miércoles, 10 de abril de 2019

LOS OTROS

PUBLICADA EN LA VERDAD EL MARTES 9 DE ABRIL DE 2019
Veo la última de Tom Cruise un domingo por la tarde. Los domingos por la tarde son ya lo suficientemente deprimentes como para ponerte a ver algo que requiera un mínimo esfuerzo mental, que no está ni el cuerpo para farolillos ni la cabeza para Tarkovsky, por lo que servidora tira de películas de acción donde la amenaza de una hecatombe nuclear acaba antojándose mucho menor que la del lunes que comienza a adivinarse en el horizonte. El caso es que Cruise, adrenalínico perdido, reparte mandobles, corre, salta y escala durante dos horas con garbo y donaire, y una cree que sí, que sigue siendo eternamente joven. Pero llega un momento en el que el actor, al fin, deja de pegar perigallos y se queda quieto, de pie, apoyando el hombro izquierdo en una pared. Entonces, Cruise parece exactamente lo que es: un tío de Siracusa de cincuenta y siete años al que se le adivina la barriga debajo de la camisa azul. Una barriga incipiente, de embarazada de tres meses, que se convierte en aviso para navegantes, en el primer signo de madurez (tardía, muy tardía, también es verdad) y en la señal de que el americano comedor de hamburguesas que lleva dentro está intentando salir. A veces, someter al gordo interior es más difícil que impedir que explote una bomba de plutonio.  
Cuando somos nosotros mismos, somos otros: los que no queremos ver, los que no queremos que vean. Desnudos, sin defensa, sin faja, sin tacones, sin maquillaje y sin patada voladora que distraiga la atención, somos tal cual. Si voy a hacer una foto con el teléfono y la cámara está puesta en modo selfie, me veo y me asusto: yo no soy esa que yo me imagino, sino otra a la que el móvil retrata cruelmente. Y esa fotografía hecha sin avisar, más desalmada que un robado de Carmen Borrego en la playa, es la que capta a los políticos cuando les hacen una pregunta inesperada y les pillan con la guardia baja: a unos se les pone boquita de piñón, a otros cara de estreñido, a todos se les congela la sonrisa. Entonces, ellos parecen exactamente lo que son: unos tíos más perdidos que los propios ciudadanos a los que intentan convencer. Definitivamente, no podemos ser nosotros mismos. Y ellos, si quieren que les voten, tampoco. 

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