martes, 18 de agosto de 2015

MARGARITA LOZANO


El efecto de los rayos gamma

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 16 DE AGOSTO DE 2015 EN LA VERDAD

Poca gente sabe que Willis Haviland Carrier fue el padre del aire acondicionado, el invento que nos permite sobrellevar este verano pegajoso y asfixiante, que más que gatas sobre tejados de zinc caliente parecemos perros con la lengua fuera. Y poca gente sabe que aquí, en la región, en Puntas de Calnegre, vive Margarita Lozano, un tesoro de la interpretación.

Lozano tiene un currículum de vértigo: si yo hubiera trabajado con Miguel Narros, los Taviani, Buñuel, Camus, Nanni Moretti, Claude Berri, Sergio Leone, Gutiérrez Aragón, Martín Patino o Pasolini, me imprimiría una camiseta con sus nombres y no me la quitaría de encima. Y ella, en cambio, Doctora Honoris Causa por la Universidad de Murcia, con una carrera detrás por la que matarían petardas encumbradas por una buena cirugía, y dueña de una libertad (la de elegir, la de desaparecer, la de volver) por la que mataríamos cualquiera, sigue como si tal cosa, envejeciendo alegre y discretamente en su casa, alejada de las entrevistas y de las alfombras rojas, sin importarle que se olviden de ella, sin ir a “Qué tiempo tan feliz” a que la Campos le coja la mano. Porque esta mujer ha sido libre hasta para ser de donde le ha dado la gana: de familia de médicos y militares, Margarita Lozano nació en Tetuán en 1931 debido a que su padre estaba allí destinado, pero rápidamente se trasladó a Lorca. “Hace mucho, mucho tiempo que yo adopté a Lorca, y ahora Lorca me adopta a mi", declaró cuando la hicieron hija adoptiva.

A los 19 años convence a su familia para marcharse a Madrid diciéndoles que quiere estudiar diseño y moda, aunque lo que realmente deseaba era ser actriz. Comenzó de meritoria en el María Guerrero con Luis Escobar, pero será Miguel Narros, al que no se le escapaba una, el que la encumbre sobre las tablas con el montaje de “Fedra”, de Miguel de Unamuno, otro nombre clave en la biografía de la actriz (su “bienmaleducador”, lo llama). Comienza paralelamente en el cine con pequeños papeles que la llevarán hasta Buñuel en aquella memorable partida de tute en “Viridiana” entre ella, Paco Rabal y Silvia Pinal (un ménage à trois que el aragonés consiguió colarle a la censura), o que le darán el personaje de Tina en “Los farsantes”, la magnífica película de Mario Camus que constituyó una suerte de viaje a ninguna parte por adelantado.



Lozano estudia sus personajes, sabe lo que dicen y lo que no dicen, averigua sus secretos, los construye, los medita, les da vida. Y todo ello aparentemente desde la intuición, desde las entrañas, sin escuela a la que agarrarse, excepto a las enseñanzas de su queridísimo Miguel Narros. William Layton, el introductor del método Stanislavski en España, afirmaba que "La Lozano no tiene ningún método... ni falta que le hace". Ni tampoco le hacía falta el dinero: ante la concepción más pragmática de la profesión que tienen otras grandísimas actrices como Concha Velasco (contaba a “El País” que Margarita Lozano, Miguel Narros y José Carlos Plaza se reían de ella por hacer “El día de los enamorados”), Lozano no ha querido tener ataduras materiales más allá de las estrictamente necesarias, algo que le ha permitido ser libre en la vida y en la profesión. Tan libre que, tras dar el salto al cine italiano de la mano de Carlo Ponti y de aparecer en “Por un puñado de dólares”, “Diario de una esquizofrénica” o “Pocilga”, de Pasolini, la Lozano desapareció para seguir a su marido, el ingeniero agrónomo Alessandro Magno (sí, es su nombre real). Y a África se fue, con él y con su hijo, comenzando un periplo de 12 años por Senegal, Madagascar, Marruecos y otros países del continente.

Si fueron los hermanos Taviani en 1982 los que la recuperaron para el cine italiano (se encontraron paseando el perro y 15 días después la llamaron para “La noche de San Lorenzo”), fue Gutiérrez Aragón el que la recuperó en 1986 para el cine español. El director cuenta que todos estaban enamorados de ella, que volvía locos a los hombres por su misterio y su capacidad de aparecer y desaparecer como por arte de magia: mientras que a María Asquerino, otra de las mujeres más seductoras de la profesión (Umbral le dio el título perfecto para sus memorias, “Mis pobres hombres”), se la podía encontrar siempre en la misma mesa de Bocaccio  a la Lozano, voluble y móvil, no había forma de seguirle la pista. Por eso Gutiérrez Aragón quería trabajar con la Lozano, para ver si averiguaba algo, si descubría su secreto. Y le dio un papel bellísimo, tan misterioso y mágico como ella misma, en la “La mitad del cielo”, interpretando a la madre de Ángela Molina. Curiosamente, la doblaron en la película y nos impidieron disfrutar de esa voz profunda, tan enorme como su presencia, sus hechuras generosas, su sonrisa iluminada. Esa voz y esa presencia que le hicieron volver al teatro con una Bernarda Alba de las que marcan una época, y con la que se retiró de la escena en 2007.

En “El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas”, una película dirigida por Paul Newman en 1972 (los títulos raros y largos no son exclusivos del nuevo milenio), se narra el experimento que realiza una de las hijas de la protagonista acerca de cómo la exposición a los rayos gamma afecta a las flores; una metáfora sobre los cambios que la sociedad puede producir sobre el individuo. Margarita, flor afortunada, recibió todos los rayos gamma del mundo a través de los focos de escenarios y platós, y se convirtió en una grandísima actriz. Yo, en cambio, con este calor sólo recibo rayos UVA, que me dejan sequica perdía, como una rosa marchita. Menos mal que Willis Haviland Carrier inventó el aire acondicionado.

jueves, 13 de agosto de 2015

PARADORES


PUBLICADO EL MIÉRCOLES 12 DE AGOSTO DE 2015 EN LA VERDAD

Decía el cartagenero Perico Beltrán que Luis García Berlanga se definía como anarquista burgués independiente porque su partido empezaba y acababa con él mismo. Berlanga inventó una ideología donde todo son ventajas, mucho más fácil de asimilar que “El banquero anarquista” de Pessoa, y a la que se puede acoger cualquiera: si hay cerveza fría, viva la anarquía, pero si entras en un parador, se te pone cara de señora con turbante y perlas. Y yo he estado a una aparición mariana de volverme Pitita Ridruejo.

He sacado cuentas para ver lo que me cuesta retirarme en un parador gallego, que la cabra siempre tira al norte, y ni vendiendo lo poco que tengo y mi alma al diablo me da para pasar más de tres meses. Una pena: me encantaría refugiarme en un microcosmos donde las sábanas son blanquísimas, donde los abuelos parecen un clon del Marqués de Leguineche, donde se desayuna en tres tiempos, donde se leen los periódicos sin prisas y donde hay hora del vermut, del té y de cualquier cosa que se pueda beber. “Espera a que lleguen los de Podemos y lo conviertan en comunas”, dice M. mientras pone su vista en el paisaje y los ojos se le llenan de ría. No me preocupa en absoluto: en cuanto entren los podemitas y los camareros sepan con mirarlos si les gusta más el calimocho con Ribera del Duero o con Rioja, caerán rendidos al decadente encanto de los paradores, que no hay que subestimar los poderes ocultos que te convierten en señora con turbante y perlas en un plis. Porque haberlos, haylos: en el parador de Cardona, la habitación 712 está cerrada al público y sólo se abre por expreso deseo de algún cliente rarito, ya que en ella se producen fenómenos paranormales. Dicen que los muebles aparecen juntos en el centro de la estancia, que se oyen ruidos sin que haya nadie y que se perciben extrañas presencias. Aunque, para presencia extraña, la de Rato en el despacho del Ministro del Interior. Será porque su ex mujer sigue siendo la Presidenta de Paradores. Más que berlanguiano, es acojonante. 

miércoles, 12 de agosto de 2015

MARÍA DUEÑAS


La máquina de escribir

PUBLICADO EL DOMINGO 9 DE AGOSTO DE 2015 EN LA VERDAD

Mi primera y última máquina de escribir fue una Olivetti Lettera 32. Me la regalaron mis padres cuando tenía ocho años. Era verde plomo, portátil, con un maletín a juego. Me encantaba el ruido de las teclas, el del retorno del carro, el que hacía cuando llegaba al final de la línea. Aquella máquina pudo haber cambiado mi vida, pero no lo hizo: nunca escribí una novela, nunca tuve ni la imaginación ni la paciencia que se requieren para componer 600 páginas, que lo mío son las columnas de usar y tirar y la biografía de Rosa Benito. En cambio, una Hispano-Olivetti sí le cambió la vida a Sira Quiroga. Y a María Dueñas, también.

Porque Sira no es la heroína de esta novela, lo es María, una profesora de Puertollano que vive en Cartagena, que es doctora en Filología Inglesa, que da clases en la Universidad de Murcia, que está casada con otro filólogo, que tiene dos hijos y que, en lugar de quedarse en el sofá por las tardes siguiendo las desventuras de los pantojos, va y escribe uno de los libros más famosos de los últimos tiempos, el único que he visto pasar de mano en mano entre las madres del colegio (junto con “50 sombras de Grey”, que el porno soft nos tiene desatadas). Y es una heroína porque, para ser novelista, hay que sacrificar ratos libres, vacaciones y fines de semana; hay que tener voluntad, fuerza y tesón. Y María tiene esas cualidades, que lleva mucha mili hecha: la mayor de ocho hermanos, preparó la tesis embarazada y con una niña pequeña en casa, y le tocó leerla en el noveno de mes de gestación. A partir de ahí, vinieron años de biberones, niños y clases en la universidad. Dueñas, que se define como una curranta (“pico y pala, pico y pala”), se ha pasado toda la vida tirando del carro. Así que, después de tanto lío, escribir una novela le pareció un paseo.

Pero, sobre todo, María Dueñas es una heroína porque a sus 50 años se pone unos vaqueros que le quedan clavaos: lo digo yo, que la he visto comprar en la sección de frutas y verduras de El Corte Inglés con un pintón estupendo; alta y delgada en su serena y espléndida madurez, que diría un redactor de ¡HOLA! al borde del coma diabético. No hay derecho a que el Señor la haya bendecido con el don de la escritura, con el de lucir palmito y, sobre todo, con el de la constancia: Dueñas afirma que ella se propone un objetivo y trabaja para lograrlo. Cuando lo consigue, va a por otro. Y me da a mí en la nariz con falta de rinoplastia que Dueñas aplica esa máxima a todas las facetas de su vida: a la docente, a la familiar, a la literaria y a la corporal, que la escritora sale todas las mañanas a pasear y, mientras lo hace, reflexiona sobre lo escrito y planifica su jornada de trabajo (ahí debe de estar el secreto de su éxito, que andar tonifica las neuronas y los muslos al mismo tiempo). Tras llegar a casa, le da a la tecla hasta las siete o las ocho. Todo organizado, planificado, estructurado. Y con mucha documentación previa porque, antes de zambullirse en la escritura, Dueñas se impregna de los lugares, del ambiente, de los colores, de la forma de vestir: para documentarse sobre el estilo de la época que retrata “El tiempo entre costuras”, le pidió ayuda a figurinista alemana Bina Daigeler, que luego se encargaría de la dirección de vestuario de la serie. Lo único que le reprocho es que tanto lujerío estilístico haya propiciado la vuelta del turbante, ese complemento que sólo le queda bien a la Jequesa de Qatar y a Farah Diba; las demás, queramos o no, parecemos unas locas con una toalla en la cabeza. Como ponga de moda la riñonera, no le compro ni un libro más.




Dueñas escribe las novelas como las buenas modistas hacen vestidos: primero hace el patrón, después corta e hilvana, y, por último, cose y da los retoques finales. Qué pena que yo no aprendiera ni a coser un botón, que tuve como profesora de pretecnología a la monja más mala de todo el urbi y de todo el orbe. Hacíamos ojales, presillas, vainica y punto de cruz tan acogotadas bajo su mirada aviesa y feroz, que no había día que no acabáramos con pinchazos en los dedos. Y ahí terminó mi romance con la costura. Tengo tal trauma que ahora hago los dobladillos con cinta adhesiva y, si me descuido, hasta con grapas.

“Usted viene del prêt-à-porter y esto es haute couture”, le decían las modistas de la maison a Raff Simons cuando preparaba su primera colección para Dior. Para muchos de los consagrados en la alta costura de la literatura, Dueñas también hace prêt-à-porter (según ese criterio, lo mío tiene que ser del Rastro Remar), y por eso vende tantos libros como Amancio Ortega camisetas: las andanzas de Sira Quiroga llevan más de tres millones de ejemplares vendidos y 46 ediciones. Pero a Dueñas, como a Ortega, eso no les quita el sueño: “¿Que dicen que es un libro de consumo? Me da exactamente igual. Estupendo. Que se consuma más, por favor", le contaba a Luz Sánchez-Mellado, que la escritora pasa de camarillas de intelectuales y de envidias entre literatos. Entre otras cosas, porque ella sólo quiere escribir y publicar. Chimpún. Y, además, porque con lo que ha ganado con las ventas de “El tiempo entre costuras”, “Misión Olvido” y “La templanza”, le da para comprarse la colección entera de Dior. Pero no lo ha hecho: sigue con sus vaqueros, sus botas planas y sus jerseys de cuello barco, que María es de olivica comía, huesecico al suelo. Tanto, que se pidió una excedencia en la Universidad para poder volver si las cosas de la literatura no le iban bien. Pero le van de maravilla. Porque María Dueñas es una máquina de escribir. Y de vender. 

jueves, 30 de julio de 2015

MAR MENOR


PUBLICADO EN LA VERDAD EL MIÉRCOLES 29 DE JULIO DE 2015

El hijo adolescente de mi amiga M. J. está desesperado. “En esta playa no hay tías buenas”, dice la hormona con patas. Y entiéndase por “esta playa” cualquiera de las urbanizaciones surgidas junto al Mar Menor donde el colmo de la diversión es ir al cine de verano, tomarte un chambi en la heladería (y escribo “la”, y no “una”) y hacer apuestas acerca de si la señora Ginesa habrá sobrevivido al invierno. Para los adolescentes, que miran por las noches las luces de La Manga como si se tratara de la Tierra Prometida, con deseo infinito en los ojos y azogue en el cuerpo, las playas del Mar Menor se han convertido en el cementerio de las elefantas, en un lugar donde las que ya nos hemos tomado muchos gintonics ahora vamos a tomar las aguas. Porque en ese mar tranquilo las señoras se pueden bañar sin estropearse la permanente y sin quitarse las gafas, poniéndose a remojo como los garbanzos y presumiendo de hijos con las vecinas, que mi mayor se colocó en un banco y mi pequeña es enfermera. Mientras, los respectivos van a echarse la partida y dejan a sus santas a merced de cualquier gerontófilo en Meyba, que un día de estos aparece por aquí Alfonso Díez buscando remedio para su viudez y se levanta a alguna.

Con un panorama donde la tipa más joven que hay en la playa es tu prima hermana (y, a no ser que te apellides Vargas Llosa, lo normal es que dejes tranquila a la familia), los pobres chiquillos creen vivir por un rato dentro de un anuncio de cervezas cuando se escapan al Mar Mayor. Y les da una sobredosis de rubias y morenas, como molan las tías buenas, de la que no se reponen en todo el verano. Ven a salir a las muchachas a lo Ursula Andress emergiendo de las aguas cuchillo al cinto, y se les hace la picha un lío. Literalmente. Si se van a Ibiza, se nos mueren estos langostinos. Es el ciclo de la vida. Ya les colgarán las carnes. Mientras tanto, que disfruten, ellas y ellos. Yo voy a quitarme el Tena Lady y a ponerme el bañador, que me bajo a la playa.





lunes, 27 de julio de 2015

RUTH LORENZO


La murciana de Utah

PUBLICADO EN LA VERDAD EL DOMINGO 26 DE JULIO DE 2015

Imagínese que es usted una muchacha de Las Torres de Cotillas, pizpireta y cantarina, que un buen día sale por televisión y deja a 18 millones de ingleses con la boca abierta. Imagínese, además, que recibe mensajes de Johnny Depp y cartas de Gordon Brown, que Prince se mosquea porque canta “Purple rain” mejor que él o que Judi Dench se declara rendida admiradora suya. De película, ¿no? Pero de película de Almodóvar. Porque, con estos mimbres, el manchego podría filmar el enésimo remake de “Ha nacido una estrella”, empezando por el nacimiento de la protagonista: una mujer embarazada y abandonada por su marido, con un negocio y cuatro hijos que mantener, decide irse a Francia a abortar cuando, de repente, dos misioneros mormones la abordan en el tren y le dicen que Dios la necesita, que no está sola. La madre se baja del tren y resuelve tener a su hija. Bien, ahora pónganle a una de las postulantes el rostro de Chus Lampreave, cambien “testiga de Jehová” por “mormona” (“Yo soy mormona y mi religión me impide mentir. Ya me gustaría a mí mentir, pero eso es lo malo de las mormonas, que no podemos. Si no, aquí iba a estar yo”), y ya tienen la primera escena.

Y así comienza la historia de Ruth Lorenzo, como una peli de Almodóvar. O de Cecil B. DeMille, que decía que las películas debían empezar por un terremoto, y a partir de ahí, subir en intensidad. E intensidad no le falta a la vida de la cantante: tras un nacimiento profético, y no sólo por la intervención divina (pegó tal grito al nacer que el ginecólogo le advirtió a su madre que aquella niña le saldría cantante), a los nueve años Ruth se mudó a Utah con su familia, y allí vivió hasta los 16, protagonizando distintos musicales. Volvió a Murcia y comenzó a trabajar como cantante y relaciones públicas de Polaris World. Pero Ruth quería triunfar en la música, y siguió intentándolo: tras ser rechazada en un casting de “Operación Triunfo”, a los 25 años entra en “The X Factor” y deja patidifuso al mismísimo Simon Cowell, un tipo con tan mala leche que, a su lado, Risto parece Sor Citroën. Y los ingleses, esta vez sí, se rindieron ante la armada española. Lorenzo no ganó el concurso, ni falta que le hizo: fama instantánea, giras mastodónticas por Reino Unido y actuaciones junto a grandísimas estrellas. El fenómeno Lorenzo había empezado.

Tras una sonada ruptura con su casa de discos, Ruth se lo monta por su cuenta y vuelve a su país dispuesta a representar a España en Eurovisión, algo que, como dice Rosa Belmonte, es como ofrecerse en sacrificio. Tampoco ganó (fue la edición de Conchita Wurst, por lo que a no ser que Lorenzo se hubiera dejado barba y hubiera confesado que se llamaba Ginés, no tenía ni una posibilidad) pero, a cambio, los eurofans se rindieron a sus pies.



Con tan sólo 33 años, Ruth Lorenzo ha vivido muchas vidas en una, por eso su historia es difícilmente resumible y asumible. Y por eso, cuando se la contó a Pepa Bueno en “Viajando con Chester”, la periodista se quedó perpleja: como si no fuera ya bastante exótico hablar inglés y ser mormona habiendo nacido en Murcia, Lorenzo reconoció que padece anorexia y bulimia, que a los nueve años sufrió un episodio traumático, que renunció a un contrato de un millón de libras porque no quería ser un juguete roto y que pasó de ir con guardaespaldas por Londres a robar huevos para sobrevivir. Y todo así, a saco, del tirón y sin respirar: demasié hasta para Pepa Bueno, que tiene las orejas más que curtidas. “Me tienes despistada, te lo confieso”, le dijo la periodista. Y ese despiste se debe a que a Ruth Lorenzo le puede el personaje. Se ha construido a sí misma a base de lugares comunes, cogiendo de aquí y de allá las características que se le presuponen a una estrella: el coraje, la ambición, el esfuerzo, la capacidad infinita para seguir luchando, para caer y levantarse, para renunciar a una vida propia en pos del triunfo y de la gloria; todo ello aliñado con que me debo a mi público, y me alimentan los aplausos, y no tengo tiempo para el amor. En fin, que Lorenzo aparece excesivamente producida, más que una película de James Cameron, porque todas las cualidades que le hacen triunfar encima de un escenario (la afectación, la desmesura y el histrionismo) le alejan de la gente en las distancias cortas. A Ruth le sobra voz y le falta naturalidad.

Nuestra murciana es un tópico con pelazo, un vozarrón sin canciones: las mujeres con voces enormes siempre comienzan imitando a las grandes (y hasta superándolas) pero, cuando llega la hora de ser ellas mismas, se pierden en la búsqueda. No encuentran ni su tono, ni sus temas: prueban con la balada pastueña, con el rock de plástico o con el ritmo discotequero gay friendly. Tampoco encuentran su estilo: Soraya se quita tetas, se opera la nariz, se corta el pelo, se pone extensiones y se hace tantas transformaciones que, si la llevan a “Cámbiame”, a Pelayo le da un parraque ; Chenoa lleva unos líos capilares que ni Iñaki Anasagasti un día de viento, y Ruth lo mismo aparece con una camiseta de los Miami Heat que con un rollo pin up que con un look rockero que con unas mallas de la Sirenita. A Lorenzo le encanta “La Sirenita” porque es la única princesa de Disney que no busca el amor, sino la libertad. A mí, en cambio, las princesas Disney que más me gustan son las de Mónaco. Esas sí que son libres.  

Decía La Agrado en “Todo sobre mi madre” que una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma. Si alguna vez Ruth Lorenzo acaba siendo lo que ha soñado de sí misma, será una estrella mundial. Seguro que lo consigue.