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miércoles, 24 de enero de 2018

LA PREGUNTA DEL MILLÓN

PUBLICADO EN LA VERDAD EL MARTES 23 DE ENERO DE 2018

Me lo preguntaron, de nuevo, el viernes pasado: "Pero, escucha: tú solo ves "Sálvame" porque te viene bien para escribir las columnas, ¿no?". Esa es la pregunta que más veces me han hecho, seguida de cerca por "¿Verdad que esas pestañas son postizas?" y "¿Estás despierta?". Y no: ni las pestañas son postizas, ni estaba despierta, ni veo "Sálvame" por obligación. Lo veo (y menos de lo que quisiera) porque me da la gana, porque me produce la misma fascinación malsana que mirar un accidente de carretera y porque "Sálvame" es la mejor máquina de picar carne del mercado.

El programa, además de engendrar un microcosmos caníbal retroalimentado por sus mismos personajes y de implantar un nuevo lenguaje televisivo, ha conseguido crear un léxico propio digno de un ensayo filológico: para soslayar el horario protegido, los puticlubs han pasado a ser "locales de lucecitas", los gin tonics "agua con misterio", y las putas "princesas", al más puro estilo Fernando León de Aranoa. Aunque, haciendo honor a la verdad, lo cierto es que los primeros en utilizar esta terminología fueron los redactores de ¡HOLA!, una revista cuyos lectores también viven en horario protegido: si publican un reportaje fotográfico sobre una casa tan llena de trastos que parece que haya sido amueblada por Diógenes en pleno síndrome, dicen que su dueña es "una reconocida coleccionista"; si la susodicha tiene más años que las pirámides y ha conseguido borrar los estragos de las juergas marbellíes a base de liftings, afirman que vive "una espléndida y serena madurez", y si no saben cómo decir que dos maromos mantienen una relación homosexual, se refugian en que están unidos por "una entrañable amistad". Y así todo.

Eufemismos aparte, en "Sálvame" los cuernos siguen siendo cuernos. Y tan cuernos son los que le puso Gustavo González a su mujer con María Lapiedra como los que le colocó Pedro J. Ramírez a Ágatha Ruiz de la Prada con una compañera del periódico. Pero, en lugar de hacerse un "Poli de Luxe" como Dios y San Paolo de Todos los Audímetros mandan, Pedro J. y su churri se fueron a Florencia a currarse un cursi y sonrojante reportaje para "Harper's Bazaar" (él sobreprotector con gabardina, ella acurrucadita en manga corta), mientras que Gustavo y María iban a frotarse a Sanchinarro. Entre el glamour portera y el realismo sucio, me quedo con el segundo. Y que vivan Raymond Carver y Kiko Hernández.