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miércoles, 12 de junio de 2019

CARA DE NADA

PUBLICADO EL MARTES 11 DE JUNIO EN LA VERDAD

El final de "La reina Cristina de Suecia" es un formidable plano que nos lleva hasta la cara de Greta Garbo, su protagonista. Cuando la Garbo le pidió indicaciones al director sobre qué gesto poner, Rouben Mamoulian le dijo que quería que su rostro fuera como una hoja de papel en blanco donde cada espectador pudiera escribir su propio final. "Pon cara de nada", resumió. Así que la Garbo, obediente, puso la cara de nada más expresiva de la historia del cine. Poner cara de nada y conseguir transmitirlo todo sólo está al alcance de unos pocos, de la Garbo o de la Huppert; los demás siempre ponemos cara de algo. De tontos, generalmente, que salimos en las fotos que parece que nos ha dado un aire.

Muchas semanas después de las elecciones, los candidatos siguen ahí, mirándonos desde los carteles que todavía permanecen pegados en las paredes y colgados de las farolas. Aunque es raro ver unos rostros que continúan pidiendo un voto que ya ha sido emitido, no lo es tanto si pensamos que, en algunos lugares, aún no sabemos quién va a gobernar. Por eso permanecen a la intemperie, en una prórroga obligada, con la cara de nada que intentaron poner para que los electores escribiéramos en ella nuestros propios deseos: cara de te voy a arreglar las farolas de tu calle, de voy a hacer que consigas un trabajo decente, de voy a solucionarte tus problemas de vivienda, de voy a acabar con la corrupción institucional, de voy a preocuparme de que tengas una pensión digna. Pero en su tentativa de poner cara de nada, o de algo (de solidez, de fuerza, de poder, de capacidad), a algunos les pasa lo que a mí, que quiero poner cara de interesante y salgo con cara de estreñida; para muestra, la cabecera de la columna. Por eso miro las fotos en las que salgo de refilón, con cierta vergüenza, sin enfocar del todo la mirada, como cuando ojeas un libro con desgana. Y por eso no me imagino levantándome por las mañanas, tomándome un café de pie junto a la ventana y viendo mi cara de lo que sea en la pared de enfrente y en tamaño poster, recordándome mi propio fracaso, mis promesas incumplidas, mis problemas no resueltos y mis arrugas sin solución. Bastante tengo con verme cada día en el espejo. 



miércoles, 25 de abril de 2018

PACTAR CON EL DIABLO

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 24 DE ABRIL DE 2018
Decía el otro día la Milá (exagerada, histriónica, exhibicionista, carne de televisión) que, a ella, a quien le gustaría entrevistar de verdad es al Papa Francisco, que la tiene loca. A mí, en cambio, me sigue teniendo loca Georg Gänswein, el secretario de Benedicto XVI, que ese sí que es el pájaro espino y no Richard Chamberlain. Pero más loca aún me tiene que el Vaticano vaya a lanzar un curso para realizar exorcismos por teléfono. Imagínense. Por teléfono. Que no hemos tenido bastante con los másteres del demonio, como para que ahora venga el Vaticano a regalar títulos. Que tú estás poseída como una cabra loca, y venga a vomitar verde, y venga a tomar Primperan, y venga a decirle a tu madre que mira lo que ha hecho la guarra de tu hija y, de repente, suena el teléfono y te encuentras a alguien al otro lado de la línea soltándote el "Regna terrae, cantate Deo,/psallite Domino, Tribuite virtutem Deo./Exorcizamus te", y claro, se te pasa la mierda de golpe. 
Trabajo van a tener. Los exorcistas telefónicos, digo. Más que los de Jazztel, que sólo con empezar a marcar los números de los políticos (locales, regionales, nacionales, carne de televisión) ya van listos. Porque, en algunos, parece que Satanás hable por su boca. Son los mismos que han hecho un pacto diabólico para seguir detentando el poder. Pero el demonio, a cambio, los lleva firmes, condenándolos de por vida a hacerse fotos con niños de teta, a acudir a las fiestas de los pueblos para cantar con la Agrupación de Coros y Danzas de Villacascajo de Abajo, a pasearse por los mercados probando pésoles y alcaciles, a llegar en un mercedes blanco a la feria del ganado, a salir en las procesiones de Nuestra Señora del Voto Útil. Ni un fin de semana tienen libre, los pobres. Eso sí que es vender tu alma. Y tu vida. El diablo, por el contrario, fue menos exigente con Julio Iglesias, con quien se dice que firmó un pacto cuando tuvo el accidente de coche (Papuchi se fue a Haití para hablar con dos santeros, y la ceremonia demoníaca se llevó a cabo en la no menos demoníaca Torremolinos): a Julio, el diablo sólo lo condenó a seguir cantando "Gwendolyne" por toda la eternidad. Y a hacerse injertos de pelo. Definitivamente, al diablo le caen peor los políticos que los cantantes melódicos. Por algo será.