... explota, explota mi corazón. Y como
Raffaella sintió que le iba a explotar, empezó a tomar Danacol para ridurre il colesterolo. Aquí lo anuncia
Manolo Escobar, mientras que
Jorge Javier le da al Kaiku Benecol. Y mi marido toma Huesitos, que eso sí que va bien para el colesterol: te lo pone a 1.000.
Servidora tiene los niveles de colesterolo estupendamente (los que llevo fatal son los de celulitis), pero si Raffaella me dice que tome Danacol, pues me lo tomo, que yo hago caso a todo lo que dice Raffaella; de hecho, para hacer bien el amor siempre me voy al Sur. Adoro a
Raffaella, aunque por mi parte ha sido un amor maduro, ya que he tenido que luchar durante años contra el odio por las rubias que mi madre se ocupó de transmitirme: en el Pleistoceno Raffaella actuó en el Polideportivo de Islas Menores, el Florida Park del Mar Menor, y mi madre, transmutada en crítica musical, dijo que lo único que hacía era
"pienna p'rriba, pienna p'bajo, cabeza p'lante, cabeza p'tras. ¡Y encima canta en play back!". También ponía a caldo a
María Jiménez (
"¡qué basta que es la tía!", decía, y eso que no llegó a ver sus imágenes en el Rocío) y, por supuesto, a
Bárbara Rey y a sus fotocopias: a mitad de los 70 fueron a un espectáculo de revista (obligados por unos amigos, claro, porque al lado de mis padres los Alcántara eran el colmo de la progresía social y del libertinaje) donde un imitador de Bárbara Rey, que llevaba un vestido con dos agujeros enseñando el culo, se sentó sinuoso sobre las rodillas de mi padre. Mi madre, en pleno arranque racial, le apagó un More 120 mentolado en el cachete derecho.
"¡Ay, señora, que me está quemando mi herramienta de trabajo!", se quejó. Podía haber sido peor: si mi madre se llega a fumar un Partagás a lo Saritísima, entonces sí que le arruina la herramienta de verdad.
Y claro, con una infancia marcada por el odio hacia las rubias (y por un snobismo adolescente que me hacía aborrecer cualquier cosa divertido-comercial), no podía querer a Raffaella. Hasta que hace unos años me acepté como morena y consumidora de hits e hice las paces con las rubias, especialmente con las teñidas: su lucha implacable contra las raíces me enternece. Y ahí Raffaella es lo más de lo más: no sólo es esclava del tinte y de la plancha, sino que es la reivindicación permanente de la sonrisa, la pienna levantá, la lentejuela, el lamé dorado, el verano. Y además es italiana, y eso ya son muchos puntos:
Celentano, Mina, Paolo Conte, Carosone... en italiano todo suena mejor. Para colmo estoy leyendo una cosa deliciosa de
Enric González titulada
"Historias de Roma" y estoy que me hago un capuccino encima. Aunque me pregunto si el hecho de que Raffaella, encarnación bailonga de Italia, tenga las arterias chuchurrías, no será una metáfora de la situación actual del país. ¿Será
Berlusconi el colestorolo de tutta l'Italia?
Ahora bien, no confundan mi tendencia adquirida de descuajeringarme la cabeza cuando suena "Rumore" con una pasión natural por todo lo bailongo. No, la discografía de la Carrà es la única que admito como fin de fiesta: ni
Georgie Dann, al que mi amiga C. encuentra ¡sumamente atractivo! (evidentemente no voy a dar el nombre de C., porque esto es aún más grave que dar los nombres de las que estuvieron en el famoso book de María de Mora: se puede perdonar ser una putiférica, pero que te ponga Georgie Dann, no),
ni reggaeton, ni sevillanas, ni salsa. Eso déjenselo a Lydia y a su baile chuminero.
P.D.: En mi anterior post no comenté un hecho que me llenó de inquietud: al bajar de darle un abrazo al Santo en la Catedral de Santiago de Compostela, me encontré con dos pantallas enormes donde aparecían unas velas virtuales. Debajo ponía:
SI QUIERES ENCENDER UNA VELA, ENVÍA MIVELA SANTIAGO01 AL 25000. Y claro, si la modernización de la Iglesia reside en que
Jordi González me va a llamar el sábado por la noche regalándome una indulgencia plenaria, apaga (la vela) y vámonos. Me hago protestanta.