PUBLICADO EL MARTES 18 DE OCTUBRE DE 2016 EN LA VERDAD
Visita al traumatólogo. Entro con dolor de espalda y salgo con una recomendación para hacerme una densitometría ósea y una mala leche que pa qué. Que los dolores pueden deberse a que estoy perdiendo hueso, me explica. Que es normal a mi edad, me suelta. Que es lo que nos pasa a muchas mujeres mayores, me espeta. Y me lo dice desde sus insultantes treinta años recién cumplidos. Mecachis en la mar, en la medicina en general y en la traumatología en particular. Pues paso. No me hago la prueba. Prefiero quedarme como el Jorobado de Notre Dame antes de darle la razón a ese galeno imberbe que me está condenando a la osteoporosis cuando aún no he cumplido los cincuenta. Aunque ya me queda poco para cumplirlos, lo sé, no hace falta que me lo recuerden, que están ustedes a la que salta. Y que tendré que celebrarlos a tutiplén también lo sé, que ahora se festejan estas cosas más que la boda de un torero: se invita a compañeros de clase a los que no has visto desde que tenían pelo, se sirve sushi de morcilla (que nos hemos vuelto todos muy cosmopolitas y muy finústicos y muy de cocina-fusión, cuando de jóvenes hemos comido cosas que harían vomitar a una cabra), se proyectan fotos del siglo pasado en las que ellos parecen anoréxicos y nosotras las hijas putativas de Joan Collins (¡qué pendientes, qué pelos, qué hombreras, qué todo!), y se contratan grupos ochenteros para que bailemos como locos puestos de pastillas: de ibuprofeno, omeprazol y antiácidos, concretamente.
Lo cierto es que en esta edad en la que comienzan a rondarnos los fantasmas, no hay mejor forma de ahuyentarlos que celebrar la vida festejando los cincuenta, los cuarenta y nueve o los cincuenta y uno: aunque no hayamos tenido una biografía tan intensa como la de Lou Reed (“Mi día equivale a tu año”, decía), y aunque no ardamos a lo Kerouac como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas (más bien languidecemos lentamente en nuestra rutina como un petardo falluto), hemos llegado a los cincuenta sin pisar el talego, sin inyectarnos bótox, sin hacernos trasplantes capilares, sin ponernos un piercing en el pezón, sin participar en Gran Hermano y sin que nos den un Nobel. Y eso ya es un triunfo. Bueno, lo del bótox no lo descarto del todo, la verdad.