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miércoles, 23 de mayo de 2012

Primera Comunión


PUBLICADO EN LA VERDAD EL 22 DE MAYO DE 2012

Primavera insólita, extraña, sorprendente: este año no hemos tenido ni una comunión. Sólo he asistido vía papel couché a la de los hijos de los famosos (con esos pobres niños comulgantes de ojos pixelados que parecen el Anticristo) pero, a pesar de ello, a mí no se me olvidan las mañanas de mayo que llevamos en el cuerpo: mi santo de chaqueta y corbata resoplando por los 30 grados a la sombra, el crío que se quiere poner los tenis zarrapastrosos porque los zapatos le hacen daño y servidora con las medias de verano enganchándose por todos lados. Así que, como el año que viene le toca a mi hijo, para vengarme voy a invitar a todo bicho viviente. Eso si soy capaz de pagar la comunión, claro, que los padres nos volvemos locos con tal de que los niños tengan un recuerdo imborrable de ese día. Desde luego, yo lo tengo: una cicatriz de once puntos de sutura en el tobillo porque se me resbaló de las manos una botella de Fanta, que hasta que vieron los restos de cristales en el suelo pensaron que era un estigma y a punto estuvieron de ingresarme en un convento.

Por eso temo el día de la Primera Comunión de mi hijo, por los cuartos que nos vamos a gastar, por las Fantas saltarinas y porque el cura tendrá que decirle que levante los ojos de la pantalla de la Nintendo para recibir el Cuerpo de Cristo, que a ver cómo lo convenzo para que no se la lleve ese día. Mientras, el monaguillo estará tuiteando la ceremonia y subiendo fotos retocadas con Instagram, que la Iglesia se ha modernizado muchísimo: la última vez que fui a Santiago de Compostela me encontré una pantalla con el texto “Si quieres encender una vela, envía un SMS con MIVELA SANTIAGO01 al 25000”. Tal cual. Aunque, sinceramente, yo prefiero la acción directa a la telefonía móvil: me reconfortó ver en la portada de "La Verdad" a un centenar de monjas y curas reivindicando la dación en pago y el alquiler social, hablando de justicia, de caridad, de ética; se me quitaron las tontunas de un plumazo. Pero como soy de memoria frágil y el mayo próximo perderé el norte entre líos de convites y regalos, les pido un favor: recortan el artículo, lo guardan y me lo restriegan por la cara el año que viene. Gracias anticipadas.  

miércoles, 31 de agosto de 2011

Yateando

Publicado el 21 de agosto en LA VERDAD


Entre usted y yo: lo mejor es no leer revistas en verano. Está uno con el tupper en la playa, atiborrándose de magra con tomate, cuando al abrir las revistas le saltan a los ojos una profusión de fotos de cuerpazos al sol en chiringuitos en los que no nos dejarían entrar ni con una orden judicial, o una profusión de fotos de cuerpazos al sol en yates a los que tampoco nos dejarían subir. No, no digo un barquico para ir a la Perdiguera a comer sardinas (cuando comer sardinas no era delito ecológico), sino uno de verdad, con fornida tripulación uniformada y un coste de mantenimiento cercano a nuestra deuda externa. Si debajo de las uñas de los pies de Marujita Díaz pueden vivir David el Gnomo y toda su familia, en un yate de los buenos cabe un polígono industrial.

Como el tamaño sí que importa, cuando uno tiene un barco de más de 40 metros de eslora puede ponerle el nombre que le salga del palo mayor. Si le apetece un rollo camionero colóquele Mi Pepi y mis tres soles y, si no, siga con esa moda ochentera de combinaciones de nombres, como el Núfer, de Fernando Fernández Tapias, mezcla entre Nuria y Fernando, o el Pachá, formado por las iniciales de Pierre, Andrea y Carlota, los pequeños Carolinos. Veo que el mayor, Andrea, se ha rapado al cero este verano; los Carolinos siempre han tenido esa tendencia al rapado, la matriarca se afeitó la cabeza hace 15 años en unas vacaciones y el tito Alberto lo lleva de serie. Aunque no creo que veamos este año a Alberto a bordo de ningún yate, porque con lo buena nadadora que es Charlene y las ganas que tiene de largarse, al menor descuido se tira por la borda y llega nadando a Sudáfrica. No, si ahora que lo pienso viendo la cara de tristeza de Charlene ¿será posible que los yates no den la felicidad? Ay, qué tonterías se me ocurren. Debe ser la magra, que me ha sentado mal.