viernes, 9 de diciembre de 2016

PUENTES

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 6 DE DICIEMBRE DE 2016

Cuando yo era pequeña era de poco viajar. A mis padres igual les daba que hubiera un puente que un acueducto; lo más lejos que me llevaban era a tomarme el aperitivo a Los Alcázares. Y lo hacían sin ningún tipo de complejos, sin pensar que estaban impidiendo mi adecuado desarrollo pisco-social o que me estaban creando un trauma existencial. Simplemente no viajaban más porque no les daba la gana. En cambio, mi heredero lleva más kilómetros en el cuerpo que Paloma Gómez Borrero, que mi santo y yo estamos imbuidos por el espíritu de los tiempos, ese que te impulsa a salir, a conocer, a ver sitios y a acumular fotos en el móvil, ese que te dice que hay que atesorar viajes y experiencias como si fueran puntos de descuento en la gasolinera, ese que te exhorta a llevar a tu hijo a Eurodisney antes de que cumpla diez años, no sea que el chiquillo vaya a ser el único de la clase que no haya ido y sufra acoso escolar, y se le quede ahí una espinica clavada por no haber saludado a un tío vestido de Mickey Mouse, y se vuelva un parafílico que sólo pueda tener relaciones sexuales con gente disfrazada de animales.

Por eso, en estos días de puente en los que no vamos ningún sitio, nos entra una especie de desazón, de no sé qué, de qué sé yo, de estar haciendo algo malo. Que una se queda en el sofá con una manta en vez de irse a conocer los encantos de Villapene, provincia de Lugo, y parece que ha matado a la madre de Bambi. Y miren que yo soy palomita voladora, pero hay veces en las que el único viaje que me apetece echar es de la cocina al salón para coger chocolate, en una suerte de homenaje personal a Emily Dickinson, que se pasó veinticinco años sin salir de su casa. La pena es que a mí no me da por escribir poemas, sino por meterme un atracón de series. Improductiva que es una. Eso sí, cuando me entre el azogue me saco una cerveza alemana al jardín con una Bratwurst y me hago la ilusión de que estoy un biergarten de Berlín. Y si ya me da el monazo mortal, miro el Facebook para ver lo bien que se lo han pasado ustedes este puente, que les gusta más darle a la pata que a Willy Fog.


GORDITO RELLENO

PUBLICADO EL 29 DE NOVIEMBRE DE 2016 EN LA VERDAD

En China han prohibido llamar “gordito” a Kim Jong-Un. Le puedes decir cafre, asesino, loco, enano cabezón, pero no gordito. Le puedes decir hasta que se le parece a Falete después de que Rupert le haya cortado el pelo a lo taza, pero no gordito. Los sitios web chinos bloquearon el apodo "Kim Gordito el Tercero" tras una reunión que mantuvieron con las autoridades norcoreanas. Lo normal en el orden del día: el programa nuclear, las restricciones al comercio y la prohibición de llamarle gordo al presidente. Amárrame esos pavos.

Menos mal que mi abuela no era china, que si no hubiera acabado en una cárcel asiática: lo que más le gustaba en el mundo era decirte “¡Estás más repuesta!” mientras te daba palicos en los brazos. Ella, que había pasado muchísima hambre de joven, lo decía como un piropo; tú, que también habías pasado muchísima hambre de joven (y de mayor, que una dieta es para siempre, como los diamantes) te lo tomabas a la tremenda. La diferencia es que no podías matarla porque cometer un abuelicidio estaba mal visto en mi casa. En Corea del Norte igual no.

La que está también muy repuesta de lo suyo es Mar Flores: acaba de divorciarse de Javier Merino, un señor mayor y millonario, y ya está saliendo con otro señor. Más mayor, claro. Y más millonario, claro: de magnate en magnate, que aquí hay tomate. Mi abuela hubiera dicho que la Flores tenía una asombrosa capacidad de recuperación. Bueno, no, mi abuela hubiera soltado cosas muchísimo peores, de acabar cumpliendo condena en el penal de Alcalá de Guadaira, que si yo tengo una boca de camionero, la de mi abuela era la del mismísimo conductor del diablo sobre ruedas. Pero lo cierto es que los famosos patrios tardan menos en encontrar un nuevo amor que yo en comerme un bocadillo de atún con pimientos. A mí me dan un palo emocional, que no amoroso (mi santo es un ídem), y la sensación de fracaso me persigue, me atormenta y me golpea en la nuca mientras me lavo los dientes. En cambio ellos se casan, se descasan, se despluman, se hacen una exclusiva con cara de pena, se van a Ibiza y se encuentran con un nuevo amor a velocidad de vértigo. Y los demás, que arreen. Los famosos revisteriles están hechos de otra pasta. De pasta gansa.
 
 


COMPINCHES

PUBLICADO EL 22 DE NOVIEMBRE DE 2016 EN LA VERDAD

Tengo un resacón en Cartagena que me río yo de Las Vegas: estamos a martes y todavía me dura. Ojalá fuera yo una niña bien, de las que salen y se toman una cervecita, una coca-colita o un agüita (las niñas bien siempre toman cosas en diminutivo y en singular), pero no, servidora es más rollo estibadora de puerto, de beber como si fueran a cerrar las destilerías el lunes, de “No iba a salir y me lie”, frase gloriosa que voy a colocar como epitafio en mi tumba y que titula una cosa escrita por Chimo Bayo, rey del bakalao a la valenciana y perpetrador de "Exta sí, exta no, exta me gusta me la como yo". Y así todo.

La culpa de mi despendole la tienen los colegas: el día que conseguimos cuadrar agendas y niños, salimos como los toros en los sanfermines. Nos echamos al talego unos cuantos copazos (en aumentativo y en plural), y cantamos, y bailamos, y nos abrazamos, y nos besamos, y nos lloramos, que ya tenemos la lágrima más floja que la próstata. Será porque, como decía Moravia, la amistad es más difícil y más rara que el amor, y por eso hay que salvarla como sea; será porque emociona comprobar que seguimos juntos después de tanto tiempo, que nos hemos visto engordar, envejecer, tener hijos, caernos, levantarnos; que hemos pasado de teñirnos el pelo de colorines a taparnos las canas, de contarnos los problemas con los novios a hablar sobre la menopausia, de compartir las dudas acerca de la elección de la carrera a poner a parir a los jefes. Lo curioso es que, de unas conversaciones a otras, en mi cabeza han pasado tres días, pero en el calendario gregoriano han transcurrido treinta años, un desfase espacio-temporal que ni el de “Interstellar”. Y es que seguir siendo amigos durante tres décadas es algo tan misterioso como el hecho insólito de que haya una Preysler gorda: Tamara Falcó se ha puesto hecha un tordo, la pobre, que tanto rezo le ha ensanchado el alma y las caderas. Pero desde aquí te lo digo, Tamara: estamos vivitos y coleando. Con nuestras peplas, sí, pero seguimos en la brecha. Qué más se pude pedir. ¿Estar delgada? Vale. Pues recémosle juntas a Nuestra Señora de la Santísima Dieta de la Proteína, que me han dicho que es muy milagrera. Y nos tomamos un agüita, Tamara. Para no liarnos.


UNA PUTADA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 11 DE NOVIEMBRE DE 2016

Decía Cecil B. DeMille que las películas debían empezar con un terremoto, y de ahí hacia arriba. Como truco para conseguir la más pura emoción cinematográfica es una recomendación irreprochable; como sistema de vida es para tirarse por un barranco. A las pruebas me remito: el viernes pasado comencé el día con un seísmo en forma de email y lo continué con una serie de catastróficas desdichas que culminaron con la muerte de mi ordenador. Y en ese momento viví un “black friday” literal y una angina de pecho virtual. Eso sí, el señor DeMille estaría encantado.

Cuando ocurre algo que no te esperas, que no sospechas, se te caen los palos del sombrajo y se te descuajeringa la vida, y eso incluye desde las pequeñas desgracias cotidianas hasta las enormes debacles imprevistas, como la salida del Reino Unido de la Unión Europea (algo que pilló tan a contrapié a los medios de comunicación españoles que muchos de los periodistas tuvieron que salir volando hacia Londres cuando conocieron el resultado del referéndum) o la presidencia de Donald Trump. Y, si no, que se lo digan a “Newsweek”: el triunfo de Trump fue tan inesperado que la revista ya había sacado a la calle 125.000 ejemplares con la victoria de Hillary Clinton en portada. Trump sí que es una catástrofe natural. Como su pelo. Y va a hacer que Rajoy nos parezca un estadista.

Justo en una época que necesitamos más cintura que un boxeador, estamos constreñidos como nunca. Tenemos tan poco margen de maniobra ante lo inesperado que la sensación de controlar nuestra propia vida no es más que eso: una sensación. Cualquier día el mundo se te viene encima porque se te rompe el ordenador, porque un patán se convierte en el líder del mundo occidental o porque tu marido te deja después de treinta años de convivencia. “Lo que me ha pasado ese una putada”, ha declarado Ágatha Ruíz de la Prada en “Vanitatis” después de que Pedro J. Ramírez le anunciara que se había enamorado de otra. Pedro J. desagatizado, liberado de las corbatas de corazoncitos rosa fucsia, de los calzoncillos de nubes y de los calcetines de rayas multicolor; loco por una mujer más joven que le regalará ejecutivos negros y Abanderados blancos en su próximo cumpleaños. Y aquí estamos, esperando la próxima putada. O el próximo terremoto. Cuando quiera, señor DeMille, estoy lista para rodar.