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miércoles, 3 de julio de 2019

POLLO A LA CERVEZA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 2 DE JULIO DE 2019
También es coincidencia: a la Esteban le hackean el móvil el día de su boda, y a mí me hackean el mío al día siguiente. Que yo no digo nada, pero que es mucha casualidad. Que a ver si es que voy a ser famosa, y yo sin enterarme. Famosa anónima, un nuevo concepto. Y famosa cutre, como mi hackeo: han utilizado mis cuentas en las redes para hacer publicidad de marcas rebajadas. Pero por algo se empieza, oiga, que de aquí a nada me veo mis WhatsApp analizados en "Sálvame". Se van a quedar muertos con mis escandalosas listas de sustantivos: amoniaco, agua, yogures. Con mis perturbadoras fotos de mis paseos en bicicleta por Lo Poyo. Y con mis amenazadores mensajes: "¡¡¡Tío, no quedan cervezas en el frigo!!!" será interpretado por Kiko Hernández como el evidente inicio de una crisis matrimonial. Al tiempo.
Cuando era pequeña tuve un diario. Era pequeñito, cerrado con un candado. Escribí dos páginas con una letra redonda y clara, hasta que al tercer día perdí la llave y no pude volver a abrirlo. Ahora ya no hace falta escribir diarios porque tu vida está en tu móvil: lo que lees, lo que ves, lo que oyes, lo que te llena el espíritu y la nevera. Pero hasta las señoras insulsas que llevamos una existencia desnatada, inane y monjil, tenemos derecho a la privacidad. La vida que queremos que se vea ya la exhibimos en las redes, mientras que la otra intentamos mantenerla oculta, fuera de campo, en ese difícil equilibrio entre el ser y el parecer. El caso es que, por mucho candado que le echemos a nuestro teléfono, nos pillan la llave y nos dejan en bragas. A mí metafóricamente, porque de la otra forma ni de coña. Ya les digo: pudibunda que es una.
Lo único que me importa de que me hackeen el móvil es que descubran mi peso. Lo apunto los lunes, cuando me subo a la báscula con la vana esperanza de empezar la semana con cien gramos menos. Y nada, que no adelgazo ni a tiros, pero es que con este calor a ver quién no se mete un quinto fresquito entre pecho caído y espalda sudada. Siempre que haya cervezas en el frigorífico, claro. "¡¡¡Tía, pues haberlas metido tú!!!", me ha contestado mi santo. Al final, Kiko Hernández va a tener razón. A éste le monto yo el pollo. A la cerveza.   

miércoles, 26 de junio de 2019

DÍAS DE BODA

PUBLICADO EL MARTES 25 DE JUNIO DE 2019 EN LA VERDAD

Qué me gusta a mí una boda. Y un canapé. Y un sarao con barra libre: dadme un vodka con tónica y moveré el mundo. Y el esqueleto, que una es bailonga por afición, por devoción y por Raffaella Carrá. Las bodas son especialmente disfrutables, sobre todo para los invitados. Lo de los novios es otro cantar: viendo los enlaces de estas últimas semanas, agradezco haberme casado en el siglo pasado, en una época donde bastaba un convite medio en condiciones, un cartón de Marlboro para repartir entre los asistentes y un tío con un pinfanillo para amenizar la fiesta. Si me tengo que casar ahora, me dan las siete plagas: poco menos que tienes que llamar a la Fura dels Baus para que te organice la fiesta. O al Circo Ringling. Cierto es que cada uno se gasta los cuartos como le da la gana, y si a ti te luce una noria porque eres de bodón verbenero, pues aquí paz y después gloria. Qué fantasía todo. 

Pero, además de la boda de Ramos y Rubio, estos días hemos tenido la de Ainhoa Arteta, la de María Pombo y la de la Esteban. Demasié. A lo mejor por eso Pedro Sánchez está aplazando su casorio con Pablo Iglesias, porque no quiere que le hagan sombra. O porque no se ponen de acuerdo en el tipo de celebración: Sánchez quiere una boda sencillita, informal, de cooperación, e Iglesias un bodón de coalición, con sus langostinos, su jamón de pata negra, su solomillo Wellington y su tarta nupcial de seis pisos. Y venga bronca. Sobre todo por los ocupantes de la mesa presidencial, que está siendo más difícil de configurar que cuando los padres de la novia están separados. Pueden pedirle consejo a Albert Rivera, que lleva más divorcios a sus espaldas que Zsa Zsa Gabor y Elizabeth Taylor juntas: primero, el de Manuel Valls y, ahora, el de Toni Roldán. Roldán se ha desilusionado, el pobre; se creía que se había casado con un morenazo con buena planta, y se ha dado cuenta de que lleva Farmatint en el pelo y alzas en los zapatos. "Este no es el producto que yo compré", ha dicho. Lo mismo me dice mi santo, que si llega a saber lo que ronco, no se casa conmigo. Que muevo hasta las cortinas, me suelta. Se ve que él no se oye por las noches.   

miércoles, 19 de junio de 2019

INFANTES

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 18 DE JUNIO DE 2019 

En todas la casas cuecen habas. Hasta en la Casa del Rey, aunque allí no sé si las cocerán con langosta, que para eso son muy finústicos. Lo digo porque la Infanta Elena ha regañado públicamente a su hija al darse cuenta de que se le veía el tirante del sujetador, y la chiquilla le ha respondido con un gesto de ay, mamá, déjame en paz. El mismo gesto de cualquier adolescente en cualquier parte del mundo, que mucha nanny inglesa y mucha hípica y mucha regata, pero a la hora de mirar a los padres con cara de qué dice esta tía loca no hay pedigrí ni apellido compuesto con guion en medio que valga. A este paso, el día que Victoria Federica se haga un piercing en el ombligo se monta una que ni la batalla de Olmedo.  

El "lávate los dientes, échate desodorante y quítate esa camiseta churretosa" que le suelto al heredero cada vez que sale por la puerta es el nuevo "ponte las bragas limpias por si tienes un accidente" que me decía mi abuela: de todos es sabido que, mientras están intentando salvarte la vida en el quirófano porque te ha atropellado un trolebús, hay una enfermera revisándote la ropa interior para luego apuntarlo en el informe clínico. Pero estos adolescentes marrandungos que huelen a hormona reconcentrada, a desafío y a hartazgo, también huelen a nervios, a angustia y a inseguridad: que si los finales, que si la selectividad, que si estoy gorda, que si estoy flaco, que si no me hacen caso, que si no sé en qué matricularme, que si los granos, que si nadie me entiende. Tienen que ser bonicos, y listos, y sacar buenas notas, y caer bien, y ser aceptados, y aceptarse a sí mismos. Y todo eso exponiéndolo en las redes, no sea que se vayan a hacer el moco y no se enteren en Kuala Lumpur. Y sintiendo que se les escapa el mundo que tienen al alcance de la mano, y aguantando que nosotros nos tomemos sus problemas a chufla, y soportando a unos vendetazas que les impulsan a perseguir sus sueños cuando todavía no saben que, a veces, hay sueños que es mejor no alcanzarlos nunca. Qué presión, oigan. No volvía yo a los quince ni así se me pusiera a tiro John Cusack. El de hace treinta y cinco años, claro. El de ahora, ni con un palo.  

miércoles, 12 de junio de 2019

CARA DE NADA

PUBLICADO EL MARTES 11 DE JUNIO EN LA VERDAD

El final de "La reina Cristina de Suecia" es un formidable plano que nos lleva hasta la cara de Greta Garbo, su protagonista. Cuando la Garbo le pidió indicaciones al director sobre qué gesto poner, Rouben Mamoulian le dijo que quería que su rostro fuera como una hoja de papel en blanco donde cada espectador pudiera escribir su propio final. "Pon cara de nada", resumió. Así que la Garbo, obediente, puso la cara de nada más expresiva de la historia del cine. Poner cara de nada y conseguir transmitirlo todo sólo está al alcance de unos pocos, de la Garbo o de la Huppert; los demás siempre ponemos cara de algo. De tontos, generalmente, que salimos en las fotos que parece que nos ha dado un aire.

Muchas semanas después de las elecciones, los candidatos siguen ahí, mirándonos desde los carteles que todavía permanecen pegados en las paredes y colgados de las farolas. Aunque es raro ver unos rostros que continúan pidiendo un voto que ya ha sido emitido, no lo es tanto si pensamos que, en algunos lugares, aún no sabemos quién va a gobernar. Por eso permanecen a la intemperie, en una prórroga obligada, con la cara de nada que intentaron poner para que los electores escribiéramos en ella nuestros propios deseos: cara de te voy a arreglar las farolas de tu calle, de voy a hacer que consigas un trabajo decente, de voy a solucionarte tus problemas de vivienda, de voy a acabar con la corrupción institucional, de voy a preocuparme de que tengas una pensión digna. Pero en su tentativa de poner cara de nada, o de algo (de solidez, de fuerza, de poder, de capacidad), a algunos les pasa lo que a mí, que quiero poner cara de interesante y salgo con cara de estreñida; para muestra, la cabecera de la columna. Por eso miro las fotos en las que salgo de refilón, con cierta vergüenza, sin enfocar del todo la mirada, como cuando ojeas un libro con desgana. Y por eso no me imagino levantándome por las mañanas, tomándome un café de pie junto a la ventana y viendo mi cara de lo que sea en la pared de enfrente y en tamaño poster, recordándome mi propio fracaso, mis promesas incumplidas, mis problemas no resueltos y mis arrugas sin solución. Bastante tengo con verme cada día en el espejo. 



miércoles, 5 de junio de 2019

UN ANUNCIO EN LAS AFUERAS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 4 DE JUNIO DE 2019

Acabas de terminar de trabajar. Vuelves a casa uno de esos días de junio, largos y calurosos, que dan para las últimas comuniones y los primeros baños en la playa. Llevas la camisa empapada en sudor, el asiento de atrás del coche cubierto por una pila de carpetas y la agenda del móvil llena de citas para toda la semana. Ya estás cansado, y sólo estamos a martes. Miras distraído por la ventanilla y te encuentras una valla publicitaria en la autovía anunciando un puticlub. "Porque te lo mereces", dice el cartel. Y sí, es verdad, qué coño. Te lo mereces.

Tú te mereces que te den lo tuyo, papito lindo, que te dejen relajarte un ratito, que te mimen y que te sonrían aunque sea pagando, que para eso llevas el peso del mundo sobre los hombros. Que tienes derecho a olvidarte por un momento de las malas notas de Andresito, que no hay quien lo meta en vereda, y del arreglo de la cocina, y de las cortinas del salón, las putas cortinas del salón, que a la señora le ha dado por cambiarlas justo ahora, cuando os queda nada para iros a la playa. Pero la que te lleva por el camino de la amargura es la cría, que está insoportable, y contestona, y hecha una fresca, que cada vez que pisa la calle con esos pantalones cortísimos te dan ganas de encerrarla bajo siete llaves. Y, para colmo, ha empezado a salir con repetidor de la clase. Como le ponga la mano encima a tu niña lo lleva claro, el pollo.

Hasta los cojones te tienen. Tu jefe, que es un gilipollas. Y Paco, el del taller, que te está amargando la vida porque no sabe hacer bien su trabajo y después te comes tú todos los marrones. Y tu cuñada, que no para de ir a llorarle a tu mujer por culpa de su marido, que es otro gilipollas. Y tu suegra, siempre dando por saco y metiéndose en lo que no le importa. Y tú, trabajando sin que nadie te lo agradezca, que cuanto más les das, más quieren. Sin parar, sin dormir, que te metes en la cama y te dan las tres de la mañana con los ojos como platos haciendo números. Definitivamente, te mereces un momento de descanso. Si es que has tenido muy mala suerte en esta vida. Con lo que tú vales.       

miércoles, 22 de mayo de 2019

CAFÉ FRÍO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 21 D EMAYO DE 2019

Una nunca ha visto las cosas que había que ver en el momento en el que había que verlas porque siempre ha ido al rebufo de los grandes fenómenos mediáticos. De joven, por esnobismo; de mayor, por pereza. Total, que por tonta o por vaga, he acabado sufriendo más spoilers que caídas de la bicicleta. Pero nunca me ha importado (lo de los spoilers, digo, que las rodillas las tengo lleneticas de cicatrices) porque lo que cuenta no es el final, sino la historia. Y porque podemos sortear la conclusión de una serie, de una película o de un libro, pero el final gordo, el definitivo, no podemos evitarlo, que la vida viene con spoiler incluido. Y sin más temporadas.

Conociendo de antemano el desenlace, lo interesante de la historia son sus puntos de giro inesperados: cuando ya has conseguido domar a los demonios y a los fantasmas, y comienzas a vivir en un estado fluido y semilíquido en el que tu máximo drama es que tu frutero de confianza haya cerrado el puesto, viene eso (el destino, la fatalidad, un gancho de izquierda, lo que sea) y te lo pone todo patas arriba. Y eso, el lo que sea, siempre llega sin avisar una tarde perezosa en la que te acabas de preparar un café, convirtiendo la tarde perezosa en una tarde trágica, o atribulada, o urgente, o inconsolable. Por eso hace ya años que te tomas el café rápidamente, casi sin remover y mirando por encima de la taza, porque sabes que en cualquier momento te puede venir un lo que sea por detrás que haga que el café se te quede frío, a medio beber, sobre la mesa de los periódicos. Pero también sabes (y esa es la única sabiduría que nos da la edad, junto con que las cremas reductoras no funcionan, que el día que te toca ir a la peluquería te levantas con el pelo genial y que no hay que lamer nunca el cuchillo de la carne) que el gancho de izquierda te puede dejar tambaleándote, o sonado, o tirarte de bruces contra el suelo, pero que lo vas a aguantar porque ya has pasado por ahí otras veces. Lo mismo sucede con Eurovisión: sabemos de sobra que vamos a quedar entre los últimos puestos, pero nos tragamos el festival enterico. Por si algún día ganamos.  

miércoles, 15 de mayo de 2019

UN MOMENTO DE DESCANSO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 14 DE MAYO DE 2019

Estamos todas muy contentas. Las mortalas, digo. Las humanas, especifico. Total, porque hemos visto a Isabel Preysler en el AVE con la boca abierta, el hilillo de baba colgando y la cabeza apoyada en la ventanilla. Parece que nos contentamos con poco, pero es que es más fácil toparse de morros con el Yeti que pillar a Preysler en un renuncio, que Preysler siempre aparece preparada, lista, presta. ¿Para qué? Pues para cualquier cosa que implique dinero y lujerío: ir a la fiesta en casa del embajador, asistir a la inauguración de un restaurante postinero, comprarse unos pendientes de diamantes en la joyería Rabat o lucir un vestido de noche. Por eso, encontrársela dando una cabezada la humaniza, la convierte en una de las nuestras. O en algo parecido.

Preysler se hizo carne (poca, que está escuálida la tía), habitó entre nosotros y nos dieron ganas de echarle una mantita por encima. De vicuña, eso sí. Preysler frita nos ha demostrado que los ricos también roncan. Y que todos necesitamos un momento de descanso. Aflojar el rictus y el cinturón, quitarnos los zapatos, cerrar los ojos, parar, abandonarnos, derrumbarnos, rendirnos. A veces, la única manera de sobrevivir a un día completo es morirse un poco a la mitad. Resucitas y ves que nada ha cambiado; te quitas las legañas y vuelves a la lucha o a la desidia, a una agenda apretada o a pensar en qué ocupar el tiempo que te queda hasta que llegue la noche y te derrumbes de nuevo. Pero, a diferencia del sueño nocturno, que tantas veces se nos resiste, el sueño durante el día es un sueño no buscado, es un sueño inevitable, que te asalta en el asiento del tren o en el sofá de tu casa, un sueño vertical, dulce y ligero, superficial, interrumpido de forma abrupta por los avisos de próxima estación o por el cambio de canal en la televisión. Es un quedarse traspuesto intermitentemente.

Pero esto de Preysler es un espejismo: Preysler abrirá un ojo, se atusará un poquito el pelo, se arreglará los faldones de la camisa y estará, de nuevo, tan pichi. Bajará del tren como una semidiosa, volverá a su cielo alicatado hasta el techo por azulejos de Porcelanosa, y ni siquiera tendrá la boca patosa. El resto de las mortalas, en cambio, nos despertamos como si viniéramos de las trincheras. Así nos va.



miércoles, 17 de abril de 2019

ASIGNATURA PENDIENTE

PUBLICADO EL 16 DE ABRIL EN LA VERDAD

Si para Groucho Marx la felicidad estaba hecha de pequeñas cosas (ya saben, unpequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna...), para servidora, también: un pequeño aperitivo, una pequeña siesta, una pequeña aparición de Pantoja en la casa de GH Dúo. Y, así, alimentada por estos pequeños placeres cotidianos, una puede resistir hasta la llegada del invierno. 

Mi heredero y yo vimos cómo se reencontraban Kiko Rivera, el Artista Anteriormente Conocido Como Paquirrín, e Isabel Pantoja: ellos, abrazados en medio del salón, nosotros, abrazados en el sofá, que Isabel y yo somos estrellas pero, ante todo, madres. Y que los momentos históricos unen a las familias. Y que han de aprovecharse esas oportunidades para enseñar al que no sabe: entre conexión con la casa y conexión con el plató, le di a mi pobre hijo un curso magistral de Pantojismo Ilustrado que no se lo salta un torero. El heredero aprendió Cine y Literatura al conocer que Orson Welles y Hemingway eran amigos de Antonio Ordóñez, Psicología Social al saber de los líos entre Paquirri, Carmina, Lolita e Isabel, Biología al enterarse de que Fran, Cayetano y Kiko eran hermanos (aquí el crío, que es muy espabilado, puso en duda la Leyes de Mendel), Periodismo Comparado con el asunto de Encarna Sánchez y Mila Ximénez, e Historia de las Monarquías Europeas cuando supo cómo entroncaron la aristocracia de las sevillanas y la familia real de la copla a través de la relación de Isabel Pantoja con María del Monte, tía de Antonio Tejado, padre del primer hijo de Chayo Mohedano, hija de Amador Mohedano, hermano de Rocío Jurado. Igual que cuando la princesa Josefina Carlota de Bélgica se casó con el Gran Duque de Luxemburgo. Lo mismico.

Para rematar esta primavera loca, Pantoja va a entrar en "Supervivientes". Y eso no es cosa menor, o dicho de otra manera, es cosa mayor. Como dice la madre de Paz Padilla, San Basilio (por Paolo Vasile) es maravilloso. A él me encomiendo, a él le doy gracias todos los días por permitirnos ver a Pantoja tirándose en helicóptero, a Pantoja pescando, a Pantoja en bañador, a Pantoja diciendo "los cocos hacia mi persona", a Pantoja creciéndole la barba. Con esto y con unas cajas de Estrella de Levante, no es que sobreviva yo hasta el invierno, es que llego a la boda del nieto de Isabel con la Infanta Sofía. Al tiempo.

HOY NO EMPIEZA TODO

PUBLICADO EL 12 DE ABRIL EN LOS DIARIOS DEL GRUPO VOCENTO
Hoy empieza la campaña electoral. Y escribir eso, tan solo pensarlo, es más tonto que creer que la primavera comenzó el 20 de marzo, porque empezó mucho antes, exactamente en el preciso momento en el que entramos en una tienda con el gorro y la bufanda y nos topamos con las camisetas de tirantes y los bikinis: ahí fue cuando se originó un agujero espacio temporal entre la estepa siberiana y el chiringuito playero. Y ahí fue cuando comenzó nuestro Vía Crucis de dieta y elecciones. 
Si hace semanas que la primavera se coló en las tiendas, hace aún más tiempo que la política entró en tromba en la televisión, en el sofá y hasta en la cama: miren que llevo años haciendo tríos con las mismas personas, a saber, mi santo y José Ramón de la Morena, pero hete aquí que, la otra noche, José Ramón se trajo a Pablo Iglesias. Y tanta novedad, pues como que no, que una es muy señora de provincias y muy conservadora para sus cosas de cintura para abajo y de oreja para arriba. Lo mismo me pasó a la hora de la siesta, al encontrarme con un debate entre Toni Cantó, Javier Maroto, María Jesús Montero y Noelia Vera. Mientras, Gabriel Rufián, Aitor Esteban y Jaume Alonso-Cuevillas estaban desterrados en la sala VIP esperando a intervenir, igual que cuando aparcan a Chelo en un cuartucho para que vea, vía monitor, cómo la despedazan sus compañeros. Y, animando el cotarro, Belén Esteban convertida en representante de los pensionistas. Aquello fue un crossover tan gordo entre "Sálvame" y "Todo es mentira" que pensé que Rufián iba a "Supervivientes" con la Pantoja. Para rematar, esta mañana he abierto una caja de cereales y me ha salido Santiago Abascal diciéndome que lo que tenía que tomar era café con leche y media de porras, que eso es lo que desayuna un buen español. Acabáramos. 
Antes de que comenzara la campaña electoral, nosotros estábamos ya hasta la urna. Pero ellos, los políticos, también. De tener que hacerse los colegas, los enrollados. De exhibir la mejor de sus sonrisas. De tocar el bajo con Pablo Motos y de llevar empanada de bonito a casa de Bertín. De abrazar a niños inocentes y a señoras cardadas, de las que todavía se echan plis, de las que te cogen los carrillos entre las manos para estamparte un beso y te dejan los morros en la cara y Maderas de Oriente en el traje. Mimadre alucinaba cuando alguien le decía que yo era una tía simpática: "Con la mala follá que tienes con tu familia, se ve que toda la gracia te la dejas para los de fuera", me decía. Llevaba razón. A estos habrá que verlos en su casa. Mientras tanto, los vemos en la nuestra. A todas horas. Hoy no empieza todo, sino que sigue. Agotaítos nos tienen. 

miércoles, 10 de abril de 2019

MÁS PAPISTA QUE EL PAPA

PUBLICADA EL MARTES 2 DE ABRIL DE 2019 EN LA VERDAD

Dejé de creer en Dios hace ya muchos años. No lo hice de un día para otro, de manera abrupta y repentina, ni a consecuencia de una crisis profunda y unamuniana, no; aquello acabó de forma lenta, paulatina, como el que se va desenamorando tras muchos años de matrimonio. Posiblemente, mi fe era tan frágil que, en cuanto los ritos cotidianos dejaron de ser obligatorios, comenzó a languidecer igual que una tarde de domingo. Pero aún así, me siguen quedando rastros de un tiempo en el que fui una niña seria, reconcentrada y católica: cada vez que necesito tomarme un respiro, entro en una iglesia y me recojo entre los muros gruesos, el silencio y el frío, y allí permanezco hasta que pasan las tormentas y los vientos. Y sí, claro, también me acuerdo de Santa Bárbara cuando truena. Incoherente que es una.  

Ahora, cuando he perdido la fe hasta en la cosmética coreana porque para solucionar lo de mi celulitis ya sólo cabe esperar milagros, creo en muy pocas cosas. En el primer café de la mañana, en las cañas de un mediodía, en el vino de una cena; en los libros, en las películas, en las canciones; en las macetas de mi patio, en algunas personas, en mi hijo; en el poder de las palabras, en el de los besos y en el de los abrazos chillaos. Y también creo en que el Papa cree en lo que cree. Y que sabe transmitirlo. Tampoco dijo nada que no hubiéramos oído antes: la doctrina social de la Iglesia sigue siendo la misma desde hace años, y no ha cambiado su posición con respecto a la homosexualidad o al aborto, que a veces se nos olvida que estamos hablando de la Iglesia Católica, con sus reglas y sus dogmas. Pero este Papa, al menos, pone el acento en la solidaridad, en la caridad, en el amor y en la comprensión, valores válidos para todo el mundo, ya sean creyentes, agnósticos, tronistas o viceversos. Y este Papa da entrevistas, se expone, habla, y sí, también se equivoca, porque en ese sentido no es infalible. En cambio, hay algún católico, más de pelo en pecho que de golpes en el mismo, que se presenta a las elecciones y aún no ha dado la cara; tan sólo se dedica a lanzar globos sonda para alterar al personal. Será que es más papista que el Papa. 

VIDAS DESNATADAS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 26 DE MARZO DE 2019

Los domingos por la noche me como a Dios por una pata. Tal cual. Cobijada en el sofá, tapada con una manta y viendo la vida de otros, me levanto cada diez minutos a atacar la despensa como una cerdaperra, o como una vacaburra, que los híbridos son de mucho jalar, y hago mezclas gastronómicas tan raras como las que hacen los niños en las bodas con los restos de bebida que quedan en las copas de los mayores: un poco de vino blanco, otro poco de cerveza, una chispa de café, un dedo de orujo de hierbas y cuatro sobres de azúcar, y a ver si eres valiente y lo pruebas, Fernandito, que de verdad que está buenísimo. 

Es el vértigo de la semana que comienza el que provoca un vacío interior que sólo se cura llenándolo de comida, como si las calorías, en lugar de ir a la cintura, fueran al espíritu: mientras no se demuestre lo contrario, un bocadillo de lomo consuela más que una ensalada verde, un trozo de bizcocho más que una pera, una cerveza más que un vaso de agua. A partir del lunes, los días vuelven a ser desnatados y desgrasados, inodoros e insípidos, sin sal ni aceite; vuelven a estar comprimidos en una agenda y planificados con escuadra y cartabón, que para conjurar el futuro todo ha de medirse, desde las horas de trabajo, que son muchas, hasta las de sueño, que son pocas, porque una es de la España que madruga y de la España que trasnocha, que las dos me hielan el corazón y me rompen los ciclos circadianos, y así voy, bostezante, muerta viviente, siempre ojerosa. Y luego está la vida. La que te sorprende y te descuadra la organización, la que hace que te dejes las anotaciones sin cumplir, la que no te avisa y te parte por la mitad, la que te mete un gancho de derecha aunque siempre vayas con la guardia alta, la que no podemos planear por mucho que queramos. Por eso, cuando viene lo bueno hay que celebrarlo, ya sea martes o sábado, ya venga en forma de noticia alegre, de sol inesperado o de encuentro fortuito y feliz. Y, a ser posible, debe de celebrarse con café, copa, puro y una sobremesa de tres horas, que nunca nadie ha celebrado nada con una pechuga a la plancha. Ni con una infusión de alcachofas.

lunes, 25 de marzo de 2019

FEMENINA

PUBLICADO EL MARTES 5 DE MARZO DE 2019 EN LA VERDAD

Acabo el domingo derrengada en el sofá viendo la entrevista de Jordi Évole a Tita Cervera en "Salvados". Ella, iluminada como un Caravaggio y brillante, como un suelo recién encerado, a la pregunta "¿Es usted feminista?" contesta "Soy femenina, las mujeres somos muy bonitas y muy guapas, muy especiales, y somos las mamás de los hombres". Lo suelta sin despeinarse, que ella ya viene despeinada de casa. Menos mal que Tita, que es más lista que el hambre, habla a continuación de la necesidad de equiparar sueldos porque hombres y mujeres somos igual de inteligentes. Acabáramos. Pero es que una señora que tenía un Lichtestein en el cuarto de baño puede ser lo que le de la gana: femenina, perro, gato, unicornio, mamá de hombres o de dragones. Las demás mujeres, las que en el aseo sólo tenemos un mueble de Ikea mal montado, sólo podemos ser feministas. 

El feminismo es el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre, tal y como lo define la RAE. Punto. Que todavía tengamos que estar explicando estas cosas a estas alturas es alucinante. Que todavía haya gente que no se defina como feminista porque lo identifica con un grupo de tías feas, gordas y sin depilar que odian a los hombres y que salen a las calle con unas tijeras de podar dispuestas castrarlos, es más alucinante aún. Entre eso, el ruido de fondo y los listos que intentan capitalizar el feminismo para anotarse un tanto, estamos apañadas: no sé si me da más miedo un cavernícola ignorante o un modernito al que se le cae la fachada en cuanto rascas un poco con la uña. 

Lo cierto es que yo no soy ni bonita, ni guapa, ni especial, pero sí soy mamá de un hombre. El hombre que ahora mismo está con una gripe virulenta que lo tiene sin comer, hecho un vendo, tirado en el sofá. El hombre que recibe por igual los cuidados de su padre y de su madre: los besos de uno, los mimos de otra, el paracetamol de los dos. El hombre que con catorce años se define como feminista porque es de sentido común que todos tengamos los mismo derechos y las mismas oportunidades, mamá, hija. Pues eso, Tita, hija. Que voy a ver si arreglo el mueble del baño, que el segundo cajón se me atranca cada vez que intento abrirlo.   

miércoles, 20 de febrero de 2019

PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS


PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 19 DE FEBRERO DE 2019
Hablo a destiempo. Casi siempre. Nunca acierto, ni cuando abro la boca, ni cuando la cierro. Tengo ese don, qué le vamos a hacer; ése, el de abrir botes de cristal dando cuatro golpes en la tapa y el de fijarme invariablemente en el vestido más caro del escaparate. Y así estamos. Y así me va. 
El problema de la vida es que no tiene guion. Ni tampoco ensayos: es una improvisación constante donde, a veces, sólo hay una oportunidad de quedar como una tipa punzante e inteligente, pero la desaprovechas y acabas pareciendo una loca que cruza a lo pavo la delgada línea roja que separa la ironía del borderío: es lo que tiene creerse la heredera natural de Billy Wilder y pensar que tienes la mente llena de cuchillas de afeitar cuando, en realidad, la tienes llena de cuchillos romos de los que regalan con los paquetes de magdalenas. Otras veces, en cambio, pierdes la ocasión porque te has quedado en silencio mirándote la punta de los zapatos, y la contestación adecuada siempre se te revela cuando el otro ha salido por la puerta, cuando ha terminado la reunión y ya has comenzado a bajar las escaleras. Entonces, mientras te aseguras de que llevas el móvil en el bolsillo y las gafas en el bolso, te viene a la cabeza la frase, la respuesta definitiva, el gancho de derecha que hubiera dejado a tu interlocutor noqueado, tocado y hundido. Pero ya es demasiado tarde. Deberíamos de tener la posibilidad de contestar con carácter retroactivo. 
Al final, sólo hay dos tipos de palabras: las que dices y las que no, las que se te quedan atascadas en la garganta o las que escupes como pepitas de sandía. Y de todas, de las dichas y de las silenciadas, me suelo arrepentir. Por el contrario, oigo hablar a algunos tertulianos y políticos, y me reconcilio con mi lengua inoportuna. Utilizan las palabras sin complejos y sin pudor, y les dan la vuelta como a un calcetín sucio; las inflan, las despojan de su auténtico contenido y las convierten en armas arrojadizas; las usan para amedrentar, o para cargarse de razones, o para erigirse en salvadores de la patria. Lo triste es que ellos sí que tienen guion, pero parece que se lo haya escrito un mono borracho. Y eso que todavía no estamos en campaña. La que nos espera.  

miércoles, 13 de febrero de 2019

SAN VALENTÍN

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 12 DE FEBRERO DE 2019

Cuando era una chiquilla, mis compañeras y yo llegábamos el 15 de febrero a clase tarareando "Hoy es el día de los enamorados": todas habíamos visto la película en la tele la tarde anterior, y a todas se nos había quedado grabada la canción. Con nuestros uniformes, las calcetas enrolladas a media pierna y el pelo recogido en una coleta, éramos tan ingenuas que creíamos que los problemas de pareja se reducían a que Conchita Velasco se mosqueara con su novio porque iba mucho al fútbol, tan inocentes que nuestra idea del amor culminaba con un fundido a negro después del beso final, tan idiotas que pensábamos que San Valentín era un señor con sombrero. Después, cuando empecé a salir con chicos y a pintarme la raya del ojo en el ascensor de casa de M. porque nuestros padres aún no nos dejaban maquillarnos, recibir un regalo el Día de los Enamorados era la señal inequívoca de que sí, de que le gustabas. Hasta que llegó un día en el que ya no necesitamos esa señal porque había otras aún más inequívocas, como que te metiera la lengua hasta el corvejón. En ese momento, dejé de celebrar San Valentín. Y así seguimos.

Pero San Valentín se empeña en perseguirme: me llegan escapadas románticas, cenas para dos, hoteles con encanto, memes con corazones, playlists para enamorados. Y hasta un sorteo de un succionador de clítoris, que no sé ni lo que es. Tampoco sé ya lo que es vivir dentro de una canción de amor o de un ramo de rosas rojas. La poesía cursi de San Valentín se ha convertido en prosa cotidiana: en encontrarme una botella de leche fría por la mañana y unos pies calientes por la noche, en saber cuándo no hay que dirigirme la palabra y en escucharme cuando tengo ganas de hablar, en mentirme diciéndome que me queda bien un vestido imposible o en que sigo teniendo la misma cara de cría que hace treinta años, en recibir un mensaje deseándome suerte con la reunión y otro preguntándome qué tal ha ido todo. No es romántico, vale. Pero es mejor. Casi tanto como el "Dilema de amor", la cumbia epistemológica de Les Luthiers: "¡Qué bonito mi amor!, / hacer cada día / juntitos los dos / ¡la Espistemología!". Eso sí que es una canción de amor, y no las de Pablo Alborán. 



miércoles, 6 de febrero de 2019

FRACASOS COTIDIANOS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 5 DE FEBRERO DE 2019

Creo que he vuelto a batir todos los récords: a estas bajuras del año, que estamos todavía a principios de febrero, ya he incumplido mis propósitos para 2019. Propósitos asequibles y al alcance de cualquiera con un mínimo de fuerza de voluntad, también es verdad, que servidora no se ha propuesto ni escalar el Aconcagua en chanclas ni ganar Miss Islas Menores, tan solo hacer un poco de dieta, algo de ejercicio y un par de cosas más que no vienen al caso. El matiz es que, este año, he fracasado preventivamente porque ni lo he intentado. Una decepción que me ahorro. 

Lo peor es que no tengo a quién echarle la culpa. Culpar a otros (al cambio climático, al karma, a la profesora que te humilló en tercero de EGB, al café aguado, a los malos resultados en Eurovisión o a la herencia recibida) es jugar con ventaja: conozco a tipos que se pasan la vida diciendo que no triunfan porque son víctimas inocentes de una confabulación, como si la gente a la que le va bien no tuviera otra cosa que hacer que conspirar contra los mediocres; échales a ellos la culpa de lo que pasa, échale la culpa al boogie. Pero cuando sabes que tu enemigo eres tú, también sabes que vas a perder en la lucha contra tu propia desidia, y que van a volver a ganar tu tendencia natural a la procrastinación, tu gusto por comerte un bocadillo de lomo empanado en lugar de mordisquear un tallo de apio, tu afición por contemplar las vidas ajenas en vez de vivir la propia. Lo malo es que ese fracaso ni siquiera tiene la estética romántica del perdedor: un tío acodado en la barra de un bar con la corbata en el bolsillo, el whisky en la mano y el vacío en los ojos, goza de cierto atractivo entre poetas autodestructivos, cineastas noveles y mujeres redentoras, pero una pre menopáusica tirada en el sofá con una manta es tan arrebatador como pisar descalza una alfombra de cristales rotos. Lo bueno es que mi fracaso es mucho mejor que el del tío del bar: el mío es rotundo y definitivo, categórico, sin solución; es un fracaso redondo. Ahora sólo me queda asumir mi éxito fracasando y pedirle a Falete que me deje una túnica para las tres bodas que tengo esta primavera. Y que le den al apio. 

miércoles, 30 de enero de 2019

TAL COMO ÉRAMOS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 22 DE ENERO DE 2019
En este invierno de nuestro descontento y en estas tardes de procrastinación, a veces me dedico a buscar a viejos amigos en Facebook. Por aburrimiento, por curiosidad, por morbo, por el malsano placer que produce quitarse las costras de las heridas o por saber en qué punto del camino entre nuestro instituto y el de nuestros hijos se quedaron las expectativas y las ilusiones. 
Hoy me he encontrado con Q. Cuando le conocí, Q. tenía una moña larga y lisa como el cantante de China Crisis, ya trabajaba, bebía Voll-Damm y se iba a comprarme el "Madrid me mata" al único kiosco de la ciudad donde lo vendían. No le entusiasmaban los Smiths, pero hacía como que sí por darme el gusto. Salíamos, entrábamos y soñábamos juntos sueños distintos: yo, con la capital y el moderneo; él, con un trabajo mejor y una familia. Q. era un buen tipo; posiblemente, demasiado bueno para mí en aquel momento. 
Ahora, Q. tiene un muro de Facebook que parece el de las lamentaciones: que si los independentistas, que si los inmigrantes, que si los podemitas, que si las feminazis. Me encuentro con un señor al que no reconozco, que ha llegado a ser lo opuesto de lo que era (o de lo que yo pensaba que era), que se ha desabrochado el botón del pantalón y se ha dejado ir. No es el mismo. No somos los mismos. O sí: yo sigo siendo igual de idiota, pero con más celulitis. O sí: él sigue siendo un buen tipo al que, en algún punto de ese camino entre institutos, le han convencido de que las cosas no funcionan por culpa de los demás, de que está enfadado, muy enfadado, y de que es hora de exigir algo que se supone que es suyo. O no, yo qué sé. 
De repente, entre el ruido y la furia, descubro a Q. posando en varias fotos junto a su familia. Se ha cortado la moña, pero sigue teniendo pelazo. Parece dichoso, satisfecho, tranquilo, y es por eso por lo que me chirrían tanto sus exabruptos: a lo mejor es que quieren convencernos de que somos más infelices de lo que somos para poder manejarnos con mayor facilidad; no sé, tampoco sé. Lo que sí sé es que conservar el pelo pasados los cincuenta es motivo más que suficiente para estar agradecido, y no cabreado. Aunque a mí me gustaba más con moña.


"MADRID ME MATA", LA REVISTA CREADA POR MARINÉ.
EN ALGÚN SITIO DE LA BUHARDILLA TENGO ALGUNOS NÚMEROS. HABRÁ QUE BUSCARLOS

ORDEN

PUBLICADO EL MARTES 15 DE ENERO DE 2019 EN LA VERDAD
En estos tiempos de sobredosis informativa de tontunas, ya sabrán ustedes quién es Marie Kondo, esa japonesita de flequillo liso que, bajo su sonrisa permanente, oculta una sociópata empeñada en reducir tu vida a treinta libros, clasificarte los cubiertos por tamaños y colocarte las camisetas en vertical. Su obsesión por el orden y la limpieza es tal que es capaz de convertir un piso de estudiantes en la casa de dos hermanas solteronas. Será por eso por lo que la Kondo ve una fregona y se pone como una motoreta. Y no les digo nada si se encuentra con un roomba lamiéndole los pies, que estamos en horario protegido.  
Kondo es sádica por naturaleza: llega a tu casa, te hace acumular toda tu ropa encima de la cama y te obliga a guardar sólo lo que te hace feliz y a deshacerte del resto. Conmigo lo tendría fácil, porque yo no es que me quede con la ropa que me hace feliz, sino con la que me cabe. Eso sí, antes tienes que despedirte de todo lo que vas a tirar dándole las gracias: gracias, pantalones que me hacéis parecer un morcón; gracias, bragas con la goma dada de sí; gracias, sujetador que ya no me puedo cerrar porque se me ha puesto la espalda de un luchador de sumo. La Kondo despide con más consideración a una camiseta vieja que a un amante ocasional.
Yo voy a contratar a la Kondo, pero para que me ordene la cabeza. En el cajón de la derecha del armario, los recuerdos bonicos plegados en vertical y ordenados por años; en el de la izquierda, las esperanzas y las motivaciones metidas en cajitas; en el cubo de la basura orgánica, las angustias, los miedos y el insomnio. Y si es capaz de eso, ya subimos a la buhardilla. Porque desde aquí te lo digo, Marie Kondo: tú no tienes lo que hay que tener para venir a ordenarme la buhardilla. Que si Diógenes la ve, le da un parraque. Que esa sonrisa pérfida se te cae a ti de la cara según vayas subiendo las escaleras. Que hay que entrar a machete. Que unas Navidades subí a buscar los adornos del árbol y me dieron por desaparecida una semana. Y que no tiro yo mi caja de jamón de Joselito así te pongas como Godzilla, porque eso es lo que más feliz me ha hecho en el mundo. 


LA PSICÓPATA MARIE KONDO

miércoles, 9 de enero de 2019

TOMAR LAS CALLES

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MIERCOLES 8 DE ENERO DE 2019

Miren que una se ha propuesto empezar bien el año. Miren que una se ha cansado de lamentarse y flagelarse por los kilos y por la edad. Miren que una está resuelta a súper vitaminarse y mineralizarse la moral. Pero es que ha sido comenzar enero e írseme la autoestima a tomar viento: estamos N. y yo tan pichis trasegándonos unas cervezas en la puerta de un bar, cuando pasa una chiquilla de piernas kilométricas y culo prieto, da un golpe de melena y me suelta "Esta calle no es pa ti". Y sí, es verdad: estamos de marcha rodeados de chavales que podrían ser nuestros hijos y somos los únicos en 500 metros a la redonda que hemos visto a Kiko Ledgard presentar el "Un, dos, tres", a Sabrina salírsele la teta en vivo y en directo y a Torrebruno en la plaza de toros de Cartagena. Pero eso no se dice. 

La calle, para el que se la trabaja. Y yo me la he trabajado, y mucho. Que ni antes era de Fraga, ni ahora es de los jovenzuelos. Que la calle es de todos, y de las señoras, más. Que no me vuelven a meter a mí en mi casa ni los millennials, ni VOX, ni el miedo a salir de noche ni la madre que los parió. Que si he aguantado toda la vida la dictadura del heteropatriarcado, no estoy dispuesta a sufrir también la de la muchachada. Que si me vuelvo a mi sofá no es porque soy mujer y mayor, sino porque no queda ni un local abierto. Que las señoras mayores lo mismo vamos al frutero a comprar kiwis para el tránsito que al peluquero a teñirnos la canas que al ginecólogo a que nos mida los niveles de estrógenos que a un bar a ponernos como Las Grecas. Que no me meto yo en un salón de té, con esa mala leche un salón de té, porque no me gusta el té, que a mí lo que me gustan son los quintos a morro. Que una hace el ridículo como le da la gana. Que, nenes, ya dejaréis de ser semidioses para convertiros en simples mortales. Que no tenéis la exclusividad del atrevimiento y de la irreverencia. Y que eso de "vieja" no me lo decís a mí en la calle. Bueno, sí. Ya me lo habéis dicho. Empezamos bien el año. 

miércoles, 19 de diciembre de 2018

CELEBRACIÓN

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 18 DE DICIEMBRE DE 2018

Que una dedique por estas fechas una columna a hablar de lo que poco que le gusta la Navidad es un clásico. Que vuelva a sacar a relucir todos los topicazos de esta época, otro. Que haya cogido tres kilos en las comidas prenavideñas, que esté de los nervios con los regalos, que odie las películas familiares, que piense en exiliarse a Albania hasta el 8 de enero o que hubiera deseado casarse con un señor que fuera hijo único para librase de una familia más grande que los von Trapp reproduciéndose sin control, también. Todo eso es normal en estos días. Y, además, qué quieren: servidora tiene mucha plancha y poco tiempo, y si hay que tirar de cuñados, de unicornios de juguete que cagan purpurina y del villancico de Leticia Sabater para llegar a tiempo con el artículo, pues se tira y Santas Pascuas. 
   
El heredero me lee por encima del hombro mientras escribo, me mira con sonrisa de ala ancha de medio lao y me dice que no me gusta la Navidad porque soy una snob. Y, en parte, lleva razón: no me gusta por eso y por más, que cada uno deja de creer en la Navidad por distintos motivos: Shirley Temple porque su madre la llevó a ver a Santa Claus a unos grandes almacenes y él le pidió un autógrafo; yo, porque en la mesa de Nochebuena empezó a haber más sillas vacías que ocupadas. Pero si los que peinamos canas teñidas tenemos la certeza de que una vez fuimos más felices, también tenemos la seguridad de que habrá Navidades en las que lo seremos menos. Así que no nos pongamos tontos, que la vida ya nos da suficiente hostias sin avisar como para poner la otra mejilla. Celebremos que estamos juntos y calentitos en casa, que al abrir la puerta se huele a caldo con pelotas y que el único problema que tenemos es que no nos cabe ni un mazapán más sin desabrocharnos el pantalón. Que somos afortunados por tener un lugar al que regresar, aunque a las dos horas estemos pensando en huir. Y que si no soporta a su familia, peor lo lo tiene Chabelita celebrando la Nochebuena en "Cantora". Por eso, este año ya pueden ir borrándome de la lista de los damnificados por la Navidad. Que sí, que sigue sin gustarme. Pero menos me gustaría estar sola en esta época.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

LA MALA EDUCACIÓN

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 11 DE DICIEMBRE DE 2018
Rula por ahí un fragmento de una entrevista que Sánchez Dragó le hizo a Antonio Escohotado. En ella, dice Escohotado que Un país es rico porque tiene educación. Educación significa que, aunque puedas robar, no robas". Y lleva razón: los que han robado en este país no sólo son unos chorizos, sino que son unos maleducados. Y eso es aún peor.
Si no existieran la educación y la cortesía, a mí me habrían lapidado ya. O detenido. Que una, cuando le saca filo a la lengua, hace honor aquello que decía Mae West"Cuando soy buena, soy muy buena, pero cuando soy mala, soy mucho mejor". Que una se pirra por un buen latigazo verbal, por una frase demoledora. Pero que una también sabe que, si llevara a la práctica esa milonga de ser auténtica y sincera y acabara soltando por la boca lo que pide el estómago, se encontraría sola, solísima. La educación es un filtro de Instagram; es eso que te autoriza a disfrazar la verdad, que te permite mentir a los demás para evitar males mayores, que mantiene alta la autoestima de los otros mientras la tuya se va por el desagüe, que evita que le digas a una amiga que sí, que es cierto, que se está poniendo hecha un morcón. Porque para eso estamos las amigas: para mentirnos entre nosotras y ayudarnos a sobrevivir. 
También es cierto que a mí me ha domado el tiempo: cuando era joven, la timidez me convertía en un orco insociable que caminaba con la cabeza gacha para no tener que saludar a nadie. Pero, ahora, eso es un lujo que no me puedo permitir, porque a partir de cierta edad la timidez se convierte en mala educación. Por eso les perdono a los millennials, tan insultantemente jóvenes, tan despiadadamente honestos, tan inocentemente genuinos, eso de no despedirse por wasap, o de no dar las gracias, o de no contestar a los mensajes. Ni un emoticono, oigan. Como si cobraran a euro el dibujico. Quién tuviera veinte años para poder ignorar todo lo que no te interesa sin sentirte culpable, para ser maleducado sin que te condenen o para poder ir sin mangas en invierno: "La próxima vez, acuérdate de hacer palmas con los brazos pegadicos al cuerpo y así no se te moverán las mollas", me dijo la otra noche una amiga. Ya me podía haber mentido, la cabrona.