viernes, 12 de enero de 2018

HIEL CON CEREALES

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 28 DE NOVIEMBRE DE 2017
La gente tiene unas ganas de indignarse que es demasié. De verdad. Que va el personal por el mundo a punto de ebullición, esperando un mal gesto, un comentario desafortunado, un despiste, para ponerse a hervir como las ollas de un cuartel. Y, encima, nos lo ponen muy fácil en esta época de relatos y postverdades (de rollos y mentiras, vamos), en la que lo mismo se coge el rábano por las hojas que el toro por los cuernos que la parte por el todo que Paquirrín por los michelines, y a partir de ahí se monta un pollo que pa qué. Sin contrastar, sin verificar, sin preocuparse lo más mínimo de si ese primer impacto que recibimos entre los ojos es cierto. Las fronteras entre la verdad y la mentira están más difuminadas que mi lápiz de labios después de comerme unos espaguetis.
Al final, la caricatura del español bajito y cabreado va a ser cierta. Justo ahora, que ya nos creíamos que la habíamos superado porque de pequeños nos daban dos petit-suisse y habíamos crecido dos palmos (bueno, algunos). Pero la indignación sigue ahí, enfeltría en la masa de la sangre, metida hasta el tuétano. Y motivos para cabrearse hay a mogollón, públicos y privados, y tenemos todo el derecho del mundo a manifestar nuestro desacuerdo y nuestro enfado, con el ceño fruncido y la voz bien alta, y la pancarta en la mano y el pie en la calle. Pero de ahí a que todo sea susceptible de convertirse en un ataque, hay un trecho. Que parecemos un viejo de Wisconsin con la escopeta cargada sentado en el porche de su casa esperando a que alguien salte la cerca para descerrajarle un tiro. Que dices "Buenos días" y te contestan "Serán para ti, gilipollas". Que la gente parece que desayuna hiel con cereales. Que vivimos en una tertulia inacabable de La Sexta. Que una ya escribe las columnas con miedo en el cuerpo, por si alguien se molesta, se enfada o malinterpreta lo que dices. Que vamos a hacer de José Luis López Vázquez un estoico. Y que ya lo decía Zenón de Citio: "La naturaleza nos ha dado dos oídos y una boca para enseñarnos que vale más oír que hablar". Claro, que también nos ha dado diez dedos para teclear improperios como si no hubiera un mañana. Así estamos. 

MUNDO KARAOKE

PUBLICADO EL MARTES 14 DE NOVIEMBRE DE 2017 EN LA VERDAD

Usted y yo lo sabemos: tener sentido del ridículo y salir a cantar en un karaoke son conceptos antitéticos. Tanto como Paquirrín y la elegancia en el vestir. O como Falete y las acelgas hervidas. Pero, en cuanto llevamos tres gintonics en el cuerpo, nos olvidamos de la vergüenza y nos creemos capaces de cantar por Nino Bravo, aunque éste se revuelva en su tumba. Si no es por la influencia del alcohol, no se explica que gente con poquita voz pero desagradable se lance a cantar como si estuviera en la final de Operación Triunfo.

Un karaoke es un submundo donde la gente aguanta que le machaquen no sólo los oídos, sino también los ojos: los videos de las canciones están hechos a base de unos bancos de imágenes de los noventa que redefinen el kitsch y que convierten las películas de Pajares y Esteso en un prodigio de dirección técnica y artística. Pero, y al margen de las torturas varias infligidas al respetable, la observación sociológica que permite el karaoke es superior a las dinámicas de grupo, al test de Rorschach, al que le hacen a los replicantes de "Blade Runner" y al polígrafo de Conchita: el karaoke es la mejor forma de ver la personalidad del individuo y su relación con el entorno. Indefectiblemente, siempre nos vamos a encontrar con las amigas que suben al escenario en rebaño dispuestas a destrozar a Abba como si Suecia nos hubiera declarado la guerra, con el que canta un tema de un grupo modernito que sólo conoce él y que amodorra al respetable (que esto no es el FIB, sino la OTI), con la que grita como una gataperra trastornada porque confunde la entrega vocal con una posesión infernal, con el compañero de oficina que te roba los bolis y acaba sacando a la locaza que lleva dentro a ritmo de Raffaella, y con el que se tira a cantar en inglés con acento de Chiquitistán. Y luego está el que llega, coge el micro con más profesionalidad que Arguiñano los cuchillos y se planta en el escenario dispuesto a honrar a la Jurado, a Raphael o a Camilo Sesto. Y lo borda. Porque un karaoke es el hábitat natural de los bendecidos con un chorro de voz. Para ellos, siempre es su gran noche. Para el resto de los mortales, es la noche de Walpurgis. Poco nos pasa.

SEÑORAS DE CIERTA EDAD

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 21 DE NOVIEMBRE DE 2017

Si Gigliola Cinquetti cantaba "No tengo edad para amarte", las Spice Girls no tienen edad para volver a reunirse. O, al menos, para hacerlo encima de un escenario, que han amenazado con reaparecer, las tías. Está muy bien que coincidan en un desfile de la Spice pija, en una barbacoa de la Spice deportista o en una bótox party organizada por la Spice pelirroja, pero no en un concierto, dando saltitos y cantando cosas que ya quedan un poco ridículas en boca de una señoras. Es lo que tiene pasar de desayunar Choco Krispis a leche de soja con isoflavonas, que cantas el "Wannabe" y le pareces a Bette Davis disfrazada de niña en "¿Qué fue de Baby Jane?".  Claro que, si ellas ya no están para actuar como si fueran unas adolescentes, nosotras tampoco estamos para asistir a muchos conciertos: a nuestra edad, eso requiere más planificación que la contraofensiva de Eisenhower en Las Árdenas. Que si con quién dejamos al crío, que si hay que colocarse cerca de los baños, que si tenemos que buscar algún bar para cenar antes, que si te eches el ibuprofeno y el omeprazol y que si nos pedimos libre el lunes para poder recuperarnos. Y de quedarte de acampada, nada de nada: mejor un hotelito pequeño donde poder descansar después de ponerte hasta las trancas en ese restaurante tan cuco que te ha recomendado tu amigo el gastrorunner.


Luego están las señoras que tienen edad para todo, como Carmen Martínez Bordiú, con una horquilla electoral más ancha que mis caderas: lo mismo elige a un chatarrero forrado que a un joven australiano. Y, por último, están las señoras que tienen la edad que les da la gana porque son y han sido siempre libres, como Agnès Varda, que a sus ochenta y nueve años sigue rodando maravillosamente. O como Rosa María Sardá, que ha devuelto la Cruz de Sant Jordi y ha renunciado a la esquela que le va a poner la Generalitat cuando muera. Normal: conociendo como se las gastan con todos aquellos que no comulgan con el procés, me temo que la esquela que le pondrían sería tan fina y delicada como aquella de un señor de Torremolinos que se publicó en Diario Sur, y que acababa con un "Sus hijos, nietos, hermana y demás familia comunican que la ha palmado". Se teme lo peor, la Sardá. Y con razón.