PUBLICADO EL MARTES 14 DE NOVIEMBRE DE 2017 EN LA VERDAD
Usted y yo lo sabemos: tener sentido del ridículo y salir a
cantar en un karaoke son conceptos antitéticos. Tanto como Paquirrín y la
elegancia en el vestir. O como Falete y las acelgas hervidas. Pero, en cuanto
llevamos tres gintonics en el cuerpo, nos olvidamos de la vergüenza y nos creemos
capaces de cantar por Nino Bravo, aunque éste se revuelva en su tumba. Si no es
por la influencia del alcohol, no se explica que gente con poquita voz pero desagradable
se lance a cantar como si estuviera en la final de Operación Triunfo.
Un karaoke es un submundo donde la gente aguanta
que le machaquen no sólo los oídos, sino también los ojos: los videos de las
canciones están hechos a base de unos bancos de imágenes de los noventa que
redefinen el kitsch y que convierten las películas de Pajares y Esteso en un
prodigio de dirección técnica y artística. Pero, y al margen de las torturas
varias infligidas al respetable, la observación sociológica que permite el
karaoke es superior a las dinámicas de grupo, al test de Rorschach, al que le
hacen a los replicantes de "Blade Runner" y al polígrafo de Conchita:
el karaoke es la mejor forma de ver la personalidad del individuo y su relación
con el entorno. Indefectiblemente, siempre nos vamos a encontrar con las amigas
que suben al escenario en rebaño dispuestas a destrozar a Abba como si Suecia nos
hubiera declarado la guerra, con el que canta un tema de un grupo modernito que
sólo conoce él y que amodorra al respetable (que esto no es el FIB, sino la
OTI), con la que grita como una gataperra trastornada porque confunde la entrega
vocal con una posesión infernal, con el compañero de oficina que te roba los
bolis y acaba sacando a la locaza que lleva dentro a ritmo de Raffaella, y con
el que se tira a cantar en inglés con acento de Chiquitistán. Y luego está el
que llega, coge el micro con más profesionalidad que Arguiñano los cuchillos y
se planta en el escenario dispuesto a honrar a la Jurado, a Raphael o a Camilo
Sesto. Y lo borda. Porque un karaoke es el hábitat natural de los bendecidos
con un chorro de voz. Para ellos, siempre es su gran noche. Para el resto de
los mortales, es la noche de Walpurgis. Poco nos pasa.
En 1988 la porno salsa llega a España, Perico Delgado nos
despierta de la siesta al ganar el Tour de Francia y en Cartagena se descubre
el Teatro Romano
No sé bailar salsa. Ni bachata, ni cumbia, ni
merengue ni ninguna otra cosa donde tenga que menear el bullarengue. Será
porque tengo dos pies izquierdos, o porque cuando intento contonearme en plan
sexy parezco Carmen de Mairena en pleno ataque epiléptico. Por eso maldigo el
día de 1988 en el que Lalo Rodríguez trajo a España los ritmos latinos y se me
complicó la vida para siempre. Esa sí que es la venganza de Moctezuma, y no lo
de que se te suelte la tripa.
Con el portorriqueño llegó “Ven, devórame otra
vez”, y la porno salsa se hizo hueco aquel verano entre el “Camino Soria” de
Gabinete Caligari y el “Gimme Hope Joanna” de Eddie Grant, que ni Soria ni
Jamaica ni pa ti ni pa mi, que viva Puerto Rico, mi amol, y venga a devorarse,
y venga a castigarse con sus deseos más, y venga vigor que guardé para ti, y
venga a mojar las sábanas recordándote, y así todo. Finísimo. Pero nosotros no
nos asustamos de nada, que en el tema del autoconocimiento carnal ya llevábamos
lo nuestro: sin llegar a ser tan explícito como el salsero, Aute ya había
cantado “Dentro” (“Dentro / me quemo por
ti / me vierto sin ti / y nace un muerto”) y Rocío Jurado ya había gemido en “Amores
a solas”: “Mis manos que juegan / me siento flotando. ¡Ay!”. No hay más
preguntas, señoría.
Mientras que el país se devoraba por Lalo
Rodríguez y Felipe González, igual que ahora, devoraba a sus hijos (en julio de
1988 hizo cambios ministeriales para dar y regalar, sin que ello impidiera que
en diciembre de ese año hubiera una huelga general de las que hacen época), yo
dormía la siesta como una bendita con el Tour de Francia de fondo. A mí es que
es ver el Alpe d’Huez y darme una pájara, como a Perico Delgado. Ni siquiera
recuerdo el día en que el segoviano ganó el Tour (será porque como dice Ander
Izaguirre, “de Perico recordamos más el Tour que perdió por llegar tarde
que el Tour que ganó”, o será porque me pilló un poquico eclipsá), pero mi
santo se acuerda perfectamente. Y tanto le emocionó que, viniendo del concierto
de Springsteen en el Calderón, se desvió hacia Segovia para ver cómo una ciudad
entera se rendía a los pies de su
hijo favorito. Hasta Cándido, ese señor que desconoce que se pude cortar el cochinillo
con un cuchillo, creó para la ocasión las “Criadillas de Perico en Salsa
Maillot Amarillo”. Otro al que le dio por la porno salsa.
Pero es que el calentamiento global lo invadía
todo: no es casualidad que en ese momento se acuñara el término “cambio
climático”, ni que en Nochevieja Sabrina hubiera empezado el año calentando al
personal, dejando bizca a toda una generación y desatado una auténtica guerra
de tetonas (del Este nos llegaron Danuta y Tatjana dispuestas a destronarla)
ante la mirada atónita de adolescentes que mojaban sus sábanas blancas (y azules,
y verdes, y amarillas con lunares). En el Barça, Núñez también mojaba las suyas,
que se meó encima del susto que le produjo el “Motín del Hesperia”, aquel
levantamiento que la plantilla del
Barça realizó a través de un manifiesto en el que se enfrentaban
directamente al presidente. Núñez cambió la ropa de cama, invirtió 2.000
millones de pesetas para limpiar el vestuario, se cargó de un plumazo a trece jugadores,
fichó a Cruyff y puso las bases del Dream Team. Y se acabó
todo. O empezó.
Los cartageneros también pasamos nuestra propia
crisis deportiva (el Efesé bajó aquel año a Segunda B), aunque las penas con
pan eran menos, que en febrero habíamos inaugurado el estadio Cartagonova. Y
aún nos quedaba una sorpresa por descubrir: en octubre aparecería el Teatro
Romano al hacer unas excavaciones para construir el Centro Regional de
Artesanía. Muertos nos quedamos cuando supimos que habíamos estado años tomando
copas (y echando la pota, y pelando la pava, y más cosas que no voy a contar
porque una tiene derecho a su intimidad, hombre ya) sobre unas ruinas romanas
del s. I a.C. En Cartagena somos así de chulos.
En ruinas se habían quedado Irán e Irak: tras
ocho años de guerra, el conflicto finalizó en 1988 sin un claro ganador. Con
ese ojo clínico que han tenido siempre los norteamericanos, los EE.UU. apoyaron
a Sadam Hussein, válgame la soledad. Lo dijoGoeffrey Kemp,
el asesor de Reagan: “Sabíamos que era un tirano, pero era nuestro tirano”. Las noticias sobre el fin de la guerra comparten espacio con las
primeras fotos de una niña de catorce años llamada Kate Moss, ¡HOLA! saca su
versión en inglés (sí, se llamaba HELLO!, cómo se iba a llamar), y en la
versión española de la revista aparecen la primera entrevista de Isabel Preysler
como señora de Boyer y las memorias de Philippe Junot contando intimidades
sobre su matrimonio con Carolina de Mónaco y confirmando lo que habíamos
sospechado en su momento Su Alteza Serenísima Gracia de Mónaco (a la que aquel
casorio había puesto nerviosa tirando a atacá), Jaime Peñafiel y servidora: que
Junot era de la raza cobriza y un play boy de medio pelo. La reina Isabel II
realiza la primera y última visita de un monarca británico aEspaña, la Infanta Cristina es la abanderada
del equipo español en los Juegos Olímpicos de Seúl y su abuelo Don Juan atraca
su yate “Giralda” en el puerto de Cartagena, y al día siguiente se va a Murcia
a visitar el Museo Salzillo, la catedral y el casino, donde se pimpla una ginebra
con jamón de jabugo y lomo de caña, que los progenitores de reyes siempre han
sido muy ginebrinos (y si no que se lo digan a William Tallon, mayordomo de la
Reina Madre a la que estuvo preparando los gintonics durante cincuenta años).
Yo veo pasar el verano de 1988 encerrada en mi casa
de la playa: tras llegar a la universidad con una sensación de libertad más
grande que Carmen Martínez Bordiú cuando se fue a París a vivir con Rossi, he
descubierto Murcia la nuit (y Murcia le matin, y Murcia l'après midi) y no abro un
libro. Así me va el curso y así me van las vacaciones, que ni Lalo
Rodríguez ni ná: mis padres sí que estuvieron a punto de devorarme y de comerme
enteretica cuando les enseñé las papeletas de las notas. Pero qué quieren: en
aquel momento, y con dieciocho años recién cumplidos, no todo estaba en los
libros. Por mucho que lo cantara Vainica Doble.
Lo normal sería poner el tema de Lalo Rodríguez, pero como ustedes ya se lo saben,
mucho mejor esta canción de La Más Grande en plena autosatisfacción
PUBLICADO EL MARTES 22 DE DICIEMBRE DE 2015 EN LA VERDAD
Tan preocupados andamos todos por las
elecciones, el pactómetro de Ferreras y la estrechez de las corbatas de Albert
Rivera, que entre tanta papeleta se nos ha escapado la más gorda: Gloria Camila,
hija de Rocío Jurado y Ortega Cano, ha dado el salto al mundo de la moda como
empresaria. Eso dicho en titulares holísticos, que traducido al román paladino
es que ha puesto una tienda de ropa. Acabáramos. Que Gloria Camila, trendsetter
del chonismo poligonero, se dedique a la moda es como si Falete se nos hubiera
hecho vegano: un sinfuste, un sindiós y un sinsentido. Que lo que da miedo no
es que venda bragas, es que algún día le de por diseñarlas (o, peor, por
enseñarlas). Si todas las familias felices se parecen entre sí, las de los
famosos se parecen más aún: mucho profesor particular, mucho colegio de élite y
mucho internado suizo, pero de estos niños no hay quien que haga carrera. Ni
siquiera María Teresa Campos, que ha hecho más por colocar a los hijos de sus
amigos que el INEM: Lara Dibildos, Rocío Carrasco, la Jesulina o Alejandra Prat
han pasado por sus programas. ¿Para qué? Eso quisiera saber yo. A María Teresa
sólo le queda poner una discoteca para meter a Paquirrín de Dj residente.
Pero que entre esta muchachada no haya ni uno
con el bachillerato aprobado no influye a la hora de encontrar curro: si a las
finústicas de apellido compuesto les da por el joyerío, como Eugenia Martínez
de Irujo, diseñadora de osos, o Simoneta Gómez-Acebo, relaciones públicas de
Cartier (no va a ser de Galería del Coleccionista, que una es Grande de España),
a las longilíneas les da por hacerse estilistas y a los herederos por la
hípica, la única actividad que se puede practicar vestido de Gucci. Ahí están Cayetano
Martínez de Irujo, Carlota Casiraghi o la zarina Marta Ortega para demostrarlo.
Al trote y al galope.
Así que aquí estamos usted y yo, dándoles la
matraca a nuestros hijos con los afluentes del Ebro, las ecuaciones de segundo
grado y los versos asonantes en las rimas pares para que, al final, comprueben
que anunciando la dieta de la alcachofa se saca más perras que teniendo tres
carreras. Estos niños que han heredado todo de sus padres, menos el talento, sí
que son ingobernables, y no este país. Que también. Ferreras, pásame el pactómetro.
Llevo un pelo criminal. Parece que la Sole me
dio con el mechero, pero encendido, porque está quemadísimo gracias a las
planchas del demonio, así que acudo a mi peluquero como si fuera la Virgen de
Lourdes. “Córtame un dedico”, le digo, olvidándome con las prisas de que ellos
miden un dedo pero en vertical, no en horizontal, que los peluqueros españoles
parecen ingleses y nuestras unidades de medida nunca coinciden con las suyas.
Al final me deja más pela que un haba.
El ratico de la peluquería da para mucho:
mientras te cortan, alisan, cardan y tiñen, tú vas soltando por esa boca que si
el crío, que si el trabajo, que si el marido, que si hazme algo que me lo pueda
apañar yo en casa que estoy sin un duro y no puedo venir hasta el mes que
viene. Y ellos de pie aguantando mecha. O creando drama: a un peluquero con
ínfulas de estilista le pides que te eche unos reflejos en tu melena negra
zahína y te deja como a Isabel Tocino. Y ya está la tragedia servida: ahora, a
vivir como una rubia pepera hasta que se te caigan las mechas. Estos dramas
peluqueriles los conocemos las mujeres desde siempre, y nos llevan a cambiar
más de peluquero que de novio, pero, en cambio, los hombres muestran una
fidelidad extraordinaria en este terreno: mi santo dejó de ir al suyo de toda
la vida por causa mayor; que se murió el peluquero, vamos. Era de esa estirpe
casi extinta de peluqueros futboleros que echaban un poquico de agua con un
spray para cortar el pelo mientras criticaban la alineación del Efesé. Tras
recuperarse de la pérdida, encontró al segundo y, desde entonces, le ha seguido
por todas las peluquerías por las que ha pasado. “Es que me ha cogido el aire”,
me dice, lo que equivale a que durante los últimos veinte años le ha cortado el
pelo igual. Y él, tan feliz, leyendo la prensa sin abrir la boca mientras el
otro le repasa las patillas. Yo a mi peluquero tampoco le cuento mucho, que una
ya no se fía: miren a Rosa Benito, tantos años cardándole el pelo como una ola a
Rocío Jurado y ahora cascándolo todo. Que me hago famosa de la noche a la
mañana y sale el mío diciendo que si tengo canas. Y eso es mentira.
Antonio David se ha vuelto loco. No es para menos: su ex-suegra Rocío Jurado sigue ganando batallas después de muerta, igualica que El Cid. Sólo el hecho paranormal de que un fantasma te haga pagar una millonada podría explicar las pintas con las que apareció en La Noria el otro día, maqueao con el nuevo maquillaje de temporada de Clinique: les juro que en los párpados llevaba el Fresh Bloom Eye Shadow en el tono Cherry Blossom (¿vieron cómo brillaba el arco superior de sus depiladísimas cejas?) y en las mejillas el Quick Blush en el Hurry Honey. El pelo como si se lo hubiera peinado el ex-marido de Karina puesto en cumplir: hacerle el brushing a un tío debería estar penado con un internamiento en el antiguo GH, cuando consideraban que los secadores no formaban parte del experimento sociológico. ¡Esperen, si Juan Miguel estuvo internado en el "Hotel Glam"! Pero claro, estar ahí es como meter a Clint Eastwood en un colegio de señoritas. Así es imposible rehabilitarse.
Antonio David se ha convertido en Antón D.: se levantó una mañana y se encontró con que un ectoplasma le había ganado la batalla legal. ¿Hay algo más kafkiano? Si hubiera contratado a Allison Dubois y no a Rodríguez Menéndez, eso no le hubiera pasado.
¿Quieren más pruebas de la locura de Antonio David?: el muchacho ha pedido el carné de periodista a la Asociación de la Prensa (¡cuánto nos cuesta escribir carné en lugar de carnet a los que tenemos una edad). Si se lo dan, se abrirán las puertas del Infierno. Y adivinen quién se pondrá a la cola.
Otro que ha tenido que volverse loco es el novio de la Duquesa de Alba: declaraciones exclusivas en HOLA. ¡Y yo que estaba convencida de que era una historia de amor! (sí, ya sé, amor raro, gagá, viejuno, pero amor al fin y al cabo). Ya no puede una confiar en la bondad de los extraños.
Unos locos muy distintos a los anteriores y que despiertan interés en su "disparatado esplendor" son los que aparecen en los posts de González Pellicer y de Hong Kong Blues, dos joyitas. Y "Mad Men": Cuatro la ha trasvasado de Canal + y la ha colocado ¡a la 1 de la mañana de martes! Pero si les gusta la publicidad, los primeros sesenta y los tíos, tíos (Jon Hamm demuestra que se puede ir bien planchao y bien peinao y que las hormonas se te salgan por el traje, tirando por tierra el rollo de macho marrandungo de Russell Crowe y Collin Farrell) merece la pena dormir un poco menos. Y se darán cuenta de que tenemos ya lo políticamente correcto infiltrío en la masa de la sangre: verlos beber y fumar tanto resulta extrañísimo (del acoso sexual disfrazado de galantería a las compañeras de trabajo mejor no hablamos). Posiblemente si yo le hubiera tirado más al whisky que a los cafelicos cuando trabajaba en publicidad, me hubiera ido mejor la cosa. Incluso se me hubiera ocurrido lo de Karabatic.