miércoles, 20 de septiembre de 2017

EL CONTEXTO

PUBLICADO EL MARTES 19 DE SEPTIEMBRE DE 2017

Una se ha equivocado de grupo de wasap más de una vez en la vida. Y ha metido la pata hasta el fondo, y ha querido morirse, y lo ha intentado solucionar con emoticonos de los que guiñan un ojo, y muchos jajajajaja, y muchos jijijiji, y ha rezado para que colara. Pero no ha colado. Tampoco ha colado la explicación que ha dado el concejal socialista de La Laguna tras mandar al grupo de su partido la frase “Yo a follar / jejejejeje / con empleadas que pongo yo y enchufo en el ayuntamiento / y después a hacer campaña por frikis”. Y añade: "Perdón, me he equivocado de grupo". ¿A qué grupo lo mandaba? ¿A uno que tiene con Pajares y Esteso? Porque hasta ellos lo habrían echado, que hay cosas que te producen angustia en los ojos nada más leerlas. Y aún tiene el payo el mondongo de decir que era una broma privada, que la frase está descontextualizada. Vale. Ahora estamos esperando a que nos explique en qué contexto dice uno algo así: en los cientos de mítines que habrá abierto con un "compañeros y compañeras" y en los que se habrá llenado la boca hablando de igualdad, seguro que no. Afortunadamente, al concejal canario se le han arrugao las papas y lo han suspendido de militancia en el partido y destituido de sus funciones.

A veces no sólo hay que tener en cuenta el contexto, sino también el propio texto: aparece como titular de prensa que 1.300 científicos de todo el mundo han firmado un manifiesto apoyando el referéndum en Cataluña. Y entonces lees los nombres y te das cuenta de lo que tiene dar validez a una hoja de Google abierta a cualquier cachondo: entre los firmantes aparecen Son Goku, Lord Voldemort, Darth Vader, Paquito el Chocolatero o Kim Jong-un, con el cargo de "dictador democrático", un ejemplo de lo que decía Bachelard en "La poética de la ensoñación": "Y las palabras van, entre la espesura del vocabulario, buscando nuevas, malas compañías". Y las encuentran, claro, que las malas compañías son más fáciles de encontrar que una cabra en un hospital. O no: en el servicio de urgencias de la Fe de Valencia ha aparecido una. Eso sí que es una descontextualización. En cambio, si la hubieran encontrado en el Congreso no habría llamado tanto la atención. Allí, últimamente toman la palabra hasta las impresoras.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

MALETAS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 12 DE SEPTIEMBRE DE 2017

No tenemos remedio: es volver de un viaje y estar planificando otro. Con cuatro amigos y tres cervezas, que es como mejor se preparan: a la primera vas a pasar dos días a Albacete, a la segunda ya estás veraneando en Estocolmo, y a la tercera te dispones a cruzar el Yangtsé. No hay problemas de dinero, ni de fechas, ni de tiempo: todo es posible. Y la ilusión dura hasta que te das cuenta de que tienes tantas cosas que hacer en tu ciudad que es imposible escapar de ella. O que te coincide con un compromiso ineludible, que dicen los cursis. O que dispones de tan poca pasta que, por mucha hucha que pongas para meter los euros sueltos que vas encontrando en los bolsillos del pantalón, lo único que consigues al abrirla es irte un fin de semana a Orejilla del Sordete.

Servidora no se las da de viajera, ni de trotamundos, ni de turista siquiera: a mi lado, Dora la exploradora es el Doctor Livingston, que estoy a dos contracturas de cuello de empezar a llevarme una almohada cervical cada vez que salgo de casa. Pero es ver paisajes exuberantes, ciudades desconocidas y pueblos perdidos, y desear hacer la maleta. Y largarme. Y perderme. Y no volver. Que ya se lo decía la gran Paca Carmona a Lauren Castigo: "España no se acaba donde viene el mar, qué va, hay barcas pa seguir". Lo que no decía Paca es que el nacionalismo se cura viajando, que eso lo decía Baroja. Y tampoco es cierto del todo: el nacionalismo, como la mala educación, el egoísmo o la ignorancia, se cura viajando, sí, pero sólo si se hace con las orejas y los ojos abiertos. Lo otro es cambiar una puesta de sol en La Manga por una puesta de sol en Cádiz. O en Cancún. O en Cataluña, que lo mismo ahora Tossa de Mar se convierte en un destino exótico, yo qué sé, que está la cosa entre mala y muy mala, y entre loca y desatá. Me perdonan ustedes, pero es lo que tiene publicar la columna el día después de la Diada, que una no se abstrae del "procés" ni queriendo. Pero peor lo tienen los catalanes: mientras unos imprimen las papeletas para la votación, a otros le entran ganas de imprimir las tarjetas de embarque. Qué hartura.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

YO NO SOY ESA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 6 DE SEPTIEMBRE DE 2017

No reconozco a esa señora. A la del espejo, digo. A la que me mira, desnuda, con cuatro kilos de más. A la que se le mueven tanto las carnes que parece un flan recién servido. A la que el moreno se le está convirtiendo en roña. A la que se tiene que decidir entre pedir hora en la peluquería o comenzar su propio "procés" y acabar convirtiéndose en una columnista peliblanca catalana. No reconozco a esa señora porque la imagen mental que tengo de ella es mucho más benévola, más indulgente, que la que me devuelve el espejo. Pero el espejo no engaña. Como el algodón.

Tampoco reconozco a la señora que sale a cenar y acaba hablando con sus amigas de premenopausias y menopausias, de dolores de espalda y de rodillas, de padres ancianos y de hijos adolescentes: en mi cabeza, hace dos días que hablábamos de lo que nos depararía el futuro, y el futuro ya está aquí. Y compruebo que yo no soy esa que yo me imaginaba. Por lo menos, la del espejo. Así que concentro los buenos propósitos postvacacionales en algo tan nimio (es un decir, que para mí es más fácil escalar el Aconcagua que adelgazar) como quitarme los kilos de más. Los otros, los gordos, los clásicos populares (aprender inglés, dejarse el tabaco, organizarse mejor, ir al gimnasio) ya hace años que ni los intento. Porque la fatalidad de los buenos propósitos es que siempre llegan tarde, que decía Oscar Wilde. Y es verdad: a mí, el buen propósito de adelgazar después de verano se me acaba juntando con el buen propósito de adelgazar después de Navidades. Pablo Carbonell (ex torero muerto y casi ex gordo) cuenta que ha perdido peso porque Concha Velasco le dijo que dejara de cenar, y a Concha Velasco siempre hay que hacerle caso. Pero lo cierto es que no sé si seguir los consejos de Concha o, directamente, irme a vivir con la Reina de Inglaterra: cuando Isabel II termina de comer, el resto de los comensales tienen que hacer lo mismo. Aunque haya tarta de melaza de postre y los corgis estén debajo de la mesa con la lengua fuera. Definitivamente, mudarme a Buckingham va a ser la única forma de volver a meterme en los vaqueros. Y de intentar ser esa que yo me imaginaba. A lo mejor, así también aprendo inglés. Al fin.  

miércoles, 12 de julio de 2017

PIELES

PUBLICADO EL MARTES 11 DE JULIO DE 2017 EN LA VERDAD



Qué difícil es todo. Así, en general. Todo. Qué expuestos estamos, qué desnudos. Qué piel tan frágil tenemos, qué poco cuesta hacernos una herida y cuánto que cicatrice. A las personas normales, digo. A usted y a mí, aventuro, que mucho factor de protección solar, y mucha crema y mucho aceite, pero no hay fórmula alguna que nos proteja de nosotros mismos, de los demás, del mundo. Es lo que tiene ser de piel fina, que todo te preocupa y te afecta, y acabas tan abrasado como un albino bajo un sol inclemente.

A otros, en cambio, no les hace falta factor de protección, que tienen la piel de esparto: si Kiti Mánver le decía a Verónica Forqué en "¿Qué he hecho yo para merecer esto?" que sólo tenía la sensibilidad en el chocho, estos sólo tienen sensibilidad en la cartera: salen de la cárcel bajo fianza y vuelven a veranear a Sotogrande, o a Baqueira, o a Marbella. Tranquilamente. Si yo saliera del trullo me iría a Laponia, donde no me conociera nadie. Pero a ellos les da igual. Y a los compadres que se quedan en Soto del Real castigados sin vacaciones, también, que se montan su propio campamento de verano en un pispás, ya saben: si la vida te da limones, pídete una botella de Citadelle y hazte un gin-tonic. Toman el sol en el patio, hacen sus ejercicios, se duchan y se sientan con la fresca a hablar de su dinero, que es el nuestro. Actualizan la agenda, se ponen al día y se cuentan la vida. Recuerdan la tortilla con caviar y langosta que se comieron en el Parker Meridien de Nueva York, se atormentan prensando en si le habrá salido caracolillo al yate, se preguntan si el jardín de la casa de Marbella lo seguirá cuidando el matrimonio de ecuatorianos que contrataron hace dos años, si la piscina tendrá el nivel de alcalinidad correcto, si los vinos que guardan en la bodega estarán envejeciendo bien, si su señora estará envejeciendo mejor que los vinos gracias al bótox y si el mediano lo habrá aprobado todo en el internado de Sigüenza. Y así echan el rato, sin un ápice de remordimiento. Por eso, cuando salen, parece que hubieran estado quince días en la Buchinger: los vemos descansados, rejuvenecidos, bronceados. Mientras, nosotros seguimos más quemados que Iniesta pasando el día en Calblanque. Sin sombrilla. Y sin factor de protección.



SIEMPRE HAY UNA BUENA EXCUSA PARA VER ALGO
DE ALMODÓVAR. GRACIAS, @covanechi

miércoles, 5 de julio de 2017

SIN DIRECCIÓN

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 4 DE JULIO DE 2017 

Correos ha publicado en Facebook que un cartero ha conseguido entregar a su destinatario una carta con la siguiente dirección: "El hombre inglés que lleva camisas de colores brillantes y toca la guitarra. Cortes de Baza. Granada. Spain". El cartero tardó cuatro días en encontrarlo, pero lo logró finalmente. Y lo tenía difícil, que ya me dirán ustedes si conocen a algún inglés que viva en España y no vista como un daltónico esquizofrénico. Viendo la foto del guiri en cuestión, mejor hubiera sido que la carta hubiera estado dirigida "al inglés que se parece a Gloria Fuertes". Antes lo habrían localizado.

Pero estas cosas no sólo pasan en España: en Islandia, un turista mandó una carta con un dibujito en el sobre de un plano del lugar a donde quería que llegara. "País: Islandia. Ciudad: Búðardalur. Nombre: Una granja de caballos con una pareja islandesa y danesa con tres niños y un montón de ovejas". Como si jugara al Pictionary. Me pregunto qué pondrían en una carta dirigida a mí: "País: España. Ciudad: Cartagena. Nombre: Una señora que escribe en pijama al lado de la ventana". O similar. Y seguro que la recibo, que las cartas sin dirección siempre han llegado: que se lo digan a los Reyes Magos o a Papá Noel, con buzones llenos de sobres donde sólo pone "Oriente" o "Laponia". La única que no alcanzó su destino fue la que Miguel Ángel Revilla le mandó a Pedro Sánchez a la sede del PSOE para invitarle al día de Cantabria en Fitur. A Revilla le llegó devuelta con el sello "destinatario desconocido". Cierto es que, en aquel momento, Sánchez vivía en la carretera, como Miguel Ríos, y no tenía domicilio fijo. "Señor alto y moreno que conduce por España visitando las casas del pueblo", tendría que haber puesto Revilla en el sobre, y hubiera llegado seguro. Ahora, en cambio, lo trágico es no tener una dirección virtual a la que agarrarte. Mi amiga A. buscaba a "brazos fuertes", al que conoció en un concierto, por tierra, mar y Facebook. Una berlinesa intentó localizar a través de las redes a un tipo del que se enamoró en un vuelo. Y en Murcia tuvimos a "la chica del tranvía", una historia con título de best seller. Las columnas también son cartas sin dirección. A veces llegan, y a veces no. Pero eso ya no es problema de Correos, sino del remitente.




FOTO DE FAMILIA

PUBLICADO EL MARTES 27 DE JUNIO DE 2017 EN LA VERDAD

Mis amigos me mandan fotos con sus hijos. Están de boda, de vacaciones o de viaje; de fondo, la puerta de una iglesia, una playa casi vacía o el King's College de Cambridge. Los chicos delante, los padres detrás. Los tienen cogidos por los hombros, sujetándolos y mostrándolos a la cámara. En los ojos de los padres hay un punto de orgullo, de mira lo grande que está mi cachorro, y lo alto, y lo guapo; en las manos que los agarran hay un intento de retenerlos para que no se escapen, para que no se vayan de su lado, para que dejen de crecer y no se hagan mayores. Mientras, los críos posan con el mohín de hartazgo permanente, el flequillo tapándoles los ojos y la cara de papá, qué coñazo, otra foto, vale ya, tío. Pero en cuanto terminan de hacerse la foto familiar les piden a sus padres que les hagan una a ellos solos, que la tienen que subir a Instagram para que los colegas les digan wapoooooo, q beiesura, t kiero un pico, y cómo lo petas, bro, y cómo me molan tus pantalones, pavo.

Cuando me hago fotos con mi hijo ya no lo puedo sujetar por los hombros, sino que es él el que me echa el brazo por encima. Está tan alto como yo, aunque no lo parece porque va siempre con la cabeza gacha, mirando el móvil. Anda con el móvil, caga con el móvil, se prepara los cereales con el móvil, ve la tele con el móvil. Lo que pasa fuera de su pantalla de cinco pulgadas no existe, o le interesa entre poco y nada. Tampoco le interesan los besos (al menos, los míos), que lo tengo que pillar desprevenido para plantarle uno en el escaso espacio que queda entre el flequillo y los auriculares. En cambio, por la noche, me llama desde la cama para que le haga cosquillas, y me encuentro acariciando una espalda que empieza a parecerse más a la de un estibador que a la de un chiquillo. Si nosotros vivimos en una constante contradicción (felices porque los vemos crecer, aterrados porque han crecido), ellos también: se sienten demasiado pequeños para ser adultos y demasiado mayores para ser niños. Se creen en tierra de nadie. Pero la tierra es suya. Y el futuro. Lo que pasa es que aún no lo saben. Cuando levanten la vista del móvil, lo descubrirán.