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miércoles, 20 de febrero de 2019

PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS


PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 19 DE FEBRERO DE 2019
Hablo a destiempo. Casi siempre. Nunca acierto, ni cuando abro la boca, ni cuando la cierro. Tengo ese don, qué le vamos a hacer; ése, el de abrir botes de cristal dando cuatro golpes en la tapa y el de fijarme invariablemente en el vestido más caro del escaparate. Y así estamos. Y así me va. 
El problema de la vida es que no tiene guion. Ni tampoco ensayos: es una improvisación constante donde, a veces, sólo hay una oportunidad de quedar como una tipa punzante e inteligente, pero la desaprovechas y acabas pareciendo una loca que cruza a lo pavo la delgada línea roja que separa la ironía del borderío: es lo que tiene creerse la heredera natural de Billy Wilder y pensar que tienes la mente llena de cuchillas de afeitar cuando, en realidad, la tienes llena de cuchillos romos de los que regalan con los paquetes de magdalenas. Otras veces, en cambio, pierdes la ocasión porque te has quedado en silencio mirándote la punta de los zapatos, y la contestación adecuada siempre se te revela cuando el otro ha salido por la puerta, cuando ha terminado la reunión y ya has comenzado a bajar las escaleras. Entonces, mientras te aseguras de que llevas el móvil en el bolsillo y las gafas en el bolso, te viene a la cabeza la frase, la respuesta definitiva, el gancho de derecha que hubiera dejado a tu interlocutor noqueado, tocado y hundido. Pero ya es demasiado tarde. Deberíamos de tener la posibilidad de contestar con carácter retroactivo. 
Al final, sólo hay dos tipos de palabras: las que dices y las que no, las que se te quedan atascadas en la garganta o las que escupes como pepitas de sandía. Y de todas, de las dichas y de las silenciadas, me suelo arrepentir. Por el contrario, oigo hablar a algunos tertulianos y políticos, y me reconcilio con mi lengua inoportuna. Utilizan las palabras sin complejos y sin pudor, y les dan la vuelta como a un calcetín sucio; las inflan, las despojan de su auténtico contenido y las convierten en armas arrojadizas; las usan para amedrentar, o para cargarse de razones, o para erigirse en salvadores de la patria. Lo triste es que ellos sí que tienen guion, pero parece que se lo haya escrito un mono borracho. Y eso que todavía no estamos en campaña. La que nos espera.  

miércoles, 12 de diciembre de 2018

LA MALA EDUCACIÓN

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 11 DE DICIEMBRE DE 2018
Rula por ahí un fragmento de una entrevista que Sánchez Dragó le hizo a Antonio Escohotado. En ella, dice Escohotado que Un país es rico porque tiene educación. Educación significa que, aunque puedas robar, no robas". Y lleva razón: los que han robado en este país no sólo son unos chorizos, sino que son unos maleducados. Y eso es aún peor.
Si no existieran la educación y la cortesía, a mí me habrían lapidado ya. O detenido. Que una, cuando le saca filo a la lengua, hace honor aquello que decía Mae West"Cuando soy buena, soy muy buena, pero cuando soy mala, soy mucho mejor". Que una se pirra por un buen latigazo verbal, por una frase demoledora. Pero que una también sabe que, si llevara a la práctica esa milonga de ser auténtica y sincera y acabara soltando por la boca lo que pide el estómago, se encontraría sola, solísima. La educación es un filtro de Instagram; es eso que te autoriza a disfrazar la verdad, que te permite mentir a los demás para evitar males mayores, que mantiene alta la autoestima de los otros mientras la tuya se va por el desagüe, que evita que le digas a una amiga que sí, que es cierto, que se está poniendo hecha un morcón. Porque para eso estamos las amigas: para mentirnos entre nosotras y ayudarnos a sobrevivir. 
También es cierto que a mí me ha domado el tiempo: cuando era joven, la timidez me convertía en un orco insociable que caminaba con la cabeza gacha para no tener que saludar a nadie. Pero, ahora, eso es un lujo que no me puedo permitir, porque a partir de cierta edad la timidez se convierte en mala educación. Por eso les perdono a los millennials, tan insultantemente jóvenes, tan despiadadamente honestos, tan inocentemente genuinos, eso de no despedirse por wasap, o de no dar las gracias, o de no contestar a los mensajes. Ni un emoticono, oigan. Como si cobraran a euro el dibujico. Quién tuviera veinte años para poder ignorar todo lo que no te interesa sin sentirte culpable, para ser maleducado sin que te condenen o para poder ir sin mangas en invierno: "La próxima vez, acuérdate de hacer palmas con los brazos pegadicos al cuerpo y así no se te moverán las mollas", me dijo la otra noche una amiga. Ya me podía haber mentido, la cabrona.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

LA VIDA IMAGINADA

PUBLICADA EL MARTES 4 DE DICIEMBRE DE 2018

La vida no es nunca lo que te imaginas. La vida imaginada es la que planeas cuando te acuestas, la vida real es a la que te enfrentas cuando te levantas. Tumbada en la cama inventas conversaciones en las que desbaratas al enemigo con tu verbo ingenioso, diseñas escenarios en los que dominas la situación y fantaseas con momentos que jamás se van a producir; de pie, una se adapta a lo que hay. La vida soñada es el vestido monísimo que pides por Aliexpress, y la real es el trapillo chino que te encuentras al abrir la caja. La vida es muy puta, a veces, y muy maravillosa, también a veces. Y, mientras tú estás encerrada intentando con todas tus fuerzas que lo que imaginas coincida con lo que sueñas, la vida es lo que sigue ocurriendo a tu alrededor.

Me metí en mi período de aislamiento anual con Kiko y Makoke llevando un separación civilizada y con unas encuestas que daban a Susana Díaz ganadora en las autonómicas andaluzas, y salgo con los Makokos, que dice Paz Padilla, envueltos en una guerra catódica que va a ser más larga que la de los Cien Años y con Susana tocada y hundida. A la presidenta de Andalucía se le rompió el amor de tanto usarlo, como a Makoke: mientras ellas se pensaban eternamente queridas, amadas y respetadas, los suyos les ponían los cuernos; Kiko con todo bicho viviente y los andaluces con Vox, ese partido para gente sin complejos que se sienten orgullosos de videos que parecen la cabecera de Curro Jiménez pero con música de "El señor de los anillos". Es lo que tiene cerrar los ojos y hacerte la loca y no querer ver lo que pasa a tu alrededor y vivir la vida imaginada, que la hostia de realidad que te llevas te deja seca. Es despertarse una mañana y encontrarse ladillas en los calzoncillos de Matamoros (tal cual) o los doce escaños de Vox en el parlamento andaluz. Si Kiko llegaba a los puticlubs en cochazo y los de Podemos en bici al Congreso, los de Vox llegarán a caballo, como los jinetes del Apocalipsis. Y de loden verde caqui, que es lo peor. Al final, siempre acabamos improvisando sobre la marcha. Me veo a Susana Díaz contando sus cuernos en un "Poli DeLuxe". Para lo que hemos quedado, amiga. 

miércoles, 21 de noviembre de 2018

VIEJENIALS

PUBLICADA EN LA VERDAD EL MARTES 20 DE NOVIEMBRE DE 2018

Los viejenials son el nuevo negro. O la nueva pesadilla: que tengas que decirle a tu madre "¡Mamá, por Dios, apaga eso o te quito el móvil!" porque la señora está venga a wasapear en el grupo de la familia y el sonido de las notificaciones no te deja oír ni tus propios pensamientos, es sintomático. Y curioso. 

La inversión de papeles se ha producido sin previo aviso: las abuelas han pasado de decirte "es que me da miedo tocar algo por si me lo cargo" a mandarte la receta de la fabada por un audio de wasap. Y, de ahí, a stalkear tu cuenta de Instagram y a soltarte que la muchacha esa con la que vas no le gusta ni una chispa, que tiene pinta de guarrindonga porque lleva medio culo fuera; a preguntarte quién es el satélite que aparece contigo en una foto bebiendo a morro de una botella, que vaya ojicos que lleva; a decirte que hay que ver qué guapo estás, y qué alto, y qué repuesto, que te ha visto en una historia de la boda de tu amigo Felipe, que ése sí que se ha casado con una buena muchacha; a grabarte un tutorial para que aprendas a plancharte bien las camisas, que vas siempre hecho un Adán, y a pedirte que le hagas una playlist en Spotify con canciones de Antonio Molina. Dadle un móvil a los viejenials y dominarán el mundo: el tuyo. Ni siquiera podrás decirle a la yaya que llevas una semana sin verla porque tienes mucho curro: la yaya te ha pillado de festivales con el satélite y con la guarrindonga, así que vete despidiendo de los tuppers de arroz con leche durante una buena temporada.

Pero el shock generacional definitivo va a producirse el día en que te encuentres a tu abuela en Tinder poniendo morritos y consiguiendo más matches que tú. Porque los viejenials de verdad, más enganchados al móvil que a las pastillas para la tensión, ya pasan de ir a ligar al programa de Juan y Medio. Los viejenials de verdad saben que no tienen nada que perder. Ida Vitale ha ganado el Cervantes con noventa y cinco años. No sé si tendrá móvil o no, peor lo cierto es que hace honor a su apellido. Igual que los viejenials, que se resisten a que la tecnología los eche del mundo antes de tiempo. 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

PURO VICIO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 13 DE NOVIEMBRE DE 2018

Todos tenemos secretos. Cosas tan íntimas que no reconoceríamos ni aunque nos metieran astillas debajo de las uñas o nos amenazaran con un hurón loco. Pulsiones que nos avergüenzan, que nos asustan o que somos incapaces de verbalizar. Aficiones inconfesables, gustos raros y perversiones extrañas. 

Nos pirran nuestros hedores y nuestras secreciones; nos hacemos el moco, nos olemos la ropa interior, nos quitamos las pelotillas entre los dedos de los pies y nos rascamos las picaduras de los mosquitos hasta hacernos sangre. Bailamos delante del espejo haciendo playback, escuchamos canciones tontas que nos emocionan hasta la lágrima, leemos libros espantosos que nos mantienen despiertos un martes por la noche, vemos películas de tercera regional que nos encantan y series más malas que el baladre de las que esperamos con ansia viva la próxima temporada. Guarreamos con la comida, bebemos agua de la botella a morro, chupamos las tapas de las natillas, metemos el dedo en el bote de la leche condensada y nos comemos la fruta escarchada del Roscón de Reyes. Nos ponemos como motoretas con señores y señoras a los que no saludaríamos jamás en público, y nos remueven hasta los cimientos a nivel terremótico gente objetivamente fea y asimétrica: véase que hay personal al que le molan los abdominales de Aznar o los contoneos de cadera de Georgie Dann. Si eso no son parafilias, que venga el Marqués de Sade y lo vea. 

Los japoneses son peores, claro, que eso de comprar bragas usadas en máquinas expendedoras, pagar por echarse una siesta sobre el regazo de una mujer o mojar patatas fritas en chocolate es de traca, pero es que las guarreridas japonesas han sido siempre superiores a las españolas. Hasta que ha llegado Techi al Poli DeLuxe. Techi no es japonesa, pero parece del mismísimo Osaka: no sólo por el nombre, Te Chi, y por los ojos achinados a causa del bótox, sino también porque fue novia del Paquirrín pre balón gástrico, lo cual ya indica el nivel de perversión. A Techi le preguntaron si alguna vez le había depilado los pelos de la espalda a Kiko Rivera. Sí, contestó. Con crema depilatoria, aclaró. Tan fresca. Sólo le faltó decir que le quitaba los puntos negros para superar "El imperio de los sentidos". También es cierto que peor es lo mío, que lo estoy viendo un sábado por la noche. Puro vicio. 


miércoles, 7 de noviembre de 2018

REBELIÓN A BORDO

PUBLICADO EL MARTES 6 DE NOVIEMBRE DE 2018 EN LA VERDAD
Me he quedado sin muso. Tal cual. El heredero, que se me ha puesto bravo. Que me calle, me dice. Que no hable más de él, me ordena. Que no cuente sus cosas porque sus amigas han empezado a leer mis columnas y le voy a fastidiar la adolescencia, me argumenta. Acabáramos: tenían que ser ellas las que me leyeran, claro, tan listas, tan bonicas, tan de entrar por la puerta con sus meneos de melena y su hola, qué tal, y sus dos besos, y su complicidad femenina, y su ponerme al día de lo que pasa en el instituto. Ellos no: ellos aparecen en mi casa como una panda de orcos, me saludan con un sonido gutural y van a echarse una Play. Y todas sus lecturas se reducen a las puntuaciones del FIFA. 
El tío sigue en sus trece: que si Andreíta le ha prohibido a su madre hablar de ella, yo no voy a ser más que la Esteban, y que si aún no he aprendido que de las personitas no se puede hablar en público. "Personitas" es el eufemismo que utilizan en "Sálvame" para hablar de los menores, algo que produce mucha risa cuando el menor en cuestión es un bigardo de metro ochenta con pelos en la barba; la misma risa que da leer en ¡HOLA! que Naty Abascal se manifestó de forma "alegre y desinhibida" al salir de una fiesta por no decir que iba más pedo que Alfredo. "Los limites de mi lenguaje son los límites de mi mundo", sentenció Wittgenstein. Y así estamos, limitados perdidos.
En resumen, que me he quedado sin uno de mis temas recurrentes. Y, para colmo de males, el heredero no sólo me ha salido censor, sino también republicano. Que la monarquía es una institución desfasada, que tendrían que hacer un referéndum y que, de casarse con Leonor, nasti de plasti. Ya ven: yo, que me pirro por un armiño, unos chatones, unas joyas de pasar, una reverencia, una pompa y una circunstancia; yo, que me veía abuela de reyes; yo, que me pensaba entrando por la Almudena vestida de madrina, me he quedado tocada, hundida y plebeya por los siglos de los siglos porque el niño se me ha rebelado. Para una oportunidad que tenía servidora de ponerse un Caprile, va y me la joroba. Y luego soy yo la que le fastidia la adolescencia. Cría cuervos. 

miércoles, 24 de octubre de 2018

ESTEREOTÓMICO Y TECTÓNICO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 23 OCTUBRE DE 2018
El otro día utilicé por primera vez la palabra "prístino" en una conversación; en mi defensa he de decir que llevaba tres copas de vino encima. No sé cuántas llevaría José María Cano cuando se inventó lo de "mariconez", aunque ése no es el peor pecado que ha cometido Mecano: como dice A., mucho peor es lo de "Eungenio". Pero no seré yo la que se meta con las letras de los hermanos Cano, aunque haya ripios que deberían ser perseguibles de oficio. Y no seré yo, digo, porque a servidora le encanta inventar palabras, y descubrirlas, y jugar con ellas. Y como soy una cría pequeña en un cuerpo premenopáusico, descubro un término nuevo y no paro de utilizarlo: ahora he aprendido "estereotómico" y "tectónico", dos palabros que suenan a título de ensayo de Umberto Eco, y me paso la vida intentando meterlos en cualquier frase. 
Desafortunadamente, como no puedo usarlos en el contexto adecuado porque no soy ni arquitecta ni ingeniera ni artesana ni carpintera, los tengo que utilizar en el submundo de "Sálvame": Belén Esteban, desligada de la tierra y de la realidad y con una cabeza tan ligera como una cabaña de paja, sería tectónica, cáscara pura, mientras que Kiko Hernández sería estereotómico, macizo, pétreo. Y es que los estereotómicos son impenetrables; son piedra dura de Chipiona, que le dijo Lola Flores a Rocío Jurado. Como Pedro Sánchez, un señor que parece tectónico por lo volátil de su pensamiento cuando, en realidad, es estereotómico: sólo un bloque de granito aguanta que le den por muerto en su propio partido para después resucitar y llegar a ser presidente. 
Las palabras están para juguetear con ellas, para cultivarlas, para divertirse. No sé si están para provocar cambios sociales, no sé si la justa lucha contra el machismo o la homofobia justifica romper la integridad del idioma, no sé si los que seguimos usando el acento en "sólo" somos la resistencia o un atajo de viejos snobs, no sé si los que utilizan la "-e" como género neutro para terminar las palabras son asturianos o modernos. Lo que sí sé es que, para deconstruir el lenguaje, primero hay que dominarlo. Igual que para poder deconstruir una tortilla de patatas, antes hay que saber hacer la tradicional. Lo de con cebolla o sin cebolla, eso ya otro día, que hoy estoy tectónica perdía y no me entra luz ni por sustracción. 


miércoles, 17 de octubre de 2018

MINIMALISMO

PUBLICADO EL MARTES 16 DE OCTUBRE DE 2018 EN LA VERDAD
"A mí sólo se me pierde una vez", dice Aramís Fuster. Qué suerte: a mí me han perdido varias veces, y yo solita me he perdido aún más. Un día me perdí hasta en las escaleras de mi casa, algo que es triste, literal y humillantemente cierto. Y eso que mi casa no es tan grande como la de GH VIP, ese sitio con más hormonas sueltas que el campamento de verano de los incorregibles albóndigas. Tampoco es como la de Bertín que, por mucho que diga, su casa no es la nuestra; su casa es de sus colegas famosos, los que van allí a contar su vida mientras beben vinito blanco con fondo de canciones pop de los ochenta interpretadas a ritmo lipotímico por una vocalista lánguida, que así es mucho más fácil de digerir cualquier cosa, desde la conversación inane hasta lo que cocina Bertín. 
En la casa de Bertín cabemos usted, yo y toda la familia de Viva la gente. Es lo que tienen los ricos: mucho concepto abierto, muchos espacios desaprovechados y muchos metros cuadrados por habitante. Babeamos en nuestro sofá viejo viendo habitaciones en las que se puede montar un estadio olímpico y cocinas que podrían acoger a varias tribus amazónicas. Y sin enredos de por medio, que es lo que más envidia nos da: yo me hice una casa minimalista, limpia, de líneas rectas y muebles italianos, con la vana esperanza de poder deshacerme de un montón de cosas y de empezar de cero, pero no funcionó: al final, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen y servidora siempre vuelve a los viejos hábitos, que van desde acumular libros y papeles hasta no tirar ropa de la talla 38 por si alguna vez quepo de nuevo, algo tan improbable como que Falete pase por el ojo de una aguja o por la puerta de Imaginarium. Por eso, cuando va a llegar una visita, lo guardo todo a presión en los armarios, y rezo para que a nadie le de por cotillear el romi y le salte un peine al ojo. Lo cierto es que el minimalismo, ese movimiento falaz inventado por interioristas sin hijos, sólo me dura el tiempo que tarda en irse la visita; después, todo vuelve a ser zona de guerra. Tanto que, si miro debajo de los cojines del sofá, lo mismo me encuentro a Aramís Fuster. Perdida otra vez. 

miércoles, 10 de octubre de 2018

PELUQUERAS ILUSTRADAS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 9 DE OCTUBRE DE 2018
Estamos perdiendo los valores: una antes iba a la peluquería de su barrio con las canas al aire, las puntas abiertas y el último "Sálvame" en la retina, no fuera que la conversación pasara por algún drama pantojil y te pillaran en un renuncio,  y ahora tiene que llegar con las series vistas y los estrenos cinematográficos al pistón, que hay días en los que parece que te está cortando el pelo Carlos Boyero. Una, fiel a sus principios, trata de derivar el tema hacia las siete diferencias entre el heredero de la Casa de Alba, que se casó vestido de soldadito de plomo, y Juan Miguel, el ex de Karina, que llevó a su hija al altar disfrazado del Sombrero Loco, todo con una pinta tan desagradable que el video del enlace podría haber participado en el festival de Sitges, y la cosa acaba en que si en Sitges aceptan producciones de Netflix o no, que mira lo que pasó en Cannes. Y así todo. Desapareció el placer del deslengüe, del despelleje antropológico, del criticar por criticar revista en mano y papel de plata en los pelos; todo aquello se fue por el desagüe del lavacabezas. La civilización era esto.
Lo que nunca cambia en la peluquería es la sensación de indefensión: cuando una está frente al espejo del tocador, fea como un perro mojado y a merced de una señora con unas tijeras en la mano, se desmorona. Ante la peluquera estás expuesta. Sabe dónde tienes las canas, sabe dónde hay que cubrir y tapar, sabe tus puntos débiles. Y así, desprotegida, con la guardia baja y la capa de plástico sobre los hombros, a una se le suelta la lengua sin necesidad de un flexo apuntándole a la cara, y le cuenta a su peluquera los problemas con su nuera, o lo de su nieto el pequeño, o lo del hijo que se le ha quedado en el paro, o lo harta que está de su Paco, que si lo llega saber ella cómo es posible que se hubiera casado, pero que llevan cuarenta años juntos y ahora ya pa qué. Las peluqueras sí que tienen un contrato de confidencialidad, y no lo incumplen. No como los ex empleados de Pantoja, que saltan a la palestra a criticar en cuanto tienen que pagar la luz. Menos mal que, en mi peluquería, no saben quién es Dulce. Ni Pepi Valladares


JUAN MIGUEL EN LA BODA DE SU HIJA. ESE MATRIMONIO 
HA DE SER NULO DE PLENO DERECHO

miércoles, 26 de septiembre de 2018

FUTURO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 25 DE SEPTIEMBRE DE 2018
Esta mañana me he sorprendido mirando el horóscopo. Sí, tal cual. Sí, yo también me he quedado muerta. Sí, no lo hacía desde los 12 años. Lo mismo que buscar matrículas de coche con tres nueves seguidos para saber si yo le gustaba al bigardo de turno, hacer los exámenes siempre con el mismo boli, cruzar los pasos de cebra sólo pisando las franjas blancas o comerme un Bony. Todo de una racionalidad que me río yo de Descartes
Pero llegaron los dieciséis y una se convirtió en una descreída militante con ninguna fe, poca esperanza y un mínimo de caridad. Y comenzó a parecerle incoherente la gente que se declaraba atea y luego se ponía ropa interior roja en Nochevieja; servidora los juzgaba con la dureza, la soberbia y la ignorancia propias de la adolescencia (y de Isabel Pantoja). Pero se ve que la edad ablanda el cerebro, el corazón y las carnes, sobre todo las carnes, y que nos invaden el miedo y la ansiedad: entonces empezamos a buscar señales absurdas que nos permitan sobrevivir a semanas que son un lunes eterno, y nos agarramos a lo que sea para aguantar firme en nuestras posiciones, y a intentar atraer la buena suerte y a ahuyentar la mala. Y todo eso lo hacemos aún siendo conscientes de que depositar nuestra fe en tocar un trozo de madera es tan efectivo como depositarla en que Paquirrín vaya a acabar el bachillerato.
Por eso, cuando vamos por la vida como pollo sin cabeza, pensamos en el destino como si existiera, cuando el destino no es más que el resultado de las decisiones que tomamos y de las que no tomamos. Hasta Stevie Wonder lo cantó, desatado y con el pelo a lo afro: "La superstición no es el camino". Y tanto que no; el camino es el curro, la constancia, el esfuerzo. Claro, que Stevie Wonder también cantaba "Si bebes, no conduzcas", y miren el caso que le hemos hecho. Pues lo mismo: al final, hasta los escépticos más recalcitrantes viven apoyándose en pequeñas supercherías cotidianas, y acaban llevando en la cartera un amuleto indio, una moneda china o la estampita de un santo. Yo llevo a Brays Efe disfrazado de Sor Francisca Salas, elegida por Dios mucho antes de nacer. Qué quieren, le tengo mucha fe a los Javis. Y más aún a los gintonics y a los torreznos. 

miércoles, 11 de julio de 2018

JULIO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 10 DE JULIO DE 2018
Julio, a veces, parece el fin del mundo. Es el mes en el que hacemos el último esfuerzo antes de irnos, largarnos, pirarnos, desaparecer; el mes en el que tenemos que cerrar y finiquitar asuntos como si no fuéramos a volver en septiembre; el mes en el que hay que dejar la mesa del despacho despejada de papeles, la bandeja de entrada del correo libre de emails y la nevera limpia de fruta y verdura; el del pasar lento y moroso; el que vacía las calles de niños que van al colegio y las llena de gente que va a trabajar arrastrando su ánimo y sus carteras. En julio tienes el cuerpo en la ciudad y la cabeza en la playa. 
Pero lo peor de julio son sus tardes, largas y brillantes, de cielos azules y limpios. Las tardes largas no están hechas para los apáticos e indolentes, para los que estamos condenados a vivir dentro de un fuerte hecho con el sofá, una silla, una sábana y una pila de libros y películas. Las tardes llenas de luz te obligan a salir al mundo exterior, a vivir más horas tu propia vida y a dejar de vivir la de los demás. Y, a veces, no sabes qué hacer con tanto tiempo y con tu incapacidad para exprimirlo; sólo puedes verlo pasar. Mientras tanto, el resto de la gente sí sabe en qué emplearlo: hay gente tomando cañas en las terrazas de los bares, paseando, en las tiendas, parada en una esquina charlando; gente en sitios. Y siempre parecen más felices que tú. 
A cambio julio, generoso, nos regala a los columnistas los grandes temas que preocupan a la humanidad: los unicornios hinchables, Quim Torra y Artur Mas en bañador, Carolina de Mónaco y su prolífica prole a bordo del Pacha III, los futbolistas de parranda en los chiringuitos de Ibiza y los ataques de los mosquitos asesinos, que no hay opinador que se precie que no les dedique una oda en verano, aunque servidora está tan acribillada a picotazos que podría escribirles un poema cosmogónico. Ahí está la musa del calor, que diría Camba. Julio también nos regala por las mañanas diez minutos en la cama con el fresquito entrando por la ventana, y los encierros de los Sanfermines mientras desayunamos. Y la esperanza en el horizonte de que agosto, ese sábado que dura un mes, merezca la pena. 

miércoles, 4 de julio de 2018

BORRAR EL TUIT

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 3 DE JULIO DE 2018
Si las reinas consortes no pueden tener pasado, que dice Jaime Peñafiel, los presidentes de Radio Televisión Española no pueden tener Twitter. Ana Pardo de Vera y Andrés Gil se han dedicado a borrar miles de tuits como locos en cuanto han sonado sus nombres para el cargo. Normal: que te propongan para un puesto así y no eliminar tu historial de Twitter es como que te llegue una visita de improviso y tú estés sin duchar, con los platos del desayuno aún sobre la mesa del comedor y la huella de tu culo en el sofá. Es que te pille en bragas, literalmente.
Borrar el tuit es el baile de actualidad. Hay que deshacerse del que escribiste una de esas noches en las que llegaste un poco borrachuzo y te invadieron la nostalgia, o el dolor, o la angustia; del que publicaste un día que estabas enfadado con el mundo y sus alrededores; del que subiste una tarde haciendo un chiste zafio porque el juego de palabras te quemaba en la punta de los dedos. Hay que eliminar el pasado en las redes, reinventárselo, reescribirlo. Y esa es la diferencia entre la vida virtual y la real: que la virtual se puede borrar, pero la otra no. Ojalá: tengo un colega al que le encanta sacar a relucir que tuve un novio feo y gilipollas, y una prima que en las comidas familiares siempre suelta que yo llevaba sayas hasta los once años, y una amiga que me amenaza con enseñarle a mis compañeros fotos mías de cuando iba a BUP, con el pelo al uno y las patillas rapadas. El pasado real es de todos los que lo compartieron contigo. Y, en cuanto se toman dos cervezas, se empeñan en recordártelo, que no hay nada más reconfortante para el alma humana que la humillación pública y ajena.
Si fuéramos todos siempre coherentes, en la ética y en la estética, podríamos suscribir lo que dijimos, hicimos o pensamos hace cinco años, o cinco días, o cinco minutos. Pero yo no soy así. Yo me arrepiento de lo que hecho, de lo que he dicho, de lo que no he hecho, de lo que no he dicho. Me arrepiento de casi todo. Especialmente de haberme afeitado las patillas en el 85, que después de aquello me crecieron tanto que ahora las tengo más largas que la Pantoja. No sé en qué estaría yo pensando. 

miércoles, 27 de junio de 2018

LA PISCINA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 26 DE JUNIO DE 2018
Cuenta La Chunga que ella siempre quiso tener una piscina. Y yo. Y cualquiera. Hasta Pablo Iglesias. Tener una piscina ha sido un sueño compartido y aspiracional: cuando no la tienes, te imaginas haciendo fiestas a su alrededor, bebiendo mojitos tumbado sobre una colchoneta, viviendo dentro de un cuadro de David Hockney. Incluso sueñas con que, un día, pueda aparecer Burt Lancaster en bañador, como en "El nadador", una película en la que el protagonista recorre una zona residencial de Connecticut cruzándola de piscina en piscina hasta llegar a su casa. Basada en un relato amargo como la tuera de John Cheever y convertida en película de culto, la vi cuando era una cría y no entendí ni la mitad, pero sí recuerdo que me dejó un regusto a desasosiego en la boca y un gusto por Burt Lancaster en el cuerpo. Años después, en 2013, Fermín Jiménez cruzó el país trazando una línea recta de piscinas que iba de Tarifa a Pamplona: si antes una ardilla podía cruzar España de árbol en árbol sin tocar el suelo, ahora un artista multidisciplinar puede cruzarla de piscina en piscina. La modernidad era esto. 
Los candidatos a presidir el PP también están recorriendo España, pero no de piscina en piscina, sino de sede en sede. Sáenz de Santamaría estuvo en Murcia el domingo, Cospedal el lunes. Veo a Santamaría (SoraYA!) sudando y abanicándose con tanto brío como un murciélago loco batiendo sus alas; pobre. Salir de un entorno controlado al espacio exterior es lo que tiene, que pasas del aire acondicionado y la moqueta mullida al calor infernal y al asfalto recalentado. Podrían hacer los encuentros con los militantes alrededor de una piscina: no sólo estarían más fresquitos sino que, a lo mejor, así también se verían las diferencias entre los candidatos peperos: con el pelo mojado como lamido por una vaca, sin un mala tela que te tape las vergüenzas y desprovisto de cualquier armamento que te proteja de las miradas ajenas, uno se convierte en vulnerable al mostrarse tal cual es, que ponerse en bañador delante de los demás es peor que psicoanalizarse en público. Pero hay que tener mucha confianza (en una misma y en la bondad de los extraños) para dejarse ver de esa guisa. Por eso, servidora se baña sola en la piscina. Por eso y porque para ver focas, ya está el Terra Natura. 


"A BIGGER SPLASH", de David Hockney. 1967

miércoles, 20 de junio de 2018

MUNDIAL

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 19 DE JUNIO DE 2018
Esto ya no es lo que era. El Mundial, digo. Nada que ver, ni por asomo. Ya no hay discusiones en casa porque el heteropatriarcado futbolero quiera ver un Perú-Dinamarca un sábado por la mañana, que la minoría oprimida se prepara unas tostadas con tomate, se coge la tablet para ver una serie y aquí paz y después gloria. Tampoco hay alegrías compartidas con el barrio, ni decepciones vividas en comunidad: desde que cerramos las ventanas y ponemos el aire acondicionado, junio ha dejado de ser un patio de vecinos donde se mezclaban los goles con los olores para convertirse en un mes de módulos estancos. Y, este año, ni siquiera nos asombran los peinados de los jugadores: lo de Neymar al lado del sobaco que se hizo Ronaldo en la cabeza en el 2002 es una cosa de primero de Marco Aldany. Lo hemos visto casi todo, ya.
Lo único bueno de este mundial son los insultos de los argentinos hacia su selección. A partir del "cementerio de canelones" que le soltaron a Higuaín y que inauguró un nuevo movimiento literario, los argentinos han hecho unas filigranas lingüísticas que ni Borges puesto de anís: a Messi lo llaman "tatuaje de cromos de Bollycao"; la calva de Sampaoli es un "tobogán de piojos", una "cabeza de rodilla" o un "flequillo de carne", y el fiasco frente a la selección islandesa se ha resumido en "nos han empatado once tíos que sólo comen Licor del Polo". Los argentinos ofenden con el mismo fervor con el que viven el fútbol,demostrando que siguen siendo políticamente incorrectos, verborreicos, exagerados, superlativos y faltones. Para los argentinos, más es poco. Benditos sean. Ellos y los coreanos: el entrenador de la selección de Corea del Sur cambió deliberadamente los números en las camisetas de sus jugadores en los partidos amistosos para confundir a sus rivales porque los occidentales no distinguen a los asiáticos. Cierto: para la mayoría de nosotros, es lo mismo un chino que un coreano que un japonés que un vietnamita. O Albert Rivera que Pablo Casado. Mientras, Rajoy se ha largado justo a tiempo para comprarse un plasma y ver el mundial tranquilo en su casa. "El tipo puede cambiar de cara, de casa, de familia, de novia, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar: no puede cambiar de pasión”, decía uno de los personajes de "El secreto de sus ojos".  Pues eso. 

miércoles, 13 de junio de 2018

ESCÉPTICOS ILUSIONADOS

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 12 DE JUNIO DE 2018
El nuevo gobierno es el triunfo del rosapalismo. O mejor, del anarosapalismo, concepto que apunta P. en Facebook y remata alguien en Twitter: "Ojalá Màxim Huerta prometiendo el cargo sobre un ejemplar de la revista AR", leo. Pues eso, que al fin un ministro pop, que mezcla la alta con la baja cultura y las altas con las bajas pasiones, que sabe tanto de Belén Esteban como de la "Madonna del Magnificat" de Botticelli, que te puede recitar de memoria los ganadores de Gran Hermano y la filmografía de Billy Wilder, que lo mismo te canta por Raffaella Carrà que se queda extasiado con el preludio de "Tristán e Isolda", que tiene sobre la mesita de café el ¡HOLA! junto al último libro de Manuel Vilas. Un ministro tutti frutti, que pone de los nervios a los autoerigidos guardianes de la cultura. Y un ministro tuitero e instagramer: si hace años decía Lydia Lozano que nadie resistiría que le hicieran una cámara oculta, hoy nadie resiste un repaso a sus tuits anteriores, que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus tuits. O de sus fotos en Instagram. Pero si todos nos pusiéramos a tuitear pensando en que algún día podríamos llegar a ser ministros, esto se convertiría en un erial.
Por ello, y a pesar del escepticismo endógeno, este gobierno hace hasta ilusión. Ha sido como pasar del blanco y negro al color. Y ha sido tan brutal el cambio que Pedro Sánchez ha dejado de parecer un jefe de planta de caballeros de El Corte Inglés para convertirse en el mismísimo Don Draper, así, de golpe y en un giro inesperado de los acontecimientos. Y todo por montar un buen escaparate primavera-verano: ha diseñado un gobierno que ha dejado con el culo torcido a más de un agorero, un gobierno que es puritita fantasía y que parece un crossover entre "Portlandia" y "Borgen", con nombres tan molones como el Ministerio para la Transición Ecológica y ministros tan pintones como Pedro Duque. Ahora sólo queda que esta ilusión contagiosa no se desvanezca antes de tiempo a causa de las luchas parlamentarias, las guerras intestinas y la cruda realidad: afirma Pedro Duque que “Mi carencia es cómo hablar con las fuerzas políticas, cómo desentrañar su manera de pensar que no la entiendo, de momento”. Ni nosotros tampoco. A ver si él, que es ingeniero aeroespacial, puede.  


miércoles, 6 de junio de 2018

EL BAR

PUBLICADO EL MARTES 5 DE JUNIO EN LA VERDAD
Tener un bar de referencia es importante. Tanto como tener un periódico de cabecera, un médico de confianza o una buena sartén para hacer tortillas. Un bar en el que entras por la puerta y el camarero ya te está marchando el café y las tostadas con tomate mientras te saluda por tu nombre. Un bar donde acodarte en la barra con la misma tranquilidad con la que te desparramas en el sofá de tu casa. Un bar por el que, antes o después, aparecerá uno de los nuestros. Un bar en el que encontrar refugio mientras esperas a que amaine la tormenta. Definitivamente, una tiene espíritu de cliente habitual.
Que Rajoy se pasara la tarde de la moción de censura metido en uno de sus restaurantes favoritos es normal: era su última comida como presidente, así que estiró la sobremesa todo lo que pudo, que entró de día y salió de noche. Porque liarse es fácil: pon otra ronda de chupitos, y ya que estamos nos tomamos aquí las copas, que para qué vamos a ir a otro sitio, y sácate unas almendras y algo de picar, jefe, que mira que hora se nos ha hecho, y así nos vamos cenaos. Rajoy sabe que no hay como el calor del amor en un bar, y por eso se quedó allí, recibiendo el cariño de sus colegas y de los camareros, lamentándose por los paraísos perdidos. Rajoy sabe que en un bar no te puede pasar nada malo, y por eso se quedó allí, protegido, a salvo, tranquilo, aislado del espacio exterior, de vuelta al útero materno con el vino como líquido amniótico. Pero la verdad estaba ahí fuera, esperándole en forma de señor con pinta de cenar quinoa con brócoli y de ir a bares modernitos, asépticos, blancos, de esos que parecen un quirófano y donde lo mismo te sirven un batido detox que un capuccino con leche de soja que una cerveza artesanal que un gin tonic con cosas. Rajoy no pudo escapar de su destino, como tampoco pudo escapar de un resacón de primera después de pasarse el día anterior trasegando güisquitos. Yo hacía lo mismo durante la carrera cuando sabía que no tenía posibilidades con una asignatura: me saltaba la clase y me iba al bar de la facultad a tomar cañas y a hacer clavelitos con servilletas de papel. Y tampoco pude escapar de que me suspendieran. 

miércoles, 30 de mayo de 2018

ENCUESTA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 29 DE MAYO DE 2018
Acabo de lanzar una encuesta entre mis seguidores. Entre los diecisiete, vamos. Es que no sé qué hacer, de verdad, que estoy en un sinvivir, en un dilema moral, en una encrucijada: ¿me compro un bolso monísimo de Purificación García que vale un pastizal, o me pillo un cesto de mimbre ecológico en una tienda de comercio justo? No me lean con esa cara, que esto sí que es una duda existencial y no la de los filósofos contemporáneos. Que una quiere ser responsable, y tener conciencia social y todo eso, pero es que el bolso de Purificación es monísimo y me pega con todo, mientras que con el cesto de mimbre parece que voy a recolectar arroz a Camboya. O a Calasparra, que hay que consumir productos de kilómetro cero.
Y así estoy, debatiéndome encima. El hombre es elección, que decía Sartre. También decía que la conciencia de la responsabilidad se incrementa al darnos cuenta de que nuestra elección no se refiere solo a la esfera puramente individual, ya que todo lo que hacemos tiene una dimensión social. En fin, un marrón. Así que lo más fácil es patada a seguir y pasarle a los demás la responsabilidad de nuestros actos: si antes le preguntábamos al I Ching, ahora las encuestas son el nuevo oráculo. Por eso, a partir de hoy voy a consultarlo todo: ¿me pinto los labios de Rojo Atacao o de Carmesí Rabioso? ¿Me hago un lifting o una rinoplastia? ¿Pongo hoy lentejas y mañana merluza a la vasca, o mejor planto un cocido que me dura para dos días? 
Lo malo es que, bien mirado, pasarte el día preguntando es poco operativo: yo estoy más por la puesta en práctica del "Lo hacemos y ya vemos", la filosofía tuitera de los Javis. Y de Montero e Iglesias. Claro, que ellos han tenido suerte: casi un 70% de los participantes en la consulta les ha dicho que sí, que se pueden quedar con la casa, y bañarse en la piscina con un mojito en la mano y un libro de Gramsci en otra, y hacer una fiesta de inauguración con catering sin que les de un paparajote moral. Pero eso tiene mucho riesgo: imagínense que me opero la nariz y luego mis seguidores me dicen que no, que estaba mejor antes, que ahora parezco un cruce entre Kalina de Bulgaria y Alicia Sánchez Camacho. No veas tú qué risa.

miércoles, 23 de mayo de 2018

OXÍMORON

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 22 DE MAYO DE 2018

Miren lo que les digo: esto es una estafa. Pero de las gordas. Una estafa monumental, tremenda, acojonante, más grande que la carrera de Paquirrín como cantante, mayor que aquel intento de colarnos a la Jesulina como modelo. Hablo de esta cosa de hacerse mayor, de madurar, de cumplir años. Es un timo en toda regla. 

Una creía que, al cumplir los cincuenta, alcanzaría algo cercano a un estado zen basado en la mezcla perfecta entre sudapollismo y lucidez, que miraría el mundo con distancia y desafección, que sabría separar lo necesario de lo contingente y lo importante de lo urgente. Una se pensaba arrugá pero ideal, sosegada y juiciosa; inmune ya, al fin, a la kriptonita. Una se veía a sí misma con una buena pata de jamón en la cocina y una copa de vino tinto en la mano leyendo a Thomas Mann, escuchando a Chet Baker y vestida con una túnica exótica de manga larga, que una buena capa todo lo tapa. Pero qué va, esto no es lo que me habían vendido: sigo echándome chupitos al coleto, quitándole la camiseta de Bowie al heredero para ponérmela yo, enfadándome con el mundo como si tuviera trece años. Seguimos como cabras, con cabezas de adolescente en cuerpos de desechos de tienta, creyéndonos inmortales, pensando que no damos el cante cuando vamos a conciertos de modernitos y haciéndonos los análisis de colesterol el viernes en lugar del lunes para que no nos salgan la pata de cordero de la comida, el vermut del aperitivo y los gintonics del tardeo. Poco nos pasa.

Pero es que el entorno no ayuda: lo último que he leído es lo del "Scrotox". Sí, tal cual, es justo lo que están pensando: pincharse bótox en el escroto. Ni Pla hubiera podido encontrar mejor palabro para definirlo; un genio, el del naming. Que si usted los tiene como ciruelas pasas, se inyecta y se le quedan como dos melocotones de Cieza, tersos y jugosos. Nunca había costado tanto esfuerzo mantenerse joven. Ni tanto dolor. Ni tanto dinero. Si a nosotras nos recomiendan rejuvenecimientos vaginales, a ellos les pinchan en los mismísimos. La igualdad era esto. Claro, que luego ves el anuncio de una web de contactos para "jóvenes mayores de cincuenta años" y todo encaja. Somos un oxímoron con patas. Y así estamos, pidiendo permiso a las bases y a las basas para hacernos adultos. 


miércoles, 16 de mayo de 2018

UN POCO MIERDA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 15 DE MAYO DE 2018
Cuando yo era pequeña, siempre me quedaba con mi abuela viendo Eurovisión. Mis padres se acostaban tras la actuación de España, que ellos eran muy españoles y mucho españoles pero muy y mucho madrugadores, mientras que nosotras permanecíamos frente al televisor hasta el final de la gala, ella en su mecedora, yo tirada en el sofá, y criticábamos a media Europa con oído de melómana, ojo de modista y lengua de víbora, que lo mío viene de familia. Veíamos el concurso en un tiempo en el que aún podíamos recitar de memoria las capitales de los países participantes; hoy, en cambio, lo único que conozco de Moldavia es que Amanda Carrington fue su princesa en "Dinastía". Y sigo sin saberme la capital. 
Este año terminamos mal, como casi siempre; los trasantepenúltimosmohicanos de Eurovisión. La única novedad es que los participantes españoles lo han asumido sin falsas justificaciones: "El puesto es un poco mierda, la verdad", dijo Amaia. Chimpún. Hay muy poca gente capaz de admitir una obviedad en público, pero lo peor es hay algunos que ni siquiera lo admiten en privado: las elecciones las gana todo el mundo, y las encuestas, y hasta el Estudio General de Medios. Y es raro, porque para que haya ganadores siempre tiene que haber perdedores, pero estos nunca aparecen. Por eso, encontrar alguien que admite la derrota y que dice la verdad sin montar un drama es para ponerle un piso. "Nunca es triste la verdad / lo que no tiene es remedio", cantaba Serrat, el mismo Serrat que no fue a Eurovisión por no poder cantar en catalán y que tuvo que cargar con la etiqueta de antiespañol hasta que llegaron los auténticos antiespañoles y lo tildaron de facha y "botifler". Acabáramos.
Pero si la verdad no tiene remedio, lo de España en Eurovisión, tampoco. Y lo de la canción ganadora, menos aún: Salvador Sobral, otro sincericida, dijo que el tema de Israel era horrible. Y lleva razón, que si el año pasado tuvimos gallo español, este año tuvimos gallina israelí a cargo de un cruce entre Pucca y Björk. Visto lo visto y oído lo oído, el año que viene podríamos probar con María Teresa Campos y Bigote Arrocet, que han grabado un disco de versiones con la Orquesta Sinfónica de Bratislava. No me miren así, que es una idea como otra cualquiera. Vale, un poco mierda, la verdad. Por cierto, ¿dónde está Bratislava?

LA PORTADA DEL DISCO DE BIGOTE Y TERESA.
LA HA HECHO LA HIJA DE BIGOTE. Y SÍ, LA ARTISTA ES MAYOR DE EDAD

HABICHUELAS DE BOTE

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 8 DE MAYO DE 2018
Cuando abro el periódico los martes, siempre me resulta extraño ver enmarcadas estas columnas dentro de la sección de "Opinión". Están ahí porque se supone que opino algo, claro, y con cierto criterio, además, pero esa es una suposición tan atrevida como afirmar que este año ganamos Eurovisión, que los trikinis le favorecen a alguien o que la quinoa está buena. Por eso me siento rara, porque una escribe desde la perplejidad y la estupefacción, intentando escapar de juicios paralelos y de pronunciamientos unilaterales, que a lo más que llego es a poner a caldo los estilismos de Terelu o a criticar sin piedad el criterio musical de los autobuseros reguetoneros. Y por eso, en estos momentos en los que tenemos que opinar sobre todo y sobre todos, en los que hay que volcar la bilis en público, ofenderse por las cosas más nimias y firmar iniciativas de change.org a cascoporro, me siento estúpida por no pontificar teniendo un lugar privilegiado para hacerlo. 
Con las opiniones tendríamos que hacer lo mismo que con las habichuelas: ponerlas a remojo, hacerlas a fuego lento y dejarlas reposar, que están mejor de un día para otro. Pero hoy, cuando no sólo se exige pronunciarse sino también hacerlo a la mayor brevedad posible, dejar reposar una opinión es un lujo. Así que el personal tira de habichuelas de bote, y se levanta con el argumentario en el móvil para saber qué decir en cada momento sin tener que calentarse la cabeza. O, tal y como reflexionaba uno de los personajes de Simone de Beauvoir en "Los Mandarines", "Puesto que de todas maneras no se pude vivir a su gusto, ¿por qué no renunciar del todo? Perderse en el seno de un gran partido, confundir la propia voluntad con una enorme voluntad colectiva; ¡qué paz, qué fuerza!". Pues eso. Qué tranquilidad aferrarse a una verdad absoluta, aunque sea impuesta. O aunque sea mentira. Qué gusto llegar a casa y abrir un bote de habichuelas, calentar y servir. El problema surge cuando una reconoce que no tiene ni idea de nada, pero tampoco tiene la fe del carbonero; entonces, está jodida. Dicen que Umbral tenía una columna escrita a favor de un tema y otra en contra, y que publicaba aquella por la que le pagasen más. A mí me pagan lo mismo. Al final, se ve que el criterio te lo dan las perras.