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La piel que habito
PUBLICADO EL 21 DE FEBRERO DE 2012 EN LA VERDAD
Como hoy es el último día de Carnaval he ido a buscar un disfraz de Rosa Belmonte o de Elvira Lindo para sentarme a escribir esta columna y que me saliera algo en condiciones, pero en los chinos me han dicho que no, que de columnista no hay. De Elena Anaya recogiendo el Goya tampoco tienen. Pregunto por uno de Carlota Casiraghi, que puestos a habitar otra piel yo quiero la de una veinteañera millonaria que se baja del caballo para subirse al yate, y del yate se baja para subirse al avión (¿tocarán alguna vez los Louboutin de Carlota el suelo?). Nada. “Sólo me quedan disflaces de enfelmela y de Malujita Díaz” me ha dicho el dependiente. Me he llevado el de Marujita para Halloween.
Vuelvo a casa y busco en el armario: tengo el de madre abnegada, el de compañera solidaria y el de amiga que escucha sin juzgar (éste último está el pobretico pa que lo remienden). Ni hablar, que esos me los coloco todos los días. Encuentro el disfraz de bebedora de vodka hecho un gurruño en el fondo de un cajón; ahí está, olvidado y abandonado por culpa del mal carácter de mi colon, que es muy irritable. Salgo de nuevo a ver si encuentro uno de Mónica Belluci y por lo menos le doy una alegría a mi marido, que el pobre no levanta cabeza con el Efesé, pero sólo encuentro el de español que aguanta el chaparrón sin rechistar y el del español que aguanta el chaparrón y rechista a través del Facebook. Paso.
Sigo sin encontrar nada. ¿Y si me hago uno a medida? Puedo llamar a Sastrerías Cornejo. O mejor, al doctor Monereo, que Fernández de La Vega parece encantada habitando su nueva piel… no; con la suerte que tengo seguro que hoy Monereo no está y lo sustituye Antonio Banderas como cirujano. Y ya tenemos lío.
Total, que hoy termina el Carnaval y no me he disfrazado. Peor suerte han tenido aquellos a los que les han colocado el disfraz de parado: a ver si pueden quitárselo de una vez y mañana se ponen el de siempre, el de levantarse con los ojos pegaícos de sueño para irse a trabajar. Ojalá. Y ojalá que esta noche el panorama queme su máscara de crisis en la hoguera de Don Carnal. Que la vida es un carnaval pero, a veces, las penas no se van cantando.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Yateando
Publicado el 21 de agosto en LA VERDAD
Entre usted y yo: lo mejor es no leer revistas en verano. Está uno con el tupper en la playa, atiborrándose de magra con tomate, cuando al abrir las revistas le saltan a los ojos una profusión de fotos de cuerpazos al sol en chiringuitos en los que no nos dejarían entrar ni con una orden judicial, o una profusión de fotos de cuerpazos al sol en yates a los que tampoco nos dejarían subir. No, no digo un barquico para ir a la Perdiguera a comer sardinas (cuando comer sardinas no era delito ecológico), sino uno de verdad, con fornida tripulación uniformada y un coste de mantenimiento cercano a nuestra deuda externa. Si debajo de las uñas de los pies de Marujita Díaz pueden vivir David el Gnomo y toda su familia, en un yate de los buenos cabe un polígono industrial.
Como el tamaño sí que importa, cuando uno tiene un barco de más de 40 metros de eslora puede ponerle el nombre que le salga del palo mayor. Si le apetece un rollo camionero colóquele Mi Pepi y mis tres soles y, si no, siga con esa moda ochentera de combinaciones de nombres, como el Núfer, de Fernando Fernández Tapias, mezcla entre Nuria y Fernando, o el Pachá, formado por las iniciales de Pierre, Andrea y Carlota, los pequeños Carolinos. Veo que el mayor, Andrea, se ha rapado al cero este verano; los Carolinos siempre han tenido esa tendencia al rapado, la matriarca se afeitó la cabeza hace 15 años en unas vacaciones y el tito Alberto lo lleva de serie. Aunque no creo que veamos este año a Alberto a bordo de ningún yate, porque con lo buena nadadora que es Charlene y las ganas que tiene de largarse, al menor descuido se tira por la borda y llega nadando a Sudáfrica. No, si ahora que lo pienso viendo la cara de tristeza de Charlene ¿será posible que los yates no den la felicidad? Ay, qué tonterías se me ocurren. Debe ser la magra, que me ha sentado mal.
