miércoles, 13 de julio de 2016

CUERNOS CATÓDICOS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 12 DE JULIO DE 2016

Cada vez que alguien dice “empoderamiento”, muere un gatito. Cada vez que alguien se defiende con un “Es mi verdad”, es que miente como un bellaco. Y cada vez que alguien suelta lo de “Yo soy leal, pero no fiel”, es que pone los cuernos. O lo intenta. Porque una cosa es establecer relaciones libres entre iguales y otra muy distinta retorcer el lenguaje para justificar determinados comportamiento. Sobre todo si, para tu pareja, fidelidad y lealtad son sinónimos. Como para el diccionario.

Según esa hipótesis que diferencia ambos conceptos, se deduce que decir en una cena de amigos que tu pareja ronca como un brontosaurio, que se depila la espalda o que le gusta olerse los sobacos a lo Joachim Löw es muchísimo peor que enrollarse con otro, dónde va a parar. Desconozco si las parejas oficiales de los sospechosos habituales de la televisión roncan o no, que su lealtad les impide decirlo en público, pero sus líos hasta con el sursuncorda los han contado, ellos y ellas, con más pelos que señales, con polideluxe de por medio (y con preguntas de seguridad nivel “¿Qué tiene tatuado en la entrepierna?”) y previo pago de su importe. Unas veces han dado nombres y apellidos; otras, las menos, se han acogido a la Primera Enmienda del cotilleo (se dice el pecado pero no el pecador) para no revelar la identidad del otro, pero han ido dejando tantas pistas que hasta la señora Fletcher en pleno ataque de apoplejía hubiera descubierto al culpable. Y mientras nosotros lo flipábamos en nuestro sofá, los afectados se quedaban clavaítos en el suyo. Pero es la ley del mercado. Y de la selva, que en el negocio catódico viene a ser lo mismo.

Decía Woody Allen que, hoy en día, la fidelidad solamente se ve en los equipos de sonido. En la televisión no es que no se vea, es que no existe. Básicamente porque no vende. Enterarse por la tele de que te han puesto los cuernos es casi peor que enterarse de que ya no eres ministra, como le pasó a Emma Bonino cuando Renzi la cesó. Sobre todo si no entiendes la diferenciación entre “amores necesarios” y “amores contingentes” de la que hablaban Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Y no veo yo a ninguno de estos leyendo “La plenitud de la vida”. Por lo menos, hasta que ¡HOLA! no lo publique por entregas.



Me pasa como a @covanechi: puestos a que alguien se huela los sobacos,
mejor que sea Kevin Kline



miércoles, 6 de julio de 2016

EXÁMENES

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 5 DE JULIO DE 2016

Belén Esteban se está sacando el carnet de conducir. Y sí, eso es una noticia, que lo han leído estos ojitos que se han de comer la tierra. Y sí, se lo está sacando en Cuenca, en la autoescuela donde se perpetró “Famosos al volante”, un reality de La Sexta emitido en los tiempos en los que la cadena buscaba desesperadamente su lugar en el mundo. Las sorpresas de aquel programa consistieron en ver que Falete cabía en un utilitario (justo, muy justo, pero cabía) y en conocer al director de la autoescuela, un señor que, con tanto famoso alrededor, estaba convencido de que dirigía el Actors Studio y de que era el mismísimo Stanislavski revivido: hasta hablaba de El Método, el tío. El Método consiste en tener a los aspirantes a conductor encerrados cuatro días haciendo tests a cascoporro, sin un bolo discotequero ni un robado-pactado que llevarse a la boca. Una tortura mayor que la que le infligían los charlies a Rambo, que no veo yo a Chabelita con el culo pegado a una silla mañana y tarde intentando dirimir qué indica una línea longitudinal discontinua con los trazos muy juntos. Pero todo sea porque puedan ir ellos solicos desde la redacción del ¡Qué Me Dices! hasta el plató de Sálvame sin necesidad de taxi. O para recuperar los puntos del carnet, como Paquirrín, ese ser que se pasa la vida cometiendo infracciones de tráfico mientras intenta emular a George Best: “Gasté un montón de dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto, simplemente, lo malgasté”, dijo el futbolista. La diferencia es que Best fue uno de los mejores jugadores del mundo, y el Príncipe de Cantora se quedó en alevín del Real Madrid. Hasta para derrochar pasta hay que tener clase. Y para conducir.

Ahora viene el drama: Belén ha suspendido el teórico. Mandaron a Jon Aramendi a la puerta de la autoescuela a enterarse de si había aprobado. Y Belén, mosqueda: no quería que dijeran el resultado en directo en el programa. Ella, que ha vendido todo lo vendible, menos el hígado a la mafia china, se negaba a que dieran la información. Al final lo dijeron, claro. Y ha suspendido. La pobre. Le han quitado el último vestigio de dignidad que le quedaba. Entiendo el mosqueo: yo he vuelto a la universidad veinte años después. Y antes digo lo que peso que el resultado de los exámenes.



miércoles, 29 de junio de 2016

BODOFILIA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 28 DE JUNIO DE 2016

Soy bodófila perdida, lo confieso. Me gusta más una boda que comer con los dedos. Y no sólo por el romanticismo (que sí), por el convite (que también) y por la barra libre (que sobre todo), sino porque en esta época en que vivimos sólo se casan los valientes. O los temerarios: preparar un casorio hoy en día es más difícil que organizar Eurovisión. Antes uno se apañaba con la parroquia del barrio, un salón de celebraciones correctito, la orquesta “Ilusiones” y un paquete de peladillas de recuerdo (y de recuerdo imborrable, que te dejaban todo el bolso pringando). Ahora, en cambio, hay que dar el triple mortal hacia atrás para epatar al personal, que cuando una lleva en el cuerpo tantas bodas (ajenas, no propias, que servidora no es Zsa Zsa Gabor), siempre espera el más difícil todavía: un lugar original, unos discursos dignos de ingreso en la RAE, un recuerdo de la ceremonia que puedas lucir con orgullo en el salón sin tener que esconderlo detrás de los libros y un menú que contemple la posibilidad de que haya un vegetariano en la boda (o un vegano, o un crudívoro, o un herbívoro, o un macrobiótico, o un ayurvédico, o un rumiante con cuatro estómagos). Y hacer todo eso sin que te patrocine ¡HOLA! ya es para nota.


A pesar de ello, y de los agoreros que anunciaban el fin del matrimonio, la gente se sigue casando. Y de dos en dos hasta nueva orden de la CUP (ellos son más del poliamor, yo del polideluxe). Pero si el bipartidismo amoroso no ha muerto, el político tampoco, ya sea por suerte, por desgracia o por elección. Ahora veremos si hay boda entre el PP y el PSOE, o un arrejuntamiento, o un “convivir juntos”, que dice Rosa Benito (también dijo que antes que volver a bajar las escaleras de “Sálvame” se rompía las piernas, así que no hay que hacerle mucho caso), o tan siquiera un yo miro para el otro lado mientras te invisten presidente, que ojos que no ven corazón que no siente. Lo único que está claro es que si hay nupcias, Soraya Sáez de Santamaría estará de Dj en el convite con una camiseta de lamé cobrizo pinchando merengue como si no hubiera un mañana, que los peperos se nos han vuelto caribeños. Ya decía yo que ese moreno tropical de Javier Arenas no era normal.


LA BODA EN CUESTIÓN, CELEBRADA EN UN BARCO SURCANDO EL EBRO.
¿SE PUEDE PEDIR MÁS? SÍ, QUE LOS NOVIOS SEAN FELICES PARA SIEMPRE. Y LO SERÁN.  

miércoles, 22 de junio de 2016

EL GRADUADO

PUBLICADO EL MARTES 21 DE JUNIO DE 2016 EN LA VERDAD

Mi hijo se ha graduado. En la Universidad no, en Primaria, que servidora es primípara añosa. Pero es que ahora es terminar lo que sea y venga banda y venga birrete y venga “Gaudeamus Igitur” y venga pompa y circunstancia: acabas un curso de Peluquería por CCC y te hacen una ceremonia que ni el Príncipe de Asturias. Y, a poco que te despistes, te nombran doctor Honoris Causa; a Mario Conde me remito. O a Mike Tyson, que en su discurso de agradecimiento por el doctorado concedido soltó “No estoy muy seguro de qué tipo de doctor soy, pero mirando todas las tías guapas de aquí, creo que voy a ser doctor de ginecología”. Eso sí que es dejar K.O. al respetable. Menos mal que aquello se compensó cuando hicieron doctora a la Rana Gustavo en Letras Anfibias por la Universidad de Long Island. A un paso estamos de que le den el Nobel de la Paz a la cerdita Peggy.

Pero ahí están los graduados, los medio hombres y las medio mujeres, con su cara de a ver si terminamos pronto que queremos irnos a jugar a la Play, con su beca, su birrete y su verano por delante. Y ahí estamos nosotros, con nuestra cara de cómo es posible que hayan acabado la escuela si anteayer los estábamos matriculando en Infantil, con nuestro orgullo y nuestra satisfacción, con nuestro temor por el paso al instituto. Porque los seguimos viendo tan pequeños como el primer día de colegio, cuando los llevábamos de la mano con una cartera diminuta a la espalda y nos los comíamos a besos antes de entrar a clase; ahora no consienten ni que les des un achuchón delante de los amigos. Pero mientras lo único que nos queda a nosotros por graduarnos es la vista, a ellos les queda todo por vivir. Tienen que encontrar su lugar en el mundo, tienen que superar la contradicción que les produce el miedo a crecer con las ganas de hacerlo. Han pasado de vivir en una novela de
Stevenson a hacerlo en una de Salinger, de ser Jim Hawkins a convertirse en Holden Caulfield. Y mientras, nosotros seguiremos ahí, como el guardián entre el centeno: vigilando a nuestros hijos para que, cuando jueguen en un campo cerca de un precipicio y empiecen a correr sin mirar adonde van, podamos sostenerlos antes de que caigan. O, al menos, intentarlo.

miércoles, 15 de junio de 2016

OLA K ASE

PUBLICADO EL MARTES 14 DE JUNIO DE 2016 EN LA VERDAD

Wasapeamos por encima de nuestras posibilidades, que pertenecemos a más grupos de WhatsApp que un expolítico a consejos de administración. Estamos en el del cole, en el de la pandilla, en el de antiguos alumnos, en el de la familia, en el del curro, en el del curro sin el jefe, en el del regalo conjunto de boda y en el que nos meten sin que nosotros queramos. A punto estoy de contratar a un becario para que me lleve la comunicación.

Ana Blanco creó un grupo de WhatsApp para estar en contacto permanente con Vicente Vallés y Pedro Piqueras, los moderadores del debate de anoche. Sonsoles Ónega montó ayer uno con los jefes de equipo de los candidatos, donde todos afirmaban que su aspirante se encontraba fenomenal, igual que Naty Abascal saliendo de una fiesta: Rajoy estaba genial, Iglesias tranquilo y con fuerza y Sánchez y Rivera con muchas ganas. Parecían entrenadores de boxeo hablando de sus pupilos. Aunque si hubiera sido Mickey Goldmill, el entrenador de Rocky, les hubiera soltado “Tienes corazón, pero peleas como un maldito mono”. Pero los jefes de gabinete son más de manual de autoayuda: “Que sea él mismo”, le recomendó Irene Montero a Pablo Iglesias. “Sal y disfruta”, le aconsejó Fernando de Páramo a Albert Rivera, lo mismo que les soltó Cruyff a los jugadores del Barça en la final de Wembley; lo mismo que le digo yo a mi hijo cuando sale en la función de fin de curso: la psicología de bolsillo es lo que tiene. “Naturalidad”, le indicaron sus jefes de gabinete a Rajoy y a Sánchez. Luego hicieron lo que les dio la gana, claro: Rajoy tan natural como una gaviota disecada, Sánchez tan natural como una rosa de plástico. Por eso hace falta tener tanta discreción para dar consejos como docilidad para recibirlos, que decía La Rochefoucauld. También decía que el amor propio es el mayor de los aduladores. Claro, que eso lo escribió sin conocer los wasaps que los jefes de equipo debieron de mandar a sus candidatos después del debate: qué bien lo has hecho, te has salido, vamos a arrasar. Y muchos iconos de aplausos, pulgares levantados, caritas sonrientes y flamencas (las flamencas van bien para todo). Aunque yo hubiera dado mi móvil por leer los mensajes del otro grupo: el de compañeros de trabajo donde no está incluido el jefe. Ése es el bueno.



miércoles, 8 de junio de 2016

VENTANAS ABIERTAS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 7 DE JUNIO DE 2016

Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Y cuando entra el calor, también. Literalmente: en una ardiente noche de junio, y mientras preparábamos los exámenes finales enjaulados en un piso de estudiantes sin aire acondicionado, asfixiados y sudando más que si viviéramos dentro de una obra de Tennessee Williams, el amor saltó por la ventana a través de los gemidos de la vecina. Que si ay, que si Dios mío, que si dale. La gata bajo el tejado de uralita caliente o cómo se puede colar una película porno entre parágrafo y parágrafo de Derecho Romano, que estabas tú con el interdictum de arboribus caedendis y, de repente, aquello se convertía en una orgía de Calígula. Extasiados, salimos todos a los balcones, a oír sin ver. Cuando terminó, el vecindario todavía estaba allí. Y aplaudiendo.


En verano, nuestras ciudades (la mía, la suya) se convierten en una olla exprés donde el calor sofocante reactiva la locura y la ansiedad, y las ventanas son las únicas murallas que separan sus instintos de los nuestros. Por eso, cuando se abren de par en par, entra el aire fresco y sale lo mejor de cada casa. Uno de mis vecinos se asoma al balcón cada tarde y grita “¡Viva Cartagena!” (me consta que no es Federico Trillo porque no grita “Viva Honduras”, ya esté aquí, en El Salvador o en Lo Poyo). Otro saca la tele al jardín para ver a Bertín Osborne con la fresca. La de al lado sube el volumen de la música ratonera a nivel Bershka, que siempre que entro en la tienda nunca sé si pedirle a la dependienta tres tallas más de camiseta o un vodka con tónica. La de más allá saca al Moranco que lleva dentro llamando a su hijo a gritos. Y la de más acá (servidora) invita a comer a ocho púberes que se pasan la siesta del domingo chillando y dando pelotazos. Es lo que tiene abrir las ventanas con la casa llena de adolescentes puestos de pizza barbacoa: que saltan los pequeños salvajes que llevan dentro. Y es lo que tiene abrir las ventanas en política: que salta un caso de corrupción cada vez que dejan una rendija abierta. Que Dios, Tennessee Williams y los tribunales los pillen confesados. Y, a mí, el presidente de la asociación de vecinos. Estoy a una fiesta de que me declaren persona non grata en el barrio.