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lunes, 28 de julio de 2014

Arturo Pérez Reverte


Masculino singular

A mi amiga T. le pone Pérez-Reverte: “¡Ay, nena, el Arturito”, me dice con la cara traspuesta cuando sale su nombre a relucir. Le gusta su porte, su cabecica de cerilla, su camisa de cuello abotonado, su mirada de haber visto cosas que nadie debería de haber visto. También le gustan sus libros, que ella es groupie lectora. “Es que Pérez-Reverte es un tío”, remata. Un tío. Masculino singular.

No me extraña que a T. le ponga Pérez-Reverte. De hecho, Pérez-Reverte pone a mucha gente: a unos los pone brutos y, a otros, de los nervios. Lo admiran por lo mismo que lo critican: Reverte es galante, franco, liberal, valiente y gallardo / Reverte es machista, malhablado, facha, bravucón y chulo. La delgada línea roja entre los calificativos y los descalificativos; la que él mismo ha cruzado tantas veces.

Reverte, siendo un pipiolo, se inició como tribulete en la delegación de La Verdad en Cartagena. Allí, José Monerri, maestro de periodistas y más listo que los ratones coloraos, le dio la lección de su vida cuando lo mandó con dieciséis años a hacerle una entrevista al alcalde. Al confesar Arturito que le pesaba la responsabilidad y que le daba miedo cagarla, Monerri lo miró y le dijo “¿Miedo?... Mira, zagal. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti”. Y Arturito se convirtió en Arturo, y se fue al diario “Pueblo”, donde terminó de aprender a escribir, a beber y a vivir con un drink team de reporteros que hacían que Walter Burns pareciera una hermana de la caridad, unos hijos de puta “capaces de matar a su madre o prostituir a su hermana por una exclusiva, sin que les temblara el pulso”, según escribía el mismo Reverte, “y que a pesar de eso –o tal vez por eso– eran los mejores periodistas del mundo”.

Tras el cierre de “Pueblo”, Pérez-Reverte comenzó a trabajar en Televisión Española, donde T. y yo lo veíamos con su chaleco con bolsillos, sus gaficas redondas y su hoyuelo en la barbilla emitiendo crónicas desde Líbano, Eritrea, Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Croacia o Bosnia; desde cualquier lugar donde la vida vale menos aún de lo que te pagan por la crónica. Mirábamos a Reverte y nos acordábamos de Sam Waterston, Mel Gibson o Nick Nolte, actores guapurris que, interpretando a reporteros aguerridos, habían contribuido a envolver la figura del corresponsal de guerra en un aura romántica y peligrosa. También es cierto que si ese papel lo hubiera interpretado Chiquito de la Calzada en “El asedio de Chiquitistán”, el romanticismo se nos habría ido por el desagüe. Pero como no fue así, nos pasamos la adolescencia soñando con periodistas intrépidos y cronistas aventureros.


Mientras era testigo de la barbarie, Reverte ya llevaba novelas en la cabeza. Así que se quitó el chaleco con bolsillos, se deshizo de las gafas, cubrió su hoyuelo con una espesa barba y el escritor Pérez-Reverte sepultó al reportero Arturo bajo cientos de libros, convirtiéndose en un bibliófilo impenitente que escribe rodeado de primeras ediciones, maquetas de barcos y reproducciones de armas; retrato de escritor con perro a sus pies y chimenea al fondo. Y de sus dedos salieron un húsar, un maestro de esgrima, un pintor de batallas, una reina del sur, un francotirador paciente y un capitán, Diego Alatriste. También es verdad que a éste, desde la película, le pongo la cara de Viggo Mortensen pero la voz de Constantino Romero, porque si alguna ocasión hubo para defender el doblaje en el cine español, fue aquella.

Cuando echa de menos la aventura, Reverte se pone otro chaleco (el salvavidas) y se hace a la mar, esperando alcanzar una isla poblada por bellas indígenas con coronas de flores en la cabeza, aunque si navega por aquí lo más probable es que naufrague en la Isla del Barón y le embista un muflón. Pero, aun estando a más de trescientas millas náuticas de la costa, al escritor le sigue gustando el conflicto. Y si no lo encuentra, lo busca: desde su cuenta de Twitter, el territorio comanche del siglo XXI, pega unos balazos que pa qué; en sus columnas en el “XL Semanal” suelta unos exabruptos que ponen de los nervios a su madre, y lo mismo hace en los encuentros digitales con los lectores: suspendió antes de tiempo uno con los lectores de “El Mundo” por considerar poco inteligente la selección de preguntas. Más chulo que un ocho. Borderío cartagenero.

Y, entre tiro y tiro, aún tiene tiempo de poner al personal y a la personala como una motoreta, diciendo que a él le gustan las mujeres de antes (femenino plural), y no esas pelagatas con tatuajes y piercings en el ombligo. Pues que no me encuentre por la calle Mayor que, si me ve, se enamora: esperando el autobús se me sentó al lado un abuelico que, tras contarme que el tenía una finca muy hermosa y que sus hijos estaban muy bien colocaos, me preguntó si tenía muchas casas para limpiar ese día. En román paladino: lo que para mí era un work style divino, para él era lo que se pone una chacha para ir a fregar. Desde entonces, voy a currar hecha un pincel.

Así que, si me topo con él, intentaré mover mis caderas como una real hembra para que no me llame “desecho de tienta”. Aunque me intimide, que a mi me amilana cualquiera con un guión entre los apellidos. Pero más me intimida un tipo que tiene el alma desvirgada por mil batallas, que es académico y que, encima, vende más libros que Jorge Javier Vázquez, Belén Esteban y Rosa Benito juntos, que últimamente el “Sálvame” parece “Apostrophes”. Tanto me impone que estoy escribiendo este perfil acojonada por si lo lee y me manda a sus padrinos para retarme a un duelo al amanecer. Y yo soy de levantarme tarde. Y más, en verano. 

domingo, 25 de octubre de 2009

Los 40 son míos

Comemos en el Moncho con Miguel P., el crítico gastronómico, y tras dos orujos me habla sobre la muerte y la intrascendencia (ya les he dicho que se había tomado dos orujos). Me quedo de una pieza, porque en mi egocentrismo ombliguero siempre creo que soy la única a la que se le ocurren esas cosas. Y ahora, a pocos días de cumplir los 40 (sí, ya sé que estoy monísima y que parece increíble, pero los voy a cumplir) me entra el canguele. Reconozcámoslo: ya no llego a ninguna parte viva. Después de los 40 sólo conozco a alguien que haya triunfado, y Chiquito de la Calzada no me parece un ejemplo a seguir debido a mi conocida incapacidad para contar chistes. Por lo tanto sólo me queda un camino: pasar de ser una viva intrascendente a una muerta relevante.

Así que aquí van mis notas acerca de cómo ser famosa después de palmarla.

- Una necrológica firmada por Pérez Reverte. Yo la dejo escrita, don Arturo, no se preocupe: usted sólo tiene que poner la firma, que entre los ex-alumnos de Maristas tenemos que ayudarnos. Yo si quiere le escribo la suya por si usted muere antes que servidora en un duelo con Biscarrat o cualquier otro esbirro del cardenal, y quedamos en paz.

- Una esquela en El País 4x5 módulos en la edición nacional, para que todo el mundo se pregunte quién será esa tía a la que le han puesto ese pedazo de esquela (lo dejo pagado, no se preocupen). En los periódicos locales exijo portada como mínimo.

- Flores, muchas flores.

- Quiero que me entierren, no que me incineren, que luego a saber donde acabo con el despiste que nos gastamos por aquí (recuerden lo de las cenizas de la madre de Robert de Niro en Los padres de ella).

- No me cierren el blog, por favor. Que lo herede algún otro desocupao con mala follá.

- Que me nombren en "Sálvame". Miren ustedes (y esto no es discutible): si Jorge Javier no te cita, no eres nadie. Y que monten un video con música fúnebre donde hagan referencia al romance secreto que mantuve con John Cusack (¡que me demande si quiere!). Y cuando salgan imágenes mías se oiga un "uy, uy, uy, uy" tomatero dicho en tono necrofílico. Y muchos mensajes de condolencia al 7705 (estos los pagan ustedes).

- Dejaré preparado un vestido de Jesús del Pozo para el funeral, rollo "ninfa yacente" (digo yo que el último día de mi vida tendré que estrenar algo, ¿no?) o de Josep Font, de su línea "Blancanieves traspuesta tras comer la manzana", que también vale.

- Si me muero en verano, quiero ser embalsamada y conservada hasta invierno, porque ya lo dice Josemi: un entierro en verano es un horror, con esos vestidos veraniegos de tirantes y de colores alegres en lugar de los preceptivos petite robe noire de manga al codo. Elijan un día tan lluvioso como el del funeral de Ava Gardner en La condesa descalza. Para el tema de la conservación de servidora hasta la bajada de los termómetros contacten con Naty Abascal o con Carmen Lomana, que ya se ocupan ellas de llamar a Maribel Yébenes. El doctor Zelicovich que ni se acerque.

- El tema ¡HOLA!: ya saben que fui defenestrada por la citada revista, así que desde aquí le pido a Hong Kong Blues que interceda por mí ante los Sánchez Junco. Sé que no conseguiré la foto grande de portada (seguro que Isabel Preysler todavía está viva para entonces), pero sí quiero ventanita con titular tipo "Emotiva despedida".

- Y algo muy importante: en el momento previo al óbito, cuando esté con una pata aquí y otra allí estilo Ana Obregón en la barra de striptease, mándenme un cura. Una es agnóstica pero precavida.

Y a todo esto: ¿creen de verdad que me preocupan los 40? No, en absoluto. Me preocupa mucho más no cumplirlos. Verán, todo lo que se me tenía que caer se me cayó hace ya muchos años, y la lucha contra la celulitis ya se imaginan quién la ganó, así que llego intrascendente y anónima, celulítica y rodillera, aturdida y confusa, de acuerdo, pero llego. Bueno, eso espero: sólo tengo que sobrevivir hasta el 3 de noviembre. Están invitados.