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miércoles, 6 de junio de 2012

Conozca su región


PUBLICADO EL 5 DE JUNIO DE 2012 EN LA VERDAD

Siempre que me hablan de ir al campo me imagino paseando por la Toscana con un vaporoso vestido de estampado liberty, esparteñas a juego y el sol del atardecer cegando mis ojos. Pero luego me topo de bruces con la realidad (y con algún que otro pedrusco): sin maquillar, con los pelos de loca y las piernas llenas de picotazos, lo que era una escena bucólica de Bertolucci se convierte en una película de terror de Wes Craven. Así que, cuando nuestros amigos se van de acampada, nosotros buscamos un lugar próximo donde alojarnos, con su ducha, su espejo y su conexión a Internet. Nada, una cosa sencillita de 4 estrellas (que eso no es un hotel de lujo, según Carlos Dívar). Y que los bichos se los coman a ellos.

Es tal mi incapacidad de adaptación al medio que, cuando nos propusieron ir a Cieza para bajar el Segura en balsa, me temí lo peor: servidora convertida en una versión de Martin Sheen en “Apocalypse now”, rodeada de mosquitos XXL y de charlies asesinos, que los críos con un remo en la mano son más peligrosos que el Vietcong. En cambio, me quedé con la boca abierta (y me entró un mosquito) al comprobar cómo algo que tenemos tan cerca puede ser una maravilla. Y me dejé llevar por la corriente, las garzas y los sauces llorones.

“Con lo preciosísimo que es esto y tú empeñada en ir a Nueva York”, me decía mi santo poseído por Paco Martínez Soria, que tiene el hombre no sé qué pesadilla en la que llega al aeropuerto JFK y un negro como un armario con un guante de látex le da una más que cariñosa bienvenida. Claro que, cada uno tiene sus propios temores: el crío tirándose por un salto de agua que a mí se me antojaba las cataratas del Niágara y yo corriendo detrás, que se va a hacer daño, que no sabe nadar bien, que se va a ahogar… no hay nada más castrante que una madre histérica a la que el miedo le hace olvidar que ella se escapaba nadando sin manguitos porque quería llegar más allá de las boyas, hasta la línea azul. Y no hay nada más hermoso que un niño agotado, con una sonrisa de felicidad, durmiendo en el asiento de atrás del coche. Mientras tengamos ríos por los que navegar, Nueva York puede esperar. Ya cruzaremos el Hudson.

jueves, 10 de febrero de 2011

Me voy a los Goya

Me voy a los Goya. Y lo primero que se preguntarán ustedes es "¿Qué te vas a poner?", porque es exactamente lo que me ha preguntado todo el mundo. No "¿Cómo lo has conseguido?" ni nada por el estilo, no. Convencida de que a Vargas Llosa le preguntaron lo mismo cuando dijo que le habían dado el Nobel, les aclaro la duda: vestido gris largo de French Connection, chaqueta negra de Tara Jarmon, broche de Fairly, zapatos de Adolfo Domínguez, pelo Tita Thyssen Hair Style (vamos, que me peino yo con los consejos inestimables de mi coiffeur Antoñito) y cara Ikea Make-Up (vamos, que también me maquillo yo) realizado a base de todas las muestras que he podido conseguir. De hecho, las dependientas de El Corte Inglés están empezando a sospechar de mis "extraños" problemas de piel que me obligan a probar los productos antes de llevármelos; esas dependientas de cosmética que han tenido que estudiar Químicas para colocarte un contorno de ojos de 125 euros (enzima LOXL, flavonoides, alfahidroxiácidos, retinol, ácido hialurónico, péptidos, kinetina...), que sólo utilizan infinitivos acabados en -ar (alisar, reafirmar, detoxificar, afinar, sublimar, iluminar, reactivar, regenerar) y que tienen una maravillosa pronunciación del francés (no saben ustedes la cantidad de formas distintas que hay de decir "Fond de teint sérum régénérateur d'eclat"; aquí la pronunciación varía mucho si eres de Santa Lucía, que vas más por lo parisino, o si eres de la Calle del Alto, que te sale un acento marsellés que pa qué).

Lo segundo que me dicen: quieren que
- me haga muchas fotos para ver el modelo
- me haga muchas fotos con actores famosos
- les pida autógrafos
- twittee la gala
- les mande un SMS diciéndoles dónde estoy sentada (¿¡!?)
- les salude (¿¿¡¡??!!)
todo ello subida a unos tacones de vértigo, cuando no saben que voy a concentrar la poca energía que me queda en no meterme un goyón subiendo las escaleras del Teatro Real. Porque ¿les he dicho que este año los Goya son en el Real? Tenemos una suerte de mil demonios: marco incomparable, movidón en la Academia, manifestantes en la puerta contra la ley Sinde... ¿qué más se puede pedir? Y, en medio de todo ello, servidora al más puro estilo Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí. Menos mal que voy acompañada de nuestro hombre en la Academia, Juan Antonio Porto, del cual ya les hablé en A dos grados Porto de Clint Eastwood, el hombre al que más quiero en el mundo en estos momentos con permiso de mi santo esposo, y de mi Reyes de mi alma que, además de llevar 30 años de festivales en la cabeza, lo mismo se toma un gintonic con Gemma Cuervo que se mete en un submarino con José Luis Garci.

Nos advierte Porto que, una vez que nos sentemos, ya no se sale ni al cuarto de baño. Estoy pensando seriamente en sondarme y no ingerir líquidos hasta el lunes por la mañana, en una terapia radicalmente conductista destinada a acabar con mi eneuresis maduril. Y como estará por allí Concha Velasco, siempre puedo pedirle un Tena Lady, que seguro que lleva en el bolso. Si le cabe, claro, porque ¿me pueden explicar ustedes cómo quieren que meta el tabaco, el móvil, el dinero, los Smint, la nariz roja de payaso, la Moleskine y el brillo de labios en un bolsico apropiado para la mujer de David el Gnomo? O para Lara Rodríguez, que viene a ser lo mismo.

Así que entre mis intentos de no parecerme a Belén Esteban cabalgando sobre sus FURIEZZA ("Para una mujer elegante, sofisticada y pasional que busca el éxito en los eventos a los que acude", reza su línea de FIESTA, ¡si es que nos definen perfectamente a las dos, qué ojo clínico!), encontrar el bolso perfecto, no babear delante de los famosos, sobrevivir al abrazo de boa constrictor que supone llevar un sujetador con la espalda baja, estar constantemente de frente ("de perfil pareces una gitana preñá", me suelta mi santo, "pues tendrás que andar como una egipcia", replica Juan Diego) y, sobre todo, que no descubran que soy una impostora (tengo la sensación de que todo el mundo se va a preguntar "¿pero qué hace esta tía aquí?"), estoy engoyá perdía. Pero eso sí, más feliz que un chambi, agradecida y emocionada, igualica que Lina Morgan. Y ustedes, por si acaso, pongan una velica a San Luis García Berlanga para que no me caiga, que me veo con los piños clavaos en la alfombra roja.

Voy a entrar en la web de Louis Vuitton a ver si tienen sondas de fiesta. Les cuento la semana que viene. Felices Goya.