miércoles, 19 de octubre de 2016

CINCUENTA

PUBLICADO EL MARTES 18 DE OCTUBRE DE 2016 EN LA VERDAD

Visita al traumatólogo. Entro con dolor de espalda y salgo con una recomendación para hacerme una densitometría ósea y una mala leche que pa qué. Que los dolores pueden deberse a que estoy perdiendo hueso, me explica. Que es normal a mi edad, me suelta. Que es lo que nos pasa a muchas mujeres mayores, me espeta. Y me lo dice desde sus insultantes treinta años recién cumplidos. Mecachis en la mar, en la medicina en general y en la traumatología en particular. Pues paso. No me hago la prueba. Prefiero quedarme como el Jorobado de Notre Dame antes de darle la razón a ese galeno imberbe que me está condenando a la osteoporosis cuando aún no he cumplido los cincuenta. Aunque ya me queda poco para cumplirlos, lo sé, no hace falta que me lo recuerden, que están ustedes a la que salta. Y que tendré que celebrarlos a tutiplén también lo sé, que ahora se festejan estas cosas más que la boda de un torero: se invita a compañeros de clase a los que no has visto desde que tenían pelo, se sirve sushi de morcilla (que nos hemos vuelto todos muy cosmopolitas y muy finústicos y muy de cocina-fusión, cuando de jóvenes hemos comido cosas que harían vomitar a una cabra), se proyectan fotos del siglo pasado en las que ellos parecen anoréxicos y nosotras las hijas putativas de Joan Collins (¡qué pendientes, qué pelos, qué hombreras, qué todo!), y se contratan grupos ochenteros para que bailemos como locos puestos de pastillas: de ibuprofeno, omeprazol y antiácidos, concretamente. 

Lo cierto es que en esta edad en la que comienzan a rondarnos los fantasmas, no hay mejor forma de ahuyentarlos que celebrar la vida festejando los cincuenta, los cuarenta y nueve o los cincuenta y uno: aunque no hayamos tenido una biografía tan intensa como la de Lou Reed (“Mi día equivale a tu año”, decía), y aunque no ardamos a lo Kerouac como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas (más bien languidecemos lentamente en nuestra rutina como un petardo falluto), hemos llegado a los cincuenta sin pisar el talego, sin inyectarnos bótox, sin hacernos trasplantes capilares, sin ponernos un piercing en el pezón, sin participar en Gran Hermano y sin que nos den un Nobel. Y eso ya es un triunfo. Bueno, lo del bótox no lo descarto del todo, la verdad.

6 comentarios:

Hong Kong Blues dijo...

¿Seguro que no es usted de La Rioja? No, no lo digo porque beba, sino por lo bien que madura.
Disfrute, celebre y, si puede, hágase la densitometría (¡aproveche que todavía tenemos algo de Sanidad Pública!). LA ADORO.

Anónimo dijo...

¿Solo cincuenta?

Ana muñoz dijo...

Oleeee, hilas muy fino... y ve juntando para pagar el parque de bolas de tu cumpleaños.

Rosa Palo dijo...

Querido Hong Kong, en cuanto salga de la cárcel (usted ya sabe), me hago todas las pruebas del mundo mundial. A usted no le hacen falta, porque es eternamente joven ;)

Rosa Palo dijo...

Anica, podemos celebrar juntas el cumple, que somos de la misma quinta.

Rosa Palo dijo...

Mi querido anónimo, cumplo 47.