Holy Golightly ("Desayuno con Diamantes") los llamaba "días rojos". Luz Casal, "días marrones". Mi compa Miguel M. (hoy elevado a los altares del diseño gráfico con un par de germinales) "esos días en que te molaría ser jardinero del Ayuntamiento y no calentarte la cabeza". Y yo los llamo "días de la nube negra", los conocen ¿verdad?, esos días en que parece que tienes sobre ti una nube oscura que te agobia y no te deja respirar, como si te rodeara un aire mefítico (tenía unas ganas de colocar esa palabra desde que la aprendí que ni les cuento) y en los que lloras hasta con el hilo musical de El Corte Inglés mientras haces cola en la caja. Peor que en el Mercadona en Navidad escuchando "El Tamborilero". Y no pasa nada especial, es un día igual que ayer y, casi seguro, que mañana. Un momento: ahora que lo pienso, a lo mejor es por eso. Sí, es muy probable.
El caso es que en esos días hay que alejarse de casi todo, especialmente de las canciones de amor macarras. Porque no sé si se han dado cuenta, pero cuando uno está así cuanto más cutre es la canción, más se llora; esta proporcionalidad directa alcanza su cota máxima cuando la canción es de Alejandro Sanz, al que odio entrañablemente (es decir, con las entrañas) y del que no tengo un solo disco, pero que en esos días aparece en cualquier lugar como si de un niño de "El Orfanato" se tratara: pones la tele y "mi soledad y yooooooooooo", pones la radio y la cancioncica del accidente y ¡hala, otra jartá de llorar!. En fin, un desastre. También es un día horrible para el rimmel.
Y, por supuesto, prohibidos los informativos, porque la visión de cualquiera de los desastres que ocurren diariamente ya es la debacle emocional. Así que me aíslo en un mundo de Tomates y Semanas, donde la mayor desgracia es la separación de Genoveva y Cayetano (no me resisto más, reproduzco textualmente: "Genoveva está abriéndose paso en un camino no exento de dificultades para una mujer joven, que asume en solitario el día a día y los cuidados de sus hijos de corta edad"). Supongo que el hecho de que pida 15.000 € mensuales de manutención y la casa de Somosaguas contribuirá a allanar ligeramente ese camino difícil y tortuoso, pero claro, deduzco que es un ataque de clasismo invertido lo que me impide solidarizarme con esta pobre mujer. Yo me identifico más con los caballos de Cayetano, que lo tienen que aguantar (literalmente) todos los días.
En fin, lo único bueno de esos momentos es que sabes que se acaban. Pero de vez en cuando hay una sorpresa justo cuando piensas que no puede ir peor : de noche y en perfecta comunión con el sofá hago zapping a 40TV y me encuentro con "Buddy Holly" de los Weezer y todo vuelve a encajar como las piezas de un puzzle sideral, que diría Wyoming. Y me voy a la cocina a prepararme un bocadillo de tortilla a la francesa (con tomatico restregao, claro) cantando a grito pelao. Y me sienta fenomenal el bocadillo. Y ya aguanto hasta el final del capítulo 200 de "Hospital Central", incluido el vomitivo texto del cierre que acompaña a unas imágenes igualmente estomagantes. Y el texto me parece vomitivo de verdad (porque lo es, ya saben, del tipo "cada día es una crisálida" y tal) cuándo sólo media hora antes hubiera llorado con él más que con la muerte de Chanquete. Y Ángela Channing vuelve a ser mi referente vital. Y esta es la historia de cómo pasar de una Holy -Golightly- deprimida a un Holly -Buddy- estupendo con sólo una canción. Pues eso, que aquí les dejo a los Weezer para que los utilicen en caso de emergencia, que compartir es vivir. De nada. http://www.youtube.com/watch?v=FiIC5qcXeNU
jueves, 8 de noviembre de 2007
lunes, 5 de noviembre de 2007
Tríos
En mi cama siempre nos acostamos tres: mi churri, Joserra y yo. Claro, nos acostamos tres pero seguimos dos, que es lo que suele pasar en los tríos, que uno se queda de mirinda mientras los otros dos se lo montan (que se lo digan a Ross Geller). En mi caso es mi churri el que se retira pronto para poder practicar la autohipnosis, porque hace "Un, dos, tres... Tony Kamo" a la altura de "hincha, tú eres el mejor" y se duerme, mientras yo me quedo con Joserra, Manolete, Lama, el sanedrín y la madre que los parió hasta las tantas. Todos para mí.
Y los escucho y parece que estoy oyendo Dónde estás corazón en versión sportiva: no se dejan hablar entre ellos, le tiran al cuello a María santísima, hacen preguntas al más puro estilo Mariñas (Joserra a un deportista que se ha quedado parapléjico: "y tú, de cintura para abajo... ¿nada de nada?"), se encarnizan en la lucha contra Mediapro... bueno, y si llevan a una deportista al programa se pasan el rato comentando si la muchacha es guapa o no, porque esa es otra: el papel de la mujer en el deporte. Todo se reduce a las jugadoras de voley playa, los gritos de Sharapova, la contraportada del As o las chicas de la segunda temporada de Maracaná (ya saben, metieron a un grupo de bailarinas vestidas como las Bratz el día que salen a pillar cacho). Y eso sin contar con los chistes que habrá tenido que soportar María Escario por ser una de las primeras comentaristas de deportes (ahora, como la chica ya tiene una edad la han relegado del imaginario masculino casándola con Mª Teresa, en justa venganza machista por seguir cumpliendo años).
Y claro, es que hay que vender sea como sea: ¿acaso el deporte -el fútbol, vamos- genera tanta información como para llenar todos los días periódicos deportivos y programas de radio y de televisión? Pues por lo visto no, así que hay que inventarse polémicas donde no las hay, convertir el deporte en un espectáculo de porno soft o dar titulares imposibles, lo mismiquio que pasa con los programas del corazón. Eso sí, gracia sí que tienen los jodíos, porque hay días en que viendo las portadas en el kiosko una no sabe si comprarse el Marca o El Jueves.
Así que para desengrasar de todo esto me leo los artículos de John Carlin sobre la liga inglesa en EL PAÍS, que son una auténtica virguería a pesar de la decepción que me he llevado al ver su foto (antes de ponerle el acento a la I no salía): yo me esperaba un inglés delgado y decadente, tipo Sebastian Flyte, y me encuentro a un gordito rollo Philippe Starck principios de los noventa. Pero bueno, da lo mismo, los artículos siguen siendo igual de interesantes, sobre todo desde que tenemos a media plantilla jugando allí. Por cierto, ahora que se va Juande para allá a ver si le lleva una cestica con verduras frescas a Benítez, que con tantas baked beans sea está poniendo hecho un cerdico.
Y se preguntarán ustedes después de tanto rollo: ¿por qué esta tipa escucha El Larguero? Pues miren, primero porque si cambio el dial mi marido sale automáticamente del trance y me dice con voz de ultratumba "no lo quites, que lo estoy escuchando". Segundo, porque me va la marcha, claro. Y tercero, porque estoy esperando a ver si fichan a Nico Abad (Cuatro) y a sus zapatillas y me monto un trío en condiciones.
Y los escucho y parece que estoy oyendo Dónde estás corazón en versión sportiva: no se dejan hablar entre ellos, le tiran al cuello a María santísima, hacen preguntas al más puro estilo Mariñas (Joserra a un deportista que se ha quedado parapléjico: "y tú, de cintura para abajo... ¿nada de nada?"), se encarnizan en la lucha contra Mediapro... bueno, y si llevan a una deportista al programa se pasan el rato comentando si la muchacha es guapa o no, porque esa es otra: el papel de la mujer en el deporte. Todo se reduce a las jugadoras de voley playa, los gritos de Sharapova, la contraportada del As o las chicas de la segunda temporada de Maracaná (ya saben, metieron a un grupo de bailarinas vestidas como las Bratz el día que salen a pillar cacho). Y eso sin contar con los chistes que habrá tenido que soportar María Escario por ser una de las primeras comentaristas de deportes (ahora, como la chica ya tiene una edad la han relegado del imaginario masculino casándola con Mª Teresa, en justa venganza machista por seguir cumpliendo años).
Y claro, es que hay que vender sea como sea: ¿acaso el deporte -el fútbol, vamos- genera tanta información como para llenar todos los días periódicos deportivos y programas de radio y de televisión? Pues por lo visto no, así que hay que inventarse polémicas donde no las hay, convertir el deporte en un espectáculo de porno soft o dar titulares imposibles, lo mismiquio que pasa con los programas del corazón. Eso sí, gracia sí que tienen los jodíos, porque hay días en que viendo las portadas en el kiosko una no sabe si comprarse el Marca o El Jueves.
Así que para desengrasar de todo esto me leo los artículos de John Carlin sobre la liga inglesa en EL PAÍS, que son una auténtica virguería a pesar de la decepción que me he llevado al ver su foto (antes de ponerle el acento a la I no salía): yo me esperaba un inglés delgado y decadente, tipo Sebastian Flyte, y me encuentro a un gordito rollo Philippe Starck principios de los noventa. Pero bueno, da lo mismo, los artículos siguen siendo igual de interesantes, sobre todo desde que tenemos a media plantilla jugando allí. Por cierto, ahora que se va Juande para allá a ver si le lleva una cestica con verduras frescas a Benítez, que con tantas baked beans sea está poniendo hecho un cerdico.
Y se preguntarán ustedes después de tanto rollo: ¿por qué esta tipa escucha El Larguero? Pues miren, primero porque si cambio el dial mi marido sale automáticamente del trance y me dice con voz de ultratumba "no lo quites, que lo estoy escuchando". Segundo, porque me va la marcha, claro. Y tercero, porque estoy esperando a ver si fichan a Nico Abad (Cuatro) y a sus zapatillas y me monto un trío en condiciones.
jueves, 25 de octubre de 2007
Libriquios
Últimamente el único programa que veo sobre el libros es el Tomate. A saber: J.J. Vázquez cuela entre las tetas de Blanca Cuesta y el culo de Darek alguna que otra reseña literaria, tipo "me he leido el último de Isabel Allende", y es que supongo que un licenciado en Filología Hispánica tiene que demostrar de vez en cuando que lee algo más que las cartas de Encarna Sánchez y la biografía de Norma Duval. Lo entiendo perfectamente, probablemente yo esté escribiendo este post por lo mismo. Pero sí, así están las cosas, el Tomate es el único programa cultural de televisión tras el cierre de "Estravagario" de Javier Rioyo (claro, con esos horarios sólo lo veía mi amiga Tiqui Lo., famosa insomne donde las haya) por lo menos hasta que se estrenen dos nuevos espacios sobre libros previstos para este otoño: "Marcapáginas" y "Páginas 2", dos programas que pretenden ser, según sus responsables, "amenos y divertidos". Madre mía! Cada vez que se asocian esos términos con la cultura salen unos cagarros que pa qué. Estoy empezando a echar de menos a Rosa León cantando aquello de "todo, todo, todo está en los libros...", aunque lo dirigiera Fernando Sánchez Dragó.
Mientras tanto, si huimos de la sección de los más vendidos de El Corte Inglés (¿pero qué nos pasa a todos con los cátaros y los templarios?) y de los recomendado de Círculo de Lectores no es que nos queden muchas referencias a la hora de encontrar un libriquio en condiciones. Por eso me permito hablar aquí de una cosa deliciosa que me estoy leyendo, "El curioso incidente del perro a medianoche", de Mark Haddon (sí, publicitado en los dominicales, que ya lo sé, que no voy de exquisita) y de la serie de libros de Henning Mankell protagonizados por el inspector Wallander, un policía más sueco que el sillón Poäng. Hasta mi suegra se ha enganchado, no les digo más.
Pero les aseguro que no pretendo darles una lista de libros que hay que leer obligatoriamente, ni de mis libros favoritos, eso ya lo hace de vez en cuando Pérez Reverte maravillosamente en sus artículos de "El Semanal", especialmente porque recomienda todos los joyones clásicos de aventuras. Yo sólo quería hablar un ratico sobre libros y de lo feliz que me hacen. Como el "Arthur&George", de Julian Barnes (aprendí una palabra nueva: "mefítico"; si no la conocen búsquenla en el diccionario, que no pasa ná - http://buscon.rae.es/draeI/ - y úsenla con la misma frecuencia con la que Antonio Alcántara usa "periclitado"), o el "Desgracia" de J.M. Coetzee, que me dejó traspuesta, tanto o más que "El corazón de las tinieblas" de Conrad. O cualquiera de Paul Auster o de Le Carré, con el que se aprende más de política internacional que leyendo cualquier ensayo tocho. O "Los Mandarines" de Simone de Beauvoir, por el que me hice existencialista y me pinté los labios de rojo. Incluso me gustan los libros que no me gustan, porque sé que me están esperando quietecicos y cerrados hasta que esté preparada para leerlos, véase el "Ulises" de Joyce (¡¡no puedorl, no puedorl!!) y todo el Siglo de Oro que nuestro fantástico sistema educativo se ha encargado de que aborrezcamos debidamente.
Por eso me paso la vida intentando que mi hijo llegue a disfrutar de los libros tanto como yo. A él sólo le interesan los coches y los super poderes, así que lo machaco diciéndole que el poder más grande de todos es el poder mental, en plan campaña Play Station, y que para tenerlo hay que leer libros, que son muy importantes. Y él me contesta: "Tí mamá, los libros son muy importantes. Y los toches". Y claro, voy y le compro el Auto Bild, que por algo se empieza.
Mientras tanto, si huimos de la sección de los más vendidos de El Corte Inglés (¿pero qué nos pasa a todos con los cátaros y los templarios?) y de los recomendado de Círculo de Lectores no es que nos queden muchas referencias a la hora de encontrar un libriquio en condiciones. Por eso me permito hablar aquí de una cosa deliciosa que me estoy leyendo, "El curioso incidente del perro a medianoche", de Mark Haddon (sí, publicitado en los dominicales, que ya lo sé, que no voy de exquisita) y de la serie de libros de Henning Mankell protagonizados por el inspector Wallander, un policía más sueco que el sillón Poäng. Hasta mi suegra se ha enganchado, no les digo más.
Pero les aseguro que no pretendo darles una lista de libros que hay que leer obligatoriamente, ni de mis libros favoritos, eso ya lo hace de vez en cuando Pérez Reverte maravillosamente en sus artículos de "El Semanal", especialmente porque recomienda todos los joyones clásicos de aventuras. Yo sólo quería hablar un ratico sobre libros y de lo feliz que me hacen. Como el "Arthur&George", de Julian Barnes (aprendí una palabra nueva: "mefítico"; si no la conocen búsquenla en el diccionario, que no pasa ná - http://buscon.rae.es/draeI/ - y úsenla con la misma frecuencia con la que Antonio Alcántara usa "periclitado"), o el "Desgracia" de J.M. Coetzee, que me dejó traspuesta, tanto o más que "El corazón de las tinieblas" de Conrad. O cualquiera de Paul Auster o de Le Carré, con el que se aprende más de política internacional que leyendo cualquier ensayo tocho. O "Los Mandarines" de Simone de Beauvoir, por el que me hice existencialista y me pinté los labios de rojo. Incluso me gustan los libros que no me gustan, porque sé que me están esperando quietecicos y cerrados hasta que esté preparada para leerlos, véase el "Ulises" de Joyce (¡¡no puedorl, no puedorl!!) y todo el Siglo de Oro que nuestro fantástico sistema educativo se ha encargado de que aborrezcamos debidamente.
Por eso me paso la vida intentando que mi hijo llegue a disfrutar de los libros tanto como yo. A él sólo le interesan los coches y los super poderes, así que lo machaco diciéndole que el poder más grande de todos es el poder mental, en plan campaña Play Station, y que para tenerlo hay que leer libros, que son muy importantes. Y él me contesta: "Tí mamá, los libros son muy importantes. Y los toches". Y claro, voy y le compro el Auto Bild, que por algo se empieza.
lunes, 22 de octubre de 2007
Conoces menos canciones de Nacha Pop de lo que tú crees
O algo de eso hay, porque en el pasado cocierto de Nacha Pop+Los Secretos la gente no se movía ni de coña, excepto con dos o tres temas tipo "Nadie puede parar" y (hombre, claro) "Chica de Ayer". Probablemente salir un viernes por la tarde corriendo de trabajar, dejar a los críos con la madre, pegarse una ducha y engullir la cena sea incompatible con mover un poco la pata al ritmo de la música (y eso que en los 8O uno no se movía de la losa, vamos, que tampoco la cosa tiene una coreografía como de Bob Nichols). Es lo que trae consigo la cuarentena: tantos días esperando que llegue el concierto para hacerse un remember y luego estamos para hacernos el hara-kiri. Eso sí, mucha conversación, muchas copas y mucho darle al ojo, porque Antonio y Nacho Vega estarán ya un poco para tener de groupie a Massiel, pero lo que es el cuerpo técnico... madre mía, qué cuerpo! Jovenciquios, con los vaqueros caídos y los pelos de recién levantado... tela marinera. Pero que conste que yo los miro con ojos de madre, eh, no con mirada libidinosa, que no soy la Duquesa de Feria.
En cualquier caso, el problema no fué ni de los Nacha ni de Los Secretos, sino del cansancio de la gente. En cambio recuerdo el de Bob Dylan en Cartagena y me dan ganas de llorar: póngale ustedes a Dylan todos los adjetivos superlativos que quieran y que encuentren, pero excepto para los super mega dylanianos, exégetas de los ligeros matices de la cara de mala follá imperturbable del muchacho, para el resto de los mortales fué un coñazo tremebundo. Y eso que en aquel momento no había ni niños ni mogollones ni nos contemplaban casi 4 décadas, sólo ganas de verlo y de disfrutar con una de las leyendas vivas de la música, pero nada. Estoy por comprarme la edición bilingüe de las letras que acaba de salir a ver si así me reconcilio con el chiquillo, porque cosas como "no necesitas un hombre del tiempo / para saber de dónde sopla el viento" prometen. Pues eso. Y ahora, a recibir todos los comentarios de los fans de Dylan. Que sea lo que Dios quiera.
Por eso estoy pensando que el próximo concierto al que voy a ir va a ser el de I.P. Con las broncas que se arman entre partidarios y detractores (guapa vs choriza), la incertidumbre de saber en qué canción llorará contenidamente mirando al cielo, la posibilidad de convertirse en un experto descodificador del MI6 para interpretar sus crípticos mensajes (¿esto irá por Julián o por Paquirri? ¿esto será una declaración para el juez Torres o una amenza para la novia de Kiko?) y las ganas de ver a María Navarro moviendo su cuerpo monolítico al ¿compás? de una de las canciones seguro que consiguen que me olvide del curro, del crío y de toíco todo. Además, van los del Tomate. Ya les digo, mejor que Morrissey en el FIB.
En cualquier caso, el problema no fué ni de los Nacha ni de Los Secretos, sino del cansancio de la gente. En cambio recuerdo el de Bob Dylan en Cartagena y me dan ganas de llorar: póngale ustedes a Dylan todos los adjetivos superlativos que quieran y que encuentren, pero excepto para los super mega dylanianos, exégetas de los ligeros matices de la cara de mala follá imperturbable del muchacho, para el resto de los mortales fué un coñazo tremebundo. Y eso que en aquel momento no había ni niños ni mogollones ni nos contemplaban casi 4 décadas, sólo ganas de verlo y de disfrutar con una de las leyendas vivas de la música, pero nada. Estoy por comprarme la edición bilingüe de las letras que acaba de salir a ver si así me reconcilio con el chiquillo, porque cosas como "no necesitas un hombre del tiempo / para saber de dónde sopla el viento" prometen. Pues eso. Y ahora, a recibir todos los comentarios de los fans de Dylan. Que sea lo que Dios quiera.
Por eso estoy pensando que el próximo concierto al que voy a ir va a ser el de I.P. Con las broncas que se arman entre partidarios y detractores (guapa vs choriza), la incertidumbre de saber en qué canción llorará contenidamente mirando al cielo, la posibilidad de convertirse en un experto descodificador del MI6 para interpretar sus crípticos mensajes (¿esto irá por Julián o por Paquirri? ¿esto será una declaración para el juez Torres o una amenza para la novia de Kiko?) y las ganas de ver a María Navarro moviendo su cuerpo monolítico al ¿compás? de una de las canciones seguro que consiguen que me olvide del curro, del crío y de toíco todo. Además, van los del Tomate. Ya les digo, mejor que Morrissey en el FIB.
jueves, 11 de octubre de 2007
Absolut constipating
Estoy hasta la senserreta del juicio de Lady Di! Yo creía que estaba muerta y bien muerta, pero no, hay una confabulación informativa empeñada en mantenernos al día de todo lo que está pasando con el tema: que si Dodi le regaló un anillo de compromiso (conociendo los gustos del padre... ¡GLUPS!), que si tomaba la píldora (como para no tomarla), que sí ella y Dodi se iban a casar... vamos, pa morirse. Y todo porque aún no comprenden que Carlos la dejara por Camila, que sí, será más vieja y más fea, pero por lo menos le da marcha y tiene un mínimo de cultura (Bárbara de "Yo soy Bea" es más lista que Lady Di de aquí a Lima). Y además mira de frente, que ya me decía mi madre que los que miran traviscornao no son de fiar, y Lady Di se pasaba la vida mirando con la cabeza agachada y de medio lado mientras toda la prensa interpretaba ese gesto de traviscorne como producto de su "gran timidez", todo ello sin hablar de su devoción por la manga farol, el azul pavo, el Super Pop, los pendientes de zafiro, la raya de ojos azul, los chulazos de medio pelo, Versace y las videntes. Lo que se dice un auténtico derroche de glamour y buen gusto. Antes tenía que haber actuado el MI5.
Pero lo mejor de todo es que ella, por morirse pronto y dejar solicos a los críos, tiene la culpa de que el Príncipe Harry haya salido fiestero: han publicado unas fotos del chiquillo esnifando vodka (madre mía, toda la vida bebiendo Absolut y yo sin saber que lo podía utilizar para desatrancarme las narices en vez del Rhinomer) y chupándole el pezón a un amiguete, que supongo que no sería vasco, porque sino le hubiera dicho aquello de "Con las muelas, pues!". Y yo, en cambio, mantengo la tesis contraria: si su madre siguiera viva, Harry habría pasado ya del vodka a las chutas. Pues eso.
Y como la única forma de no repetir los errores de la Historia es conocerla, desde aquí emplazo a Tita para que reflexione sobre estos sucedidos y acepte la boda de Borja y Blanca. Tita pide para su hijo una novia "joven y que sea buena niña", lo mismo que Isabel y Felipe querían para su Carlicos. Y fíjese lo que pasó, Tita: la monarquía inglesa casi se va a tomar por saco antes de que los cuervos dejaran de revolotear la Torre de Londres. Así que asúmalo, dejen que sigan con su rollo motero, sus tatus y sus despelotes, porque a lo peor puede encontrar una buena niña estilo Diana que la deje a usted en bragas (de La Perla, eso sí, pero en bragas al fin y al cabo). Por cierto, parece que me estoy constipando. Voy a ver si me queda un culín de Absolut.
Pero lo mejor de todo es que ella, por morirse pronto y dejar solicos a los críos, tiene la culpa de que el Príncipe Harry haya salido fiestero: han publicado unas fotos del chiquillo esnifando vodka (madre mía, toda la vida bebiendo Absolut y yo sin saber que lo podía utilizar para desatrancarme las narices en vez del Rhinomer) y chupándole el pezón a un amiguete, que supongo que no sería vasco, porque sino le hubiera dicho aquello de "Con las muelas, pues!". Y yo, en cambio, mantengo la tesis contraria: si su madre siguiera viva, Harry habría pasado ya del vodka a las chutas. Pues eso.
Y como la única forma de no repetir los errores de la Historia es conocerla, desde aquí emplazo a Tita para que reflexione sobre estos sucedidos y acepte la boda de Borja y Blanca. Tita pide para su hijo una novia "joven y que sea buena niña", lo mismo que Isabel y Felipe querían para su Carlicos. Y fíjese lo que pasó, Tita: la monarquía inglesa casi se va a tomar por saco antes de que los cuervos dejaran de revolotear la Torre de Londres. Así que asúmalo, dejen que sigan con su rollo motero, sus tatus y sus despelotes, porque a lo peor puede encontrar una buena niña estilo Diana que la deje a usted en bragas (de La Perla, eso sí, pero en bragas al fin y al cabo). Por cierto, parece que me estoy constipando. Voy a ver si me queda un culín de Absolut.
lunes, 24 de septiembre de 2007
José Caine
Soy absolutamente capaz de elaborar un perfil de psicópata mientras me tomo un Cola-Cao. ¿Que no? A ver: varón blanco, entre 25 y 35 años, que ha sufrido abusos físicos y psíquicos en su infancia -madre castradora, padre maltratador-, de aspecto corriente. Vive solo o, como mucho con un gato al que acaricia mientras le cuenta quién va a ser su próxima víctima (también está la madre momificada en el cuarto de los trastos, que es otra variante). La casa ni les cuento cómo está de mierda, sólo tiene ordenadado el sitio donde están todas sus cosicas de psicópata. La pared la tiene decorada con recortes de prensa donde hablan de él (con lo fácil y lo baratico que te sale empapelarla con los rollos de Leroy Merlín, ahora que ha vuelto el papel pintado). Se relaciona con dificultad con los demás (normal, suele matarlos) y, por supuesto, sólo alcanza el climax cargándose a la chica en cuestión. Esto si es un psicópata sexual, porque si es uno de esos tipos que se dedica a poner bombas o a matar a gente aleatoriamente desde una azotea, es que tiene algún tipo de formación militar y sigue traumatizado por todas las escenas horribles que contempló al entrar en guerra.
¿Se dan cuenta? Estoy plenamente capacitada para que me fichen en el "C.S.I. "(me da igual Las Vegas que Miami que Nueva York, lo mismo me juego las perras al black jack que me pongo el bikini que me voy al MOMA), en "Mentes Criminales" (mola mucho, todo el día en el avión, de Quantico pa cá y pa allá) o en "El Comisario" las temporadas que toca asesino en serie (en las de bandas callejeras no, que yo soy muy fina y se mi iba a notar que me he infiltrado porque, claro, a mí los tops tan ajustados del Bershka que llevan las crías no me quedan muy allá; yo llevaría mejor algo de Marc Jacobs y eso canta mucho). El caso es que el único puesto que rechazaría sería el de experta en perfiles en el "R.I.S.". Y es que no quiero ni pensar el día en que Horatio Caine conozca a su homólogo en España (José Coronado). Se va a quedar con las manos en jarras y la cabeza ladeada para toda la vida, como la madre del Rey, que en paz descanse, porque ver cómo al otro lado del charco existe un grupo de expertos de la Científica que son iguales que tú y los tuyos (solo que todos blancos, aquí no hay ni hispanos ni negros) y a los que les pasan las mismas cosas (siempre hay una novata que no le hace caso al jefe y acaba malamente, y ese jefe tiene un pasado oscuro y traumático, y cara de estreñido para demostrar que tiene ese pasado oscuro y traumático) tiene que ser, como mínimo, inquietante. Imagínense un juego de espejos a miles de kilómetros. Lo que yo les digo: que cuando H. se entere se va a quedar traspuesto; seguro que le pide el ADN a José para ver si son hermanos. De todas formas, desde aquí seguiremos a Coronado y a su equipo a ver si aparece algún psicópata simpático, triunfador, con una infancia feliz y que se pone contento como todo el mundo, viendo la última del "As". Sería una novedad hasta para Grissom.
¿Se dan cuenta? Estoy plenamente capacitada para que me fichen en el "C.S.I. "(me da igual Las Vegas que Miami que Nueva York, lo mismo me juego las perras al black jack que me pongo el bikini que me voy al MOMA), en "Mentes Criminales" (mola mucho, todo el día en el avión, de Quantico pa cá y pa allá) o en "El Comisario" las temporadas que toca asesino en serie (en las de bandas callejeras no, que yo soy muy fina y se mi iba a notar que me he infiltrado porque, claro, a mí los tops tan ajustados del Bershka que llevan las crías no me quedan muy allá; yo llevaría mejor algo de Marc Jacobs y eso canta mucho). El caso es que el único puesto que rechazaría sería el de experta en perfiles en el "R.I.S.". Y es que no quiero ni pensar el día en que Horatio Caine conozca a su homólogo en España (José Coronado). Se va a quedar con las manos en jarras y la cabeza ladeada para toda la vida, como la madre del Rey, que en paz descanse, porque ver cómo al otro lado del charco existe un grupo de expertos de la Científica que son iguales que tú y los tuyos (solo que todos blancos, aquí no hay ni hispanos ni negros) y a los que les pasan las mismas cosas (siempre hay una novata que no le hace caso al jefe y acaba malamente, y ese jefe tiene un pasado oscuro y traumático, y cara de estreñido para demostrar que tiene ese pasado oscuro y traumático) tiene que ser, como mínimo, inquietante. Imagínense un juego de espejos a miles de kilómetros. Lo que yo les digo: que cuando H. se entere se va a quedar traspuesto; seguro que le pide el ADN a José para ver si son hermanos. De todas formas, desde aquí seguiremos a Coronado y a su equipo a ver si aparece algún psicópata simpático, triunfador, con una infancia feliz y que se pone contento como todo el mundo, viendo la última del "As". Sería una novedad hasta para Grissom.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
Guionistas
Definitivamente, necesito un guionista. Veo "Cinco hermanos" (Cuatro y Fox) y compruebo cómo los Walker son capaces de mentirse, pelearse, decirse las verdades a la cara y perdonarse, todo en un mismo capítulo. Pero fuera de una serie somos más que incapaces (o incapataces, que diría Miliki) de hacer todo eso: lo más que llegamos es a mentir, algo que facilita la vida a corto plazo y la complica a la larga, porque cuando intentamos llegar de verdad a los demás no encuentras ni las palabras ni el momento, y cuando los provocas sólo queda una especie de malentendido flotando en el aire (yo no me explico bien, él-ella no me entiende del todo) que contribuye a enrarecerlo todo aún más.
Por eso es mucho mejor vivir en una serie de televisión: grandes tragedias que precipitan un final con el que se cierra el círculo, amigos que se pelean pero que perdonan y olvidan y frases acertadas y/o aceradas que te hacen caer del burro. Todo eso partiendo de la base de que te toque una serie de formato clásico, claro, porque como caigas en "Los Soprano" o en "A dos metros bajo tierra", vas listo. Lo más seguro es que después de decir una frase inadecuada acabes en el fondo de un muelle de Weekhawkende o en la funeraria de la familia Fisher.
Así que si uno pudiera contratar a un guionista para todos lo días, yo lo tendría claro: el de las réplicas de Ángela Channing para la gente que me pone de los nervios, el de Chandler Bean ("Friends") para tener la frase ingeniosa siempre a punto, el del agente Cooper ("Twin Peaks") para contarle mis sueños al psicólogo, el de Bree Van der Kampf ("Mujeres Desesperadas") para machacar a las dependientas de las tiendas de lujo y el de Nora Walker ("Cinco Hermanos") para decirle a la gente que quiero que la están cagando, pero que les sigo queriendo. Ah, y los de Horatio Caine ("CSI: Miami") por si alguna vez tengo que interrogar a un presunto culpable de homicidio, que nunca se sabe. Los únicos que tengo claro que no quiero son los de "Hospital Central" (Dios mío de mi vida, es pa mearse). Y los de "Aída" tampoco, que para decir una jartá de groserías me apaño yo solica.
Aunque también estoy pensando en utilizar el sistema de la Fox: retransmitir los directos con unos segundos de retraso para evitar que se cuelen imágenes o palabras improcedentes (la última, Sally Field recibiendo el Emmy por "Cinco hermanos" metiéndose con las administración Bush). ¿Se imaginan? Poder cagarla -según criterio de la Fox-, borrar y rectificar. A ver cuando venden el invento por internet. Me lo llevo.
Por eso es mucho mejor vivir en una serie de televisión: grandes tragedias que precipitan un final con el que se cierra el círculo, amigos que se pelean pero que perdonan y olvidan y frases acertadas y/o aceradas que te hacen caer del burro. Todo eso partiendo de la base de que te toque una serie de formato clásico, claro, porque como caigas en "Los Soprano" o en "A dos metros bajo tierra", vas listo. Lo más seguro es que después de decir una frase inadecuada acabes en el fondo de un muelle de Weekhawkende o en la funeraria de la familia Fisher.
Así que si uno pudiera contratar a un guionista para todos lo días, yo lo tendría claro: el de las réplicas de Ángela Channing para la gente que me pone de los nervios, el de Chandler Bean ("Friends") para tener la frase ingeniosa siempre a punto, el del agente Cooper ("Twin Peaks") para contarle mis sueños al psicólogo, el de Bree Van der Kampf ("Mujeres Desesperadas") para machacar a las dependientas de las tiendas de lujo y el de Nora Walker ("Cinco Hermanos") para decirle a la gente que quiero que la están cagando, pero que les sigo queriendo. Ah, y los de Horatio Caine ("CSI: Miami") por si alguna vez tengo que interrogar a un presunto culpable de homicidio, que nunca se sabe. Los únicos que tengo claro que no quiero son los de "Hospital Central" (Dios mío de mi vida, es pa mearse). Y los de "Aída" tampoco, que para decir una jartá de groserías me apaño yo solica.
Aunque también estoy pensando en utilizar el sistema de la Fox: retransmitir los directos con unos segundos de retraso para evitar que se cuelen imágenes o palabras improcedentes (la última, Sally Field recibiendo el Emmy por "Cinco hermanos" metiéndose con las administración Bush). ¿Se imaginan? Poder cagarla -según criterio de la Fox-, borrar y rectificar. A ver cuando venden el invento por internet. Me lo llevo.
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