ahora te ajunto, que si ahora no te ajunto, que si mando wasaps en vez de estar atento, que si cotilleo en los corrillos del pasillo, que si me descojono, que si vamos a por éste, que si voy a hacerme el loco a ver si el curso político pasa pronto. Ni el Sidney Poitier de “Rebelión en las aulas” sería capaz de meter en vereda a este grupo de pollos que van al Parlamento a hacer el pavo. Posiblemente no pudiera hacerlo ni Jane Wyman, famosa por su mala leche y por ser la única que consiguió poner en solfa a Lorenzo Lamas, el rey de las camas, durante el rodaje de “Falcon Crest”: leo en “Icon” que, un día que llegó más ciego que Paquirrín saliendo de un after, la actriz le dijo 'Tómate 15 minutos, apréndete el guión y nunca vuelvas a venir a trabajar con este colocón". Y a Lamas se le pasó la cogorza inmediatamente y no volvió a cocerse, al menos mientras duró la serie. Pero si, desafortunadamente, no podemos recurrir a Jane Wyman, sólo nos queda ya castigar a los políticos con una huelga general de electores, como escribía el domingo Santos Juliá en “El País”. Eso sería peor que dejarlos sin salir, sin móvil y sin Play durante un mes.

jueves, 1 de septiembre de 2016

MIÉRCOLES DE DOMINGO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 31 DE AGOSTO DE 2016

Si según Paloma San Basilio el amor hace del lunes otro sábado, en la vida real el treinta y uno de agosto hace del miércoles un domingo. Y un domingo por la tarde, además. Cerramos las maletas y las playas, cargamos los coches y nos mudamos a vivir dentro de un tópico septembrino lleno de vueltas al cole, fascículos coleccionables y dietas de la alcachofa. El eterno retorno de lo mismo nivel Zaratustra desmayado.

Menos mal que lo que viene a partir de mañana nos va a curar de todos los lugares comunes, de la investidura que dura y dura (aunque a nosotros se nos hayan acabado ya las pilas) y hasta de la retención de líquidos: el 7 de septiembre se casa Rociíto. Un miércoles que ella va a convertir en sábado, que las estrellas rutilantes son capaces de transformar el agua en vino y la insulsez en valor televisivo. Lo malo es que ahora va a ser una boda pasteurizada, esterilizada y descremada, nada que ver con aquel enlace con toda su nata que fue el casorio con el guardia civil hace veinte años: Rociíto con lentillas de colores, uñas de porcelana, postizos de pelo de una india peruana colocados por Rupert en un claro homenaje al gótico flamígero y veintiún metros de cola de un vestido perpetrado por Antonio Ardón en pleno subidón lisérgico. El estilo remordimiento de aquella boda hizo que las de “Dinastía” parecieran una cosita de me caso con el vestido que me puse para la comunión de mi sobrino y nos vamos a comer al bar de al lado del juzgado con tus padres y los míos. Pero esta vez Rocicíto se ha marcado un enlace minimalista (hasta que aparezcan por allí Las Campos y su barroquismo reinterpretado, claro): no ha invitado a nadie de su familia para evitar que el nuevo enlace se convierta en La Boda Roja, que las luchas por el poder mediático entre los Mohedano, los Ortega y los Carrasco son más cruentas que las que hay entre los Lannister, los Stark y los Targaryen. Ahora que lo pienso: si no los invitan, a lo peor no nos divertimos tanto. Mierda de septiembre.


lunes, 29 de agosto de 2016

BAILEMOS EL BIMBÓ

De repente, el último verano

En 1975 Franco agonizaba mientras Uri Geller doblaba cucharas con la mente y Georgie Dann causaba sensación


Verano del 75. Aún no he cumplido los cinco años, me gusta comer gambas y mojar miga de pan en la Coca-Cola, no me acuesto hasta que no sale la carta de ajuste, duermo en la habitación con mi abuela, tengo una Lesly a la que le he masacrado el pelo y pintarrajeado la cara con un rotulador, mi hermano me ha destronado como reina de la casa y escucho “Bailemos el Bimbó” sin saber que, cuarenta y un años después, voy a acabar escribiendo sobre ese tema. Porque “Bailemos el Bimbó” es mi primera canción del verano. También es mi primer odio declarado: de niña, no me gustaba. Y de señora mayor, tampoco. Ni siquiera me gusta Georgie Dann, un maestro de escuela francés que, un aciago día, descubrió que el Señor lo había bendecido con el don de escribir, interpretar y coreografiar canciones tan pegadizas como un moco verde. Y nació San Georgie de la Horterada de Todos los Veranos, al que se le rinde culto con oraciones tales como “La barbacoa, la barbacoa / Cómo me gusta la barbecú”; plegarias del tipo “Hoy la negrita nos contó lo que sucede / El negro no puede, el negro no puede” y jaculatorias llenas de sutiles parábolas que siempre nos transmiten una enseñanza: “El Chiringuito, el chiringuito / El Chiringuito, el chiringuito / Las chicas en verano / No guisan ni cocinan / Se ponen como locas / Si prueban mi sardina”. Amén.

“Bailemos el Bimbó” es, originalmente, una canción de Gigliola Cinquetti. Cuando Georgie Dann grabó este tema en el 75, el director de la CBS le preguntó si tenía baile, y Dann se puso a improvisar una coreografía esa misma noche y se le ocurrió lo de cadera con cadera, una cosa que podían bailar los niños, los arrítmicos y hasta Clarita la de Heidi después de dejar la silla de ruedas (verás qué fácil es bailar bimbó). Aquel hombre de sonrisa congelada y de pelucón a lo Evo Morales, hecho de táctel y de poliéster y prototipo de la antilujuria (la única persona que lo encuentra atractivo es mi amiga C., pero es que C. siempre ha sido muy rara para sus cosas), se convirtió para siempre en la piedra angular del verano español. Porque Georgie Dann es eterno. Y, en un mundo tan cambiante, que Dann permanezca inalterable es lo único que aporta un poco de estabilidad a nuestras vidas movedizas.

Otro de pelazo negro zaíno que triunfó aquel año fue Uri Geller: apareció en “Directísimo” ante veinte millones de personas mirando a España a los ojos, con una mirada más laxante que la de Pantoja (que te mira y te cagas, vamos) y convenciendo al respetable de que podía doblar cucharas y poner en marcha relojes. Y España así lo creyó: a la mañana siguiente los periódicos se inundaban de cartas donde el público contaba que había vuelto a andar el reloj del abuelo. A Geller incluso lo llegó a contratar Al Gore para que, en una reunión sobre desnuclearización, mirara a los ojos al jefe de la representación soviética y comprobara si estaba diciendo la verdad. Curiosamente, el peluquín de Íñigo, la mayor mentira de la televisión española de todos los tiempos, no lo vio.

Pero ni Uri Geller, ni los coletazos de la crisis del petróleo, ni el genocidio camboyano de Pol Pot, ni el fin de la guerra de Vietnam, ni el estado de salud de Franco preocupaban tanto al pueblo español como el tema de la mandanga, a tenor de los títulos de las películas de aquel año: “No quiero perder la honra”, “La trastienda”, “Sensualidad”, “Cuando el cuerno suena”, “El poder del deseo”, “Juego de amor prohibido”, “Yo soy fulana de tal” o “Zorrita Martínez” son buena muestra de las finísimas metáforas con las que el cine español llevaba público a las salas, y prueba palpable de que la única verdaderamente preocupada por la Transición era Victoria Prego.

Y si en el cine triunfaba la comedia erótico-festiva, en el teatro Camilo Sesto reventaba la taquilla con “Jesucristo Superstar” (cuarenta años después se nos siguen poniendo los pelos como escarpias al escuchar “Getsemaní”, que Camilo será excesivo, histriónico, muerto viviente y figura del Museo de Cera de Madrid, pero cantaba como Dios –o como su hijo Jesucristo, por lo menos-), y en las listas de éxitos triunfaban Sergio y Estíbaliz, Cecilia y Desmadre 75, unos tipos que le decían a otro que sacara el güisqui yendo ataviados con pijama de rayas, maleta y sombrero de copa. Y es que en 1975 las puestas en escena de Televisión Española dejaban en bragas las performances de Marina Abramovic, constituyendo un estado ilusorio de realidad que sacaba por un rato a los españoles del clima de tensión y violencia que se vivía aquel verano: con Franco con un pie tromboflebítico en la tumba, ETA matando sin piedad, el GRAPO cometiendo su primer atentado y la ultraderecha creando caos y confusión, los mayores tenían el corazón en un puño. A mí, en cambio, lo único que me tenía preocupada era poder ver “Los payasos de la tele”, que una ha sido siempre muy fan de la familia Aragón y del señor Chinarro, aquel pobre hombre al que le hacían la puñeta episodio tras episodio (tengo una foto junto a él y, cuando lo cuento, los modernos siempre me preguntan si soy fan de Antonio Luque). “Los payasos de la tele” actuaron en Cartagena en julio en la plaza de toros, a 150 pesetas los adultos y 100 los niños, y los padres llevaban a sus hijos a verlos montados en un Seat 131. A mí no me llevaron, ni en coche ni a pie, así que seguí pegada a la tele hasta que acabó el verano, riéndome con los payasos y llorando con “Heidi” y “La casa de la pradera”, escuchando a Gloria Fuertes, alucinando con la lisura del pelo de María Luisa Seco y fascinada con los movimientos de batuta del maestro Enrique García Asensio.

Y llegó noviembre, y ya saben lo que pasó (nos lo ha contado mil veces Victoria Prego, que para eso era la única que estaba atenta). Ahora llegará de nuevo el invierno de nuestro descontento, y posiblemente lo único que pueda sacarnos de esta espiral idiota de pactos, abstenciones e investiduras en la que estamos metidos sea una canción de Georgie Dann. El 25 de diciembre, en lugar de cantar villancicos, nos marcaremos un bimbó y nos pondremos automáticamente en modo chiringuito, y esa será la única manera de sobrevivir a unas terceras elecciones. Porque Georgie, todos somos contingentes, pero tú eres necesario.




jueves, 25 de agosto de 2016

36

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 24 DE AGOSTO DE 2016

Dice María Teresa Campos que Terelu usaba una talla 36 “y todavía le sobraba”. Eso no es amor de madre, eso es ceguera total. También le dijo Isabel Pantoja a Mercedes Milá en una entrevista pleistocénica que ella usaba la 36 (a Milá sus invitados siempre le han dicho las cosas más peregrinas, la diferencia es que antes se las decía un Premio Nobel y ahora se las dicen unos tíos que no tienen ni un curso de mecánica por CCC). Al final, la única manera de que Terelu adelgace va a ser que la contraten en un programa de la televisión egipcia: allí han mandado a sus casas a las presentadoras que se estaban poniendo como un tordo para que pierdan peso en un mes (de los presentadores no sabemos nada, pero me da en la lorza derecha que a ellos no los han puesto a dieta).

A Terelu la entiendo perfectamente, que conste: ese ver un plato de embutido y salivar como si te colocaran a
Michael Fassbender con una manzana en la boca es un mal muy común. Claro que, por lo que vimos en “Las Campos”, Terelu lo mismo se tira primero a por la manzana, que allí sólo se hablaba de comida (qué gran oportunidad han perdido las marcas de alimentación para hacer un “product placement” a lo “Médico de Familia”) y de bebida: dice Terelu que si no bebiera estaría más delgada, pero sería menos feliz. Y yo, amiga, y yo, que antes me hago monja que dejar el pirraque, que una es bebedora social (y yo soy muy sociable) y que yo sólo tengo problemas con el alcohol cuando no encuentro ningún bar abierto, como Ozzy Osbourne. “The Osbournes” sí que fue el primer programa que reformuló el concepto de reality, y no “Las Campos”, que presentaron el primer episodio como si estuvieran descubriendo la televisión en color. Lo más alucinante es que María Teresa sigue pensando que ha hecho un documental sobre alimentación y que nos íbamos a conformar con verla haciendo un gazpachito y discutiendo sobre si la leche desnatada con calcio es mejor que la de avena. ¿Estás borracha, Sue Ellen?



 

CUALQUIER COSA DOBLADA AL GALEGO ES MEJOR
GRACIAS, @covanechi