lunes, 11 de mayo de 2015

JED Y FRANK


PUBLICADO EN REVISTA GURB EL 8 DE MAYO DE 2015
Cuando iba al cole contaba la vida por cursos, después por años y ahora por temporadas, el calendario gregoriano de los seriéfilos. Y me pasé siete pegada a El Ala Oeste de la Casa Blanca, chutándome un par de capítulos antes de dormir, viendo cómo los demócratas norteamericanos se desayunaban con un ataque terrorista a las 5 de la mañana, comían un sándwich de pastrami mientras los republicanos les hacían el calzoncillo chino, se tomaban un café al borde de un conflicto internacional, y cenaban… no, no cenaban. No tenían tiempo. Ellos eran los hombres y mujeres del Presidente. Y el Presidente era Jed Bartlet, el único político en el mundo al que le compraríamos un coche de segunda mano.
Dice Marcos Ordóñez en un magnífico artículo sobre Aaron Sorkin, creador de El Ala Oeste (y de las no menos estupendas Sports Night, Studio 60 y The Newsroom) que Sorkin siempre escribe sobre lo mismo: la fuerza del equipo. “Las cosas –dice Ordóñez– podrían ser de otra manera si formáramos una banda y nos enfrentáramos a los cobardes, a los mezquinos, a los muertos vivos que se empeñan en repetir que la batalla está perdida porque así ganan su guerra”. Ordóñez, además de escribir sus artículos tan magistralmente como Sam Seaborn o Toby Ziegler redactan los discursos de Bartlet (que merecen capítulo aparte), expresa perfectamente el sentimiento de muchos en los tiempos que corren.

MI VEGANO FAVORITO


PUBLICADO EN LA VERDAD EL 5 DE MAYO DE 2015

Cuando a una le gustan tanto las multitudes como ver la procesión del Miércoles Santo con Falete sentado en sus rodillas, tiene muchas posibilidades de que la vida (cruel, cínica, sorprendente) la ponga en la peor de las tesituras posibles. Y meterse en un recinto con 30.000 modernos enfebrecidos, enfervorizados y encerveceados, lo es. Pero, por amor, se puede creer que un cielo en un infierno cabe.

Me enamoré de Morrissey como una colegiala (mejor dicho, siendo una colegiala) un día a volver de clase: “This charming man” salía desde lo más profundo de un bar por el que pasaba todas las tardes. Me paré en la puerta, me abrí de orejas y los calcetines del uniforme se me cayeron al suelo. Y así empezó la historia de amor más larga que he tenido en la vida. Seguía siendo la rara, la pava, la asocial, pero nunca más volví a sentirme sola: había encontrado a un tipo de una ciudad de provincias que contaba lo mismo que le pasaba a una tipa de otra ciudad de provincias, separados los dos por un montón de kilómetros, un mar y un idioma. Y al tipo, que sonaba a veces triste y angustiado, otras pícaro y divertido, siempre ambiguo, lo acompañaba una guitarra turbadora.

Yo crecí, el grupo se disolvió y el tipo siguió cantando. Y el engreído, excéntrico, bocazas y gordo Morrissey (¿cómo puede un vegano radical estar hecho una vacaburra?) me siguió salvando de mí misma. Por eso amo sus canciones atormentadas y extrañamente liberadoras con tanta intensidad como odio sus tonterías. Por eso perdono sus aires de diva decadente como las pantojistas perdonan a Isabel sus delitos. Porque Morrissey es un gilipollas, pero es mi gilipollas.

Dispuesta a inmolarme por la causa, acudí al concierto con más prejuicios que López Vázquez a un guateque yeyé: en el bolso, una navaja afilada para rasurar a las hordas de modernos y, en la boca, una lengua más afilada aún para criticar a las que llevan unos shorts tan cortos que se tienen que hacer la brasileña para ponérselos, a las que que se disfrazan de heroínas de Éric Rohmer sin saber quién es Éric Rohmer, y a las descatalogadas por Stradivarius. Pero vi a Morrissey cantar mientras sudaba bajo un atuendo de marinero de “Star Trek”, y volví a tener 13 años. Y no saqué la navaja. Y sobreviví al SOS. Y fui feliz. Tanto, que creo que me está saliendo barba.




miércoles, 29 de abril de 2015

MALAS MADRES


PUBLICADO EN LA VERDAD EL 28 DE ABRIL DE 2015

Mira lo que te digo, nene: el domingo es el Día de la Madre. Y si te piensas que un año más te vas a librar regalándome un collar de macarrones lo llevas claro, que no he sacrificado yo este cuerpo serrano para que tú te descuelgues con la primera chuminá que se le pasa por la cabeza a tu señorita. Haz el favor de romper la hucha y gastarte lo que te dieron por tu Comunión en un collar de los buenos, que de alguna forma tendrás que compensar este desecho de tienta en el que me convertí tras nueve meses de embarazo.

Porque servidora, hijo, no es “Por encima de todo, madre”, como dicen las famosas cuando están presentando la dieta de la alcachofa. Pues no: a veces lo soy por encima y, a veces, por debajo. Que yo, por ti mato y todo lo que tú quieras, y que daría mi vida por la tuya, pero que también necesito una vida propia. Que no soy una ni una canción, ni un poema, ni una santa. Que debo de ser una madre de medio pelo, porque no tengo una paciencia infinita ni practico la abnegación sin límites. Que estar contigo me hace enormemente dichosa, pero también lo soy ahora, sola ante el ordenador. Que me equivoco más de lo que quisiera y que te daré, sin querer, motivos para que te psicoanalices. Que hay momentos en que me dan ganas de decirle a Supernanny que se venga a vivir con nosotros, y noches en las que bendigo las pizzas de Casa Tarradellas, las salchichas de Oscar Mayer y el puré de patatas Maggi. Y que el día que tú naciste no fue el más feliz de mi vida porque estaba dolorida, asustada y con más puntos que un mantel de Lagartera, pero que en cuanto vencí al miedo comenzaron los días luminosos de besos y cosquillas.

Así que procura que el collar sea bien grande, que al menos me tape las teturrias colganderas que me dejaron siete meses de lactancia y toda la culpabilidad que llevo dentro por no ser la mejor madre del mundo. Pero piensa que, a pesar de todo, has tenido suerte: podrías ser hijo de una desclasada devenida en pija que te llevara con pantalones tirolés y calcetines con borlas cuando ya te ha salido pelo en las piernas. Entonces sí que necesitarías terapia. Seguro.

viernes, 24 de abril de 2015

POR UN PUÑADO DE VOTOS


Lo que me pasa a mí, no le pasa a nadie: ¿ustedes creen que con la que hay montada con el corte de pelo de Letizia, llega el jefe y me dice que escriba sobre Rato? ¿Sobre Rato? ¡Pero si a estas alturas de semana ya se han hecho todos los chistes, hombre, que está el tuiterío que se sale! Además, si esto fuera una publicación como Dios y la primavera mandan, en esta época del año estaríamos hablando sobre cremas anticelulíticas y factores de protección. O sobre la enésima separación de Belén Esteban: la pobre, tan preocupada por si el Migue le compraba o no la maleta a la Andrea para que se fuera de viaje de estudios, y el viaje se lo estaba pegando él con una camillera. Claro, que esto me pasa por trabajar en una revista donde son todos unos viejunos con ínfulas de analistas políticos, que me tienen envidia por mi juventud y mi frescura y no me dejan brillar como la gran creadora de opinión que soy. Así estamos.
Y no será porque no hay tema que te quemas, que el PP nos está dando material para hacer periodismo cultural y de calité: ver los vídeos electorales de Monago y salirme el crítico gafapasta que llevo dentro es todo uno. El extremeño se puso primero en plan John Singleton y sus chicos del barrio, y ahora le ha dado por hacer rendido homenaje a la “Nouvelle vague”, mayo del 68 incluido. Y todo ello sin un logotipo del PP que echarse al ojo y sin un atisbo de vergüenza. Lo próximo es aprovechar el paisaje extremeño para rodar Por un puñado de votos; Monago a lo Clint, con purito en la boca y zoom de acercamiento de plano general a primer plano; con orgía neurótica de sangre, polvo del camino y tiros a cascoporro. Un blockbuster en toda regla. Para que luego digan que el cine español no funciona.
COLUMNA COMPLETA EN http://www.gurbrevista.com/2015/04/por-un-punado-de-votos/

miércoles, 22 de abril de 2015

VIEJOS


PUBLICADO EN LA VERDAD EL 21 DE ABRIL DE 2015
“¡Qué mayores estamos, nena!”, me dice mi santo mientras vemos a Ana Belén y a Víctor Manuel charlando con Pepa Bueno. Sí, estamos mayores, pero sólo Víctor, él y yo, porque Ana, la jodía, ha firmado un pacto, no sé si con el diablo o con la mejor esteticista de Madrid, y ahí está viendo pasar el tiempo, delgada, guapa, entusiasmada, la musa intergeneracional hecha más de hueso que de carne, la tipa que consiguió convertir una boca fea en una sonrisa hermosa, tan pizpireta y tan juncal como cuando cantaba “España, camisa blanca de mi esperanza” en el 84.
Y sí, estamos mayores porque nos sabemos sus canciones, las de ella y las de Víctor. Y porque nos cuesta tres días recuperarnos de una juerga, porque amanecemos como si el mercancías de las 4:30 nos hubiera arrollado durante la madrugada, porque nos tomamos un protector de estómago antes de salir a cenar y porque hemos sobrevivido a conciertos, fiestas, decepciones, angustias y tristezas, a la cebolla caramelizada y a las reducciones de Pedro Ximénez. Tenemos mucha calle detrás, que dice la Esteban. Y más de la mitad de esa calle la hemos recorrido juntos.
Nos conocimos sin canas, a estrenar. Él fumaba Ducados, yo Fortuna a escondidas. Ahora, él toma pastillas para el colesterol y yo uso gafas; seguimos fumando. Soportamos nuestras manías y compartimos nuestros silencios. Unas veces somos Pepa y Avelino, otras Antonio y Mercedes, muchas los Roper. Él lleva con humor que le nombre en las columnas, las pilas de periódicos acumulados en la mesa del comedor y mi mala leche matinal; yo, que vea el fútbol y que se deje los armarios abiertos. Él ha visto cómo me invadía la celulitis, yo cómo le han ido saliendo arrugas alrededor de los ojos. Y ambos vemos cómo el niño que duerme en la habitación contigua crece mágicamente por las noches, mientras a nosotros nos vuelve a arrollar el mercancías.
Dice la escritora Nina Bawden que “Una buena razón para escribir novelas sobre la base de tu vida es que tienes algo para leer en la vejez, cuando se te ha olvidado lo que pasó”. Yo no tengo novelas, pero sí columnas. Me gustará leerlas cuando no sepa ni dónde he puesto las gafas y él, atento, las encuentre, las limpie con el faldón de su camisa y me las acerque, regañándome por haberlas perdido una vez más.

viernes, 10 de abril de 2015

ÁTAME

Hay libros que los carga el Diablo. O, peor aún, que los escribe una señora que resume su propia obra con la frase “esta es mi crisis de mediana edad, con mayúsculas”. Por eso, cuando en tu ADN llevas un registrador de la propiedad y estás en la crisis de la mediana edad, con mayúsculas y capitulares, no debes de leer 50 sombras de Grey, que se te meten cosas raras en la cabeza y te entra por el cuerpo un no sé qué, un qué sé yo, y te da por hacer cosas locas, como teñirte el pelo o practicar el bondage con un país entero. Que, por lo visto, Mariano quiere dejar de ser gris y convertirse en Grey. Que quiere amordazarnos a todos, ponernos las esposas y darnos con la fusta. Quién nos iba a decir que dentro del cuerpo de un señor de Santiago de Compostela se ocultaba una dominatrix con barba.

COLUMNA COMPLETA EN http://www.gurbrevista.com/2015/04/atame/

miércoles, 8 de abril de 2015

Kenia


PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 7 DE ABRIL DE 2015

Leo en el muro de M.: “Me ha costado encontrar información de la brutalidad del ataque terrorista a Kenia en las redes sociales… no debo seguir a la gente adecuada y mi TL es una frivolidad de mierda total”. Tu TL y el mío, amiga: 147 muertos y nosotros preguntándonos si, finalmente, el Migue le habrá comprado a la hija de Belén Esteban la maleta para poder irse de viaje de estudios. Dramas del primer mundo.

Dice Javier Cercas en su último libro que “la realidad mata, la ficción nos salva”. Cierto, nos salvan la ficción, y el humor, y la superficialidad. Constituyen una burbuja que nos aísla del dolor, del propio y del ajeno: si de verdad supiéramos lo que ocurre en otros lugares, nuestras buenas conciencias europeas no serían capaces de soportarlo. Porque la realidad mata, y lo hace a tiros. Pero, a veces, hasta a las más inconscientes se nos revuelven las entrañas cuando vemos muertos de primera, muertos de segunda y muertos de tercera regional: todos hemos sido Charlie Hebdo; ninguno somos un estudiante asesinado. Y no lo somos porque los conflictos que se desarrollan más allá de nuestro ombligo se han convertido en un ruido de fondo y, ante ellos, la angustia sólo nos dura un destello; el tiempo de ver una pieza en el telediario, de hacer click con el ratón o de escribir una columna. Y seguirá siendo así hasta que Hollywood lleve al cine la matanza de Garissa, y Lupita Nyong’o interprete a la chica que permaneció oculta durante 48 horas en un armario, embadurnada de la sangre de una de sus compañeras asesinadas para hacer creer a los terroristas que estaba muerta: entonces lloraremos un poco más. Sobre hora y media, aproximadamente.
Titula Owen Jones una columna en “The Guardian” acerca de las matanzas del Congo con un rotundo “Seamos honestos: ignoramos las atrocidades del Congo porque está en África” y, entre otras cosas, afirma que nos olvidamos de las guerras complejas en países sin peso estratégico porque no nos afectan directamente. Bien, seré honesta. Honesta e imbécil: la única guerra compleja que me afecta directamente es mi lucha contra la celulitis, que mis muslos sí que tienen peso estratégico. Por eso, acabo la columna y me meto en internet a ver si encuentro unos pantalones cortos con los que no parezca una butifarra. Y mi buena conciencia europea se queda tranquila porque he sido una estudiante asesinada durante 400 palabras.