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jueves, 20 de agosto de 2015

BARCOS


PUBLICADO EN LA VERDAD EL MIÉRCOLES 19 DE AGOSTO DE 2015

Los ricos no pisan la arena. ¿O acaso han visto alguna vez a Carolina de Mónaco limpiándose los juanetes en una ducha de pies? La arena es vulgar, choni. Los ricos van del yate a la lancha y de la lancha al restaurante. Y, si no tienen ganas de bajar, les llevan a bordo los percebes tamaño carallo de home. O de ballena: Onassis escandalizaba a las invitadas del “Christina O” con un "Querida, estás sentada sobre la polla de una ballena" cuando se sentaban en los taburetes del bar, forrados con piel de pija de cetáceo. Tal cual. Onassis era un ordinario. Pero, en los ricos, las ordinarieces se llaman excentricidades.

"Si tienes que preguntar cuánto vale un yate es que no te lo puedes permitir", decía J. P. Morgan. Pues yo, que tengo que preguntar a cuánto están los tomates, ni les cuento. Es mejor ser amigo de cualquiera que tenga barco; de cualquiera excepto de Valentino, el diseñador apergaminado que comparte cardado y tinte con Bigote Arrocet y mi kiosquera. Que es una vieja maniática, dicen. Que primero te invita a navegar y luego te critica si no llevas hecha la manicura, cuentan. En fin, un drama. Pero, en tal de disfrutar del mar, su amiguísima Naty Abascal lo aguanta todo. Antes, la estilista se paseaba en la goleta de Ramón Mendoza, el que fuera presidente del Real Madrid: a bordo del “América” se reunieron Mendoza y Jeanine Giraud, su pareja de entonces, con los duques de Feria y otros matrimonios. Roneos y tonteos hasta que de marejadilla la cosa pasó a fuerte marejada: Giraud pilló a Mendoza y a Abascal besándose en cubierta (la Callas también se enrolló con Onassis en el “Christina O” delante de los morros de sus respectivos cónyuges y del puro de Churchill, que viajaba con ellos). Pero el romance entre Abascal y Mendoza duró poco: "Si continúo con ella un mes más, acabo arruinado”, comentó Mendoza. Mantener a Naty cuesta tanto como mantener un yate. Será por eso por lo que dicen que los propietarios de un barco tienen dos días felices: cuando lo compran y cuando lo venden. Entre uno y otro, los días felices los tengo yo. Cuando me invitan a navegar.

























Los taburetes de pija de ballena del "Christina O".
Cortesía de @covanechi


miércoles, 31 de agosto de 2011

Yateando

Publicado el 21 de agosto en LA VERDAD


Entre usted y yo: lo mejor es no leer revistas en verano. Está uno con el tupper en la playa, atiborrándose de magra con tomate, cuando al abrir las revistas le saltan a los ojos una profusión de fotos de cuerpazos al sol en chiringuitos en los que no nos dejarían entrar ni con una orden judicial, o una profusión de fotos de cuerpazos al sol en yates a los que tampoco nos dejarían subir. No, no digo un barquico para ir a la Perdiguera a comer sardinas (cuando comer sardinas no era delito ecológico), sino uno de verdad, con fornida tripulación uniformada y un coste de mantenimiento cercano a nuestra deuda externa. Si debajo de las uñas de los pies de Marujita Díaz pueden vivir David el Gnomo y toda su familia, en un yate de los buenos cabe un polígono industrial.

Como el tamaño sí que importa, cuando uno tiene un barco de más de 40 metros de eslora puede ponerle el nombre que le salga del palo mayor. Si le apetece un rollo camionero colóquele Mi Pepi y mis tres soles y, si no, siga con esa moda ochentera de combinaciones de nombres, como el Núfer, de Fernando Fernández Tapias, mezcla entre Nuria y Fernando, o el Pachá, formado por las iniciales de Pierre, Andrea y Carlota, los pequeños Carolinos. Veo que el mayor, Andrea, se ha rapado al cero este verano; los Carolinos siempre han tenido esa tendencia al rapado, la matriarca se afeitó la cabeza hace 15 años en unas vacaciones y el tito Alberto lo lleva de serie. Aunque no creo que veamos este año a Alberto a bordo de ningún yate, porque con lo buena nadadora que es Charlene y las ganas que tiene de largarse, al menor descuido se tira por la borda y llega nadando a Sudáfrica. No, si ahora que lo pienso viendo la cara de tristeza de Charlene ¿será posible que los yates no den la felicidad? Ay, qué tonterías se me ocurren. Debe ser la magra, que me ha sentado mal.