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miércoles, 21 de febrero de 2018

MIRA QUIÉN BAILA

PUBLICADO EL MARTES 13 DE FEBRERO DE 2018 EN LA VERDAD

El viernes por la noche, Cartagena se dividió entre los que vieron a Rajoy por la calle y los que vieron a Rajoy por el teléfono, que fue un no parar de recibir wasaps con fotos del mismísimo. Qué nos gusta un famoso, esa categoría donde lo mismo entra un presidente de gobierno que el ganador de Gran Hermano 1 (¿alguien se acuerda de algún otro?). Rajoy llegó, se paseó, se sentó en una terraza del centro y se dejó querer en modo selfie, cambiando foto por voto. Y al día siguiente se fue de boda. Y bailó. Otra vez.

El macho español no baila. Y si baila, lo hace mal. Tiene miedo a desmelenarse porque el mundo le ha hecho así, o por un miedo ancestral al ridículo, o por si le pasa lo que a Kevin Kline en "In & Out". Por eso, ver bailar a Rajoy es noticia. Ya lo había dicho, advertido o amenazado Sáenz de Santamaría: Rajoy es muy bailongo y le gusta bailar música mala de los ochenta. Y lo que le pone como una motoretta es Raphael, que es escuchar "Mi gran noche" y empezar a salivar, a lo perro de Pávlov. Condicionamiento clásico, se llama eso. Y tan clásico: lo raro sería ver a Rajoy contoneándose con un grupo anterior a 1982.

La única pena es que, como buen macho español, Rajoy es arrítmico, asincrónico y descompasado. Rajoy es tu tío abuelo, ese que se lanza a la pista de baile después de llevarse una yogurtera en un bingo de regalos y se pone a menear la cadera de titanio en el Club Náutico de Islas Menores al ritmo de la orquesta "Nuevas Ilusiones". Las señoras, en cambio, sí somos muy de bailar, y de arrancarnos por lo que sea, y de darnos culazos unas a otras; por eso, enseguida, le hacen corro al presidente. "¡Mariano, esas son muchas pa ti!", se oye en el video. Para él y para cualquiera, que no hay nada que de más miedo que un grupo de señoras fetén enfajadas, desatadas y con un par de copas de champán en el cuerpo. Rajoy, definitivamente, es un valiente. Por bailar con señoras y por quitarle protagonismo a la novia, que una no está un año entero planeando la boda para que llegue un bailongo y la gente quiera hacerse más selfies con él que contigo. No te lo perdonará nunca, Mariano Rajoy. 







viernes, 12 de enero de 2018

MUNDO KARAOKE

PUBLICADO EL MARTES 14 DE NOVIEMBRE DE 2017 EN LA VERDAD

Usted y yo lo sabemos: tener sentido del ridículo y salir a cantar en un karaoke son conceptos antitéticos. Tanto como Paquirrín y la elegancia en el vestir. O como Falete y las acelgas hervidas. Pero, en cuanto llevamos tres gintonics en el cuerpo, nos olvidamos de la vergüenza y nos creemos capaces de cantar por Nino Bravo, aunque éste se revuelva en su tumba. Si no es por la influencia del alcohol, no se explica que gente con poquita voz pero desagradable se lance a cantar como si estuviera en la final de Operación Triunfo.

Un karaoke es un submundo donde la gente aguanta que le machaquen no sólo los oídos, sino también los ojos: los videos de las canciones están hechos a base de unos bancos de imágenes de los noventa que redefinen el kitsch y que convierten las películas de Pajares y Esteso en un prodigio de dirección técnica y artística. Pero, y al margen de las torturas varias infligidas al respetable, la observación sociológica que permite el karaoke es superior a las dinámicas de grupo, al test de Rorschach, al que le hacen a los replicantes de "Blade Runner" y al polígrafo de Conchita: el karaoke es la mejor forma de ver la personalidad del individuo y su relación con el entorno. Indefectiblemente, siempre nos vamos a encontrar con las amigas que suben al escenario en rebaño dispuestas a destrozar a Abba como si Suecia nos hubiera declarado la guerra, con el que canta un tema de un grupo modernito que sólo conoce él y que amodorra al respetable (que esto no es el FIB, sino la OTI), con la que grita como una gataperra trastornada porque confunde la entrega vocal con una posesión infernal, con el compañero de oficina que te roba los bolis y acaba sacando a la locaza que lleva dentro a ritmo de Raffaella, y con el que se tira a cantar en inglés con acento de Chiquitistán. Y luego está el que llega, coge el micro con más profesionalidad que Arguiñano los cuchillos y se planta en el escenario dispuesto a honrar a la Jurado, a Raphael o a Camilo Sesto. Y lo borda. Porque un karaoke es el hábitat natural de los bendecidos con un chorro de voz. Para ellos, siempre es su gran noche. Para el resto de los mortales, es la noche de Walpurgis. Poco nos pasa.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Feliz no cumpleaños


PUBLICADO EN LA VERDAD EL 4 DE NOVIEMBRE DE 2014

Hoy es el día de mi no cumpleaños. Básicamente, porque mi cumpleaños fue ayer: cuarenta y cinco. Las mismas revoluciones por minuto que un viejo single. Sí, soy tan mayor que he conocido los vinilos. Y las casetes, y la televisión en blanco y negro, y la carta de ajuste. Que tengo mucha calle detrás, como dice la Esteban. Que me han gobernado ya cinco papas, un dictador, seis presidentes de gobiernos democráticos y dos reyes. Que he tenido un pin del Naranjito, uno de Curro y otro de Cobi. Que he visto a La mierda la Sole tirar un huevo, a Martes y Trece siendo un trío, a Lola Flores perder un pendiente en el Florida Park, a Mariano Medina dar el tiempo, a Kiko Rivera con melena a lo príncipe de Beukelaer y a la Pantoja casada con Paquirri (y enviudada de Paquirri, y enaltecida por Encarna Sánchez, y encandilada con María del Monte, y ennoviada con Diego Gómez, y encoñada con Julián Muñoz, y encabronada con Julián Muñoz). Que he ido en coche sin cinturón de seguridad, he llamado desde una cabina, he llevado calentadores, he fumado dentro de los bares, he revelado fotos y he grabado disquetes. Que he perdido vista y ganado kilos. Y la prueba definitiva: que veo “Cachitos de hierro y cromo” y esbozo una sonrisa entre nostálgica y boba. El día que cante las canciones de los Supersingles en “Qué Tiempo Tan Feliz”, hago testamento.

No sé en qué momento la vida ha pasado de ser un viernes por la tarde a convertirse en un domingo por la mañana. Pero aún me queda el domingo por la tarde, y no quiero vivirlo amodorrada en el sofá, bebiendo menta poleo, envuelta en una manta y en ese no se qué amargo que nos invade al terminar un fin de semana que parecía eterno. No; pienso estirar mi domingo por la tarde todo lo posible: mientras los cuervos sigan sobrevolando la Torre de Londres, las Campos continúen enamorándose como quinceañeras, Raphael persista en entonar “El Tamborilero” por Navidad y los Rolling Stones se monten otra gira, yo seguiré celebrando los días de mi cumpleaños. Y los de mi no cumpleaños, también. Con Humpty Dumpty, con el Sombrerero Loco y hasta con La mierda la Sole, si se presenta. Endevé La mierda la Palo. Que todavía me queda mucho por leer. Y mucha plancha.