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miércoles, 11 de marzo de 2015

Vieja


PUBLICADO EL MARTES 10 DE MARZO DE 2015 EN LA VERDAD

Canta Calamaro que Maradona no es una persona cualquiera. Desde luego: una persona cualquiera no vive media vida como Dios y la otra media como un ángel caído, pero tampoco se hace un lifting y acaba pareciendo una señora mayor que se arregla para ir al ambulatorio. Las personas cualquiera no nos operamos, nos conformamos con echarnos una crema antiarrugas en la que ponemos más fe que Iker Jiménez en las caras de Bélmez. Porque las personas cualquiera sabemos que operarse es como casarse: una sólo lo hace para mejorar. Y si muchos casorios acaban en divorcio, muchas operaciones terminan en apocalipsis, como las de Mickey Rourke, Renée Zellweger o Kalina de Bulgaria. Por eso espero que el lifting de Maradona no se convierta en tendencia entre el futbolerismo, que no quiero ni imaginarme a Camacho cambiando sus carrillos hiperdesarrollados por los pómulos de la Obregón. Se me abren las carnes de pensarlo.

Decía Mariví Bilbao que para qué sirve estar estiradísima si al final te tienen que ayudar a levantarte de la silla, porque tu cara aparentará cuarenta, pero tu cuerpo sigue teniendo ochenta. Y Carmen Maura apunta que, como ella no se ha operado, va a acabar haciendo todos los papeles de abuelita. De abuelita loca y extravagante, como la Charito, aquella cartagenera con alma de neoyorquina excéntrica que paseaba camino del muelle de San Pedro con sus collares, su bolso coqueto, sus estampados de colores y sus labios pintados de rojo. Hoy, la Charito sería una “it yaya”, que la pilla un blogger y la convierte en la Iris Apfel local.

Pero ya sea llena de abalorios o con alivio de luto, si la arruga no puede ser bella, al menos que sea digna. Y aunque la vejez no nos asegure la sabiduría, porque tontos hay a todas las edades, que tampoco nos quite la curiosidad. Que podamos envejecer como Soledad Lorenzo, Margarita Salas o Elena Asins. Que nos acompañen la cabeza y las piernas, y que nos convirtamos en viejas deslenguadas, activas, divertidas e inteligentes. Que nuestros nietos besen nuestras caras arrugadas y nos pregunten cómo sobrevivimos a la crisis, a varias ediciones de Gran Hermano, a las hombreras de los 80, al reggaetón, a los palos de los selfies, a José Luis Moreno y a la reducción de vinagre de Módena. Y que podamos contarles que Maradona fue un grandísimo futbolista antes de convertirse en Carmen de Mairena



Soledad Lorenzo, Iris Apfel y La Charito, su versión cartagenera 




lunes, 20 de agosto de 2012

Desconexión


PUBLICADO EL DOMINGO 19 DE AGOSTO DE 2012 EN LA VERDAD

C. se operó de la vista hace años para poder ver bien a las payicas en el agua. C. estaba harto: era quitarse las gafas para darse un chapuzón y oír “¡Tío, jamba a las seis!”, pero C. se volvía y sólo veía un bulto que lo mismo podía ser Scarlett Johansson que Carmen de Mairena. A C. tuvieron que operarle dos veces: la primera para corregirle la miopía, la segunda para sacarle una teta del ojo derecho. Pero ahora C. se pone con el móvil en la playa y le da igual que pase por su lado una buenorra o que a su crío lo ataque un kraken: no despega los ojos operados de la pantalla.

C. no es el único: “Me largo unos días, que necesito desconectar”, digo. Y meto en la maleta el iPhone, el iPad, el pincho de Vodafone y el portátil, que parece el set de telecomunicaciones de la Srta. Pepis. Y me voy al Himalaya a meditar y a reencontrarme con la Madre Naturaleza, y si no tengo conexión para tuitear una foto subida a un yak me cago en la Madre Naturaleza y en la que parió a los sherpas. Todavía no me explico cómo podíamos cruzar España (¡o el extranjero, mon Dieu!) sin móvil, sin navegador, perdidos en medio de ninguna parte con un plano desplegado sobre el salpicadero, y yo “Vamos a preguntarle a alguien”, y él “Que no, que sé donde estoy”, con esa afición que tienen los hombres a perderse y a no preguntar. Sin facebookear cada piedra que vemos, que parece que estamos en plantilla del National Geographic. Sin fotografiar mariscadas, síntoma de que uno no come suficiente centollo a lo largo del año. Sin estar viendo Santo Domingo de Silos mientras llegan correos de Peláez, que dónde está el informe, chata, que no lo encuentro.

Así que el año que viene me marco un viaje vintage y me dejo el móvil encima del poyo hornilla. Lo haré por prescripción facultativa: me lo ha recetado el oculista después de sacarme un tuit del ojo izquierdo.