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miércoles, 13 de marzo de 2013

Móviles


PUBLICADO EL 12 DE MARZO DE 2013 EN LA VERDAD






Me cuentan que a mi amigo A. le han robado la mochila y lo han dejado sin dinero, sin tarjetas, sin llaves. “Menos mal que el móvil lo llevaba en el bolsillo”, añaden aliviados. Menos mal. Porque te quedas sin móvil y te quedas sin contactos, sin fotos, sin correos, sin números de teléfono (¿recuerdan cuando nos los sabíamos de memoria?). Te quedas en cueros. O peor, porque incluso si vas en cueros pero tienes móvil te lo puedes colgar del cuello, como hacen los guiris que pasean en porretas por El Portús (los guiris de El Portús también hacen cosas tan raras como llevar un plumas en invierno con el botafumeiro colgando, pero en fin, son eso, guiris).

“¿Cómo podías vivir antes sin móvil?”, me pregunta mi hijo mientras juega a los “Angry Birds”. Y me siento más vieja que Sofía Petrillo. Porque vivir, vivía, no sé si mejor o peor, pero vivía. Vivía esperando a que el chiquillo que me gustaba me llamara el sábado por la tarde para salir, y me quedaba sentadica al lado del teléfono, con la raya del ojo por dentro y el corazón saliéndome por la boca cada vez que sonaba. Vivía sin temor a que un pavo me grabara cuando me emborrachaba indignamente en una boda y acababa cantando por Camilo Sesto con los tacones en la mano. Vivía pegada a una agenda donde anotaba los números de teléfono fijo con una letra diminuta. Vivía haciendo cadenas de llamadas para quedar con los amigos, “Tú le das un toque a Fulano y yo a Mengano”. Ahora no, ahora no hay ni esperas, ni intimidad, ni borracheras discretas, ni conversaciones a la hora de la comida: antes de que lleguen los aperitivos, nosotros ya hemos desenfundado nuestros móviles y los críos sus Nintendos. Las armas están sobre la mesa. Y sólo se oye “te cambio tu Pokémon Legendario por el mío”. Por cierto, que nunca sé si el teléfono se pone a la izquierda o a la derecha de plato, a ver si Carmen Lomana publica un libro de buenas maneras y me saca de dudas.

Mi hijo escucha la perorata, levanta la cabeza del móvil y me mira con cara de asombro. “Hija, mamá, qué rollo. ¿Es que tampoco existía la electricidad cuando eras joven?”. Ahora si que me ha matao. Voy a ponerle un WhatsApp a su padre y se lo cuento.

P.D. Gracias a Paco Hernández por mandarme la imagen que ilustra la columna (y sacarme de dudas, de paso).

lunes, 20 de agosto de 2012

Ocho


PUBLICADO EL 12 DE AGOSTO DE 2012 EN LA VERDAD

P. cumple 8 años. Flaco y vivaracho, está morenísimo porque se pasa el día en la playa (“Parece un tiznajo”, dice su padre), y huele a sol y a sal. P. es contestón, cariñoso y alegre; le gustan Jake y Finn, los huevos fritos con patatas, Gerónimo Stilton, el fútbol y la Nintendo, y mira a su alrededor con unos ojos oscuros, enormes, curiosos, que se le achinan cuando se ríe a carcajadas. Y con su risa, todo lo cura:
los enfados, la tristeza, el cansancio, el agobio. Por eso la he guardado en un tupper. Sí, tengo una nevera llena de momentos que he ido congelando desde que nació, una provisión de instantes pequeños (lengua de trapo, caricias mañaneras, abrazos chillaos) que iré sacando conforme P. vaya cumpliendo años, un suministro que nos permitirá enfrentarnos a todo lo que está por venir, con el que podremos superar las discusiones por las notas, por las amistades, por las horas de llegada, por lo que aún ni siquiera puedo ni quiero imaginar, con el que tejeremos una red de seguridad que nos recoja cuando el futuro sea presente.

Así, cuando P. llegue dos horas tarde apestando a cerveza y su padre y yo nos pongamos hechos unas fieras, meteré en el microondas una ración de “Primeros pasos”, y saldrán del tupper todo el orgullo y la felicidad que experimentamos cuando empezó a andar, y borrarán de un plumazo la ira y la decepción. Con los suspensos descongelaré una porción de “P. pregunta sin parar”, y la curiosidad que tiene hoy sustituirá a la desgana y a la apatía que, a lo mejor, tiene mañana. Y en los momentos en los que se sienta solo y perdido, o en los que le rompan el corazón (porque se lo romperán), un par de cacharros de “Cosquillas a mogollón” harán que recupere la alegría. Lo sé, es absurdo pretender arreglar la vida a golpe de congelador, pero P. tiene 8 años, y a los 8 años todo, aún, es posible. Feliz cumpleaños, Pedro.