viernes, 12 de enero de 2018

MUNDO KARAOKE

PUBLICADO EL MARTES 14 DE NOVIEMBRE DE 2017 EN LA VERDAD

Usted y yo lo sabemos: tener sentido del ridículo y salir a cantar en un karaoke son conceptos antitéticos. Tanto como Paquirrín y la elegancia en el vestir. O como Falete y las acelgas hervidas. Pero, en cuanto llevamos tres gintonics en el cuerpo, nos olvidamos de la vergüenza y nos creemos capaces de cantar por Nino Bravo, aunque éste se revuelva en su tumba. Si no es por la influencia del alcohol, no se explica que gente con poquita voz pero desagradable se lance a cantar como si estuviera en la final de Operación Triunfo.

Un karaoke es un submundo donde la gente aguanta que le machaquen no sólo los oídos, sino también los ojos: los videos de las canciones están hechos a base de unos bancos de imágenes de los noventa que redefinen el kitsch y que convierten las películas de Pajares y Esteso en un prodigio de dirección técnica y artística. Pero, y al margen de las torturas varias infligidas al respetable, la observación sociológica que permite el karaoke es superior a las dinámicas de grupo, al test de Rorschach, al que le hacen a los replicantes de "Blade Runner" y al polígrafo de Conchita: el karaoke es la mejor forma de ver la personalidad del individuo y su relación con el entorno. Indefectiblemente, siempre nos vamos a encontrar con las amigas que suben al escenario en rebaño dispuestas a destrozar a Abba como si Suecia nos hubiera declarado la guerra, con el que canta un tema de un grupo modernito que sólo conoce él y que amodorra al respetable (que esto no es el FIB, sino la OTI), con la que grita como una gataperra trastornada porque confunde la entrega vocal con una posesión infernal, con el compañero de oficina que te roba los bolis y acaba sacando a la locaza que lleva dentro a ritmo de Raffaella, y con el que se tira a cantar en inglés con acento de Chiquitistán. Y luego está el que llega, coge el micro con más profesionalidad que Arguiñano los cuchillos y se planta en el escenario dispuesto a honrar a la Jurado, a Raphael o a Camilo Sesto. Y lo borda. Porque un karaoke es el hábitat natural de los bendecidos con un chorro de voz. Para ellos, siempre es su gran noche. Para el resto de los mortales, es la noche de Walpurgis. Poco nos pasa.

SEÑORAS DE CIERTA EDAD

PUBLICADO EN LA VERDAD EL 21 DE NOVIEMBRE DE 2017

Si Gigliola Cinquetti cantaba "No tengo edad para amarte", las Spice Girls no tienen edad para volver a reunirse. O, al menos, para hacerlo encima de un escenario, que han amenazado con reaparecer, las tías. Está muy bien que coincidan en un desfile de la Spice pija, en una barbacoa de la Spice deportista o en una bótox party organizada por la Spice pelirroja, pero no en un concierto, dando saltitos y cantando cosas que ya quedan un poco ridículas en boca de una señoras. Es lo que tiene pasar de desayunar Choco Krispis a leche de soja con isoflavonas, que cantas el "Wannabe" y le pareces a Bette Davis disfrazada de niña en "¿Qué fue de Baby Jane?".  Claro que, si ellas ya no están para actuar como si fueran unas adolescentes, nosotras tampoco estamos para asistir a muchos conciertos: a nuestra edad, eso requiere más planificación que la contraofensiva de Eisenhower en Las Árdenas. Que si con quién dejamos al crío, que si hay que colocarse cerca de los baños, que si tenemos que buscar algún bar para cenar antes, que si te eches el ibuprofeno y el omeprazol y que si nos pedimos libre el lunes para poder recuperarnos. Y de quedarte de acampada, nada de nada: mejor un hotelito pequeño donde poder descansar después de ponerte hasta las trancas en ese restaurante tan cuco que te ha recomendado tu amigo el gastrorunner.


Luego están las señoras que tienen edad para todo, como Carmen Martínez Bordiú, con una horquilla electoral más ancha que mis caderas: lo mismo elige a un chatarrero forrado que a un joven australiano. Y, por último, están las señoras que tienen la edad que les da la gana porque son y han sido siempre libres, como Agnès Varda, que a sus ochenta y nueve años sigue rodando maravillosamente. O como Rosa María Sardá, que ha devuelto la Cruz de Sant Jordi y ha renunciado a la esquela que le va a poner la Generalitat cuando muera. Normal: conociendo como se las gastan con todos aquellos que no comulgan con el procés, me temo que la esquela que le pondrían sería tan fina y delicada como aquella de un señor de Torremolinos que se publicó en Diario Sur, y que acababa con un "Sus hijos, nietos, hermana y demás familia comunican que la ha palmado". Se teme lo peor, la Sardá. Y con razón.

MONOTEMA

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 7 DE NOVIEMBRE DE 2017

Me dice una lectora en Twitter que con "todo lo que está pasando" voy a tener para veinte columnas. Pues no, no tengo ni para media. Porque "todo lo que está pasando" sucede a tal velocidad que cualquier cosa que escriba está fuera de onda en veinticuatro horas. Qué frenesí. Qué mogollón. Es todo tan loco que, aunque sea real, resulta inverosímil. Me lo creería más si fuera un episodio de "Cuéntame", con Antonio Alcántara huyendo a Bruselas y dejando a Merche colgada en su tienda de ropa del Paseo de Gracia. O uno de "La que se avecina", con los veganos mosqueados con la butifarrada de la Assamblea Nacional Catalana y el compañero de celda de Jordi Sánchez pidiendo que lo saquen de ahí porque no aguanta más la matraca independentista. Es el despatarre, el desparrame y el despepite. No hay ficción que supere eso.

Lo sorprendente es que ese "todo lo que está pasando" no admite interpretación: sabemos que hace referencia al monotema. Y estamos tan hartos de él como los norteamericanos de su presidente: la semana pasada, Donald Trump se quedó sin cuenta de Twitter durante once minutos. Se la desactivó un empleado de atención al cliente en su último día de trabajo, que llevó a la práctica lo de "pa lo que me queda en el convento, me cago dentro". Once minutos en los que Trump tuvo la boca tapada con cinta americana y en los que medio mundo respiró aliviado. Lo raro es que nadie saliera diciendo que estaban censurando a Trump igual que los fascistas españoles intentan callar al pueblo catalán. Porque, digas lo que digas, siempre volvemos a lo mismo: mencionaba Mikel Iturriaga en Twitter a un restaurante en Barcelona donde había comido estupendamente, y un señor con problemas de acentuación (entre otros) le contestaba "No hacer referència al atentado contra la democràcia le da a usted imagen de cínico". Si le tiras al cuello a Paquirrín por haberse ido de farra con unas tipas en Punta Cana, alguien te tachará de totalitaria por criticar a un señor que, en el ejercicio de su libertad y de su derecho a la autodeterminación, decide pegarse una fiesta y ponerle los cuernos a su santa. A este paso, la que se va a independizar va a ser su mujer. De Paquirrín y de "Cantora", que eso sí que es un estado opresor.   

AGENDA

PUBLICADA EN LA VERDAD EL MARTES 9 DE ENERO DE 2018

Los Reyes Magos me han regalado una agenda. A mí, que se me olvida apuntar las cosas. A mí, que, si las apunto, se me olvida mirarlas. A mí, que cuando al fin me acuerdo de apuntarlas y de mirarlas, me encuentro con anotaciones tan apasionantes como "Cita dentista", "Llamar fontanero" y "Comprar brócoli" (sí, estoy a plan, qué quieren, que después de estas Navidades pantagruélicas sólo me falta rociarme con un poco de sala de soja para convertirme en cerda agridulce). Ya lo ven: mi vida es un frenesí. Pero estoy por seguir con Calderón y convertirla en una ilusión, una sombra, una ficción: nada me impide empezar la semana escribiendo "Prueba en Dior", continuarla con "Baño en Ibiza" y terminarla con "Cena con Michael en Nobu". Que si hay que inventarse una vida, mejor recrear la de Alicia Vikander. Y que si me pillan la agenda para meterla en la instrucción de un sumario, como le ha pasado a Josep María Jové (el segundo de a bordo de Junqueras que la lio al planear el "procés" en su Moleskine como si fuera un adolescente que maquina asistir a un concierto de pop coreano sin que se enteren sus padres), hay que intentar que el juez pase un buen rato. No hay más preguntas, señoría.

Simone de Beauvoir escribió sus "Cuadernos de juventud", Camus sus "Carnets", Josep Pla "El cuaderno gris". Kubrick, que era muy poco maniático, mandaba fabricar sus propias libretas, que tenían que medir exactamente 10 x 15 centímetros. Y John Locke, Linneo, Milton o Jefferson llenaban sus agendas de citas inspiradoras, argumentos para futuras obras, ideas, reflexiones y reuniones. Rajoy también lo ha intentado: el problema es que apunta en su cuaderno sus cosas de presidente, pero luego no entiende ni su propia letra. O que las escribe en la agenda de 2016, y no en la de 2018, y así lleva el lío que lleva. En cambio, no sabemos si Puigdemont ha anotado ya en la suya "Regresar a España", que se ha pasado el anuncio del turrón por el forro y no ha vuelto a casa por Navidad. Lo que tampoco sabemos es si, en algún momento, llegarán a cruzarse las agendas de ambos. Mientras, nos entretendremos con las de las hermanas Campos, que han puesto en las suyas "Operarnos enteras de cintura para abajo". Y retransmitido por Tele 5. Este año promete.