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miércoles, 1 de abril de 2015

MADRIZ


PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 31 DE MARZO DE 2015

A Madrid le han dedicado más canciones que a Nueva York: desde los Burning hasta Los Enemigos, pasando por Joaquín Sabina o Ketama, lo mejorcico del artisteo nacional ha trasteado las guitarras mientras le cantaba a sus bares y a sus calles. En la periferia hemos tenido menos suerte: a Cantabria le ha tocado David Bustamante, a Almería el otro David, Cañita Brava le ha graznado al caldo gallego y Luis Aguilé a sus vacaciones en Castellón. Aquí, nuestro juglar ha sido Francisco Galián: “Déjame estar presente en tu corazón / tú y yo y el Mar Menooooooooooor”. Definitivamente, los madrileños salen ganando. Eso sí que es una tara del centralismo y no los problemas de Cataluña con Hacienda.

Para una señora de provincias con ínfulas culturales, Madrid es la tierra prometida, el Shangri-La, la pera limonera. Madrid siempre es una posibilidad. Cuando llegas por la noche, con las luces iluminándote la cara y la cabeza, tienes la sensación de estar en el lugar donde todo está a tu disposición: en Madrid eres Falete en un buffet libre. Y como Madrid tiene cuerpo de gran ciudad pero alma de barrio, es el único sitio del mundo donde puedes encontrarte con colegas que cumplen (y sobrepasan) expectativas, con nuevas viejas amigas y con dos tipos en la Plaza Mayor que piden para jamón, relax, putas, coca, whisky y vino, por ese orden. Transparencia en las donaciones, se llama eso.

Los madrileños se quejan de Madrid, pero tienen el mismo derecho a hacerlo que las supermodelos que se lamentan porque les llamaban “jirafa” en el colegio: ninguno. En Madrid no hay playa, vaya, vaya, y ni falta que les hace, porque gracias a eso no se te riza el pelo, ventaja indescriptible para las mediterráneas que practicamos la autogestión capilar, como Tita Cervera y servidora. Madrid se peina con melena lisa, se escribe con d, se pronuncia con z y se canta por rock and roll. La pena es que no le puedo dedicar un tema porque entono como si a Lola Gaos le estuvieran pisando un callo, así que la única manera de homenajear a la capital es marcándome una columna. Tanto me gusta que cualquier día de estos me voy pa Madrid, compadre, y me instalo en el Palace como Julio Camba. Que una es una señora; de provincias, sí, pero señora al fin y al cabo.



lunes, 25 de agosto de 2014

Verde


PUBLICADO EN LA VERDAD EL MIÉRCOLES 20 DE AGOSTO DE 2014

Decía Julio Camba que la contemplación de la Naturaleza le producía una sola inspiración: la de dormir. A mí la que me produce sueño es la naturaleza humana, que es ver una tertulia y quedarme frita en el sofá. En cambio la otra, la que se escribe con mayúscula, la bucólica, verde y campestre, me provoca unas ganas de rodar por los prados que me río yo de Heidi, de Blanquita y de Copo de Nieve.

El verde norteño no es gratuito, claro. Como el moreno de Ana Mato, el color hay que currárselo, y esos tonos esmeralda sólo se consiguen soportando todo un año de lluvias y de bajas temperaturas: cuando les decimos a los norteños lo de “¡Qué gustico, que fresco más bueno!”, ellos nos miran con cara de odio, que están ya hasta el sirimiri de tormentas y de no poder bañarse sin riesgo de hipotermia. Da igual: seguimos flipando al dormir con edredón en agosto, al comernos un plato de cuchara sin sudar, al comprobar que podemos ir a andar a la hora de la siesta sin que te pegue el chicharrero, al ver vacas sueltas por los prados, al encontrarnos con ríos caudalosos de aguas limpias, al ponernos una rebequica por las noches o al recoger moras y arándonos silvestres en las orillas de los senderos.

El verde del norte ha propiciado siempre un veraneo decimonónico, elegante y decadente; de pasar la tarde echándose una partida en el casino y un jersey sobre los hombros; de paseos por playas brumosas y solitarias o por caminos empinados y angostos. Los pudientes han veraneado siempre en verde, mientras que el resto sudamos en el gris de la ciudad o en el azul de las playas chiringuiteras, abarrotadas y mediterráneas. Por eso a muchos de nuestros políticos les encanta ir al norte en verano; de hecho, a los Pujol les gusta tanto que se compraron varias casas en el Pirineo catalán para, así, despertarse todas las mañanas viendo un paisaje cubierto de billetes. Tanto les mola que se lo han llevado crudo, como las lechugas. Porque el verde es el color del dinero. Y el de la vergüenza, pero la vergüenza era verde y se la comió un burro.


NOTA: Servidora se equivocó de Pirineo, que estuve en el navarro, y no en el catalán.