Mostrando entradas con la etiqueta casas rurales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta casas rurales. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de enero de 2013

Mundo rural


PUBLICADO EL MARTES 22 DE ENERO DE 2013 EN LA VERDAD

No sé qué nos da en invierno con las casas rurales, de verdad. Con lo a gusto que se está en la ciudad, con sus cines, sus tiendas y su asfalto, quién me manda a mí irme todos los años con la pandilla y una caterva de críos a pasar el fin de semana a un pueblo que ni siquiera aparece en el GPS. A respirar aire puro, me dicen, cuando hay una peste a cabra que tira de espaldas. A estar en comunión con la naturaleza, me argumentan. ¿Comunión? Bastante tengo yo con la que me toca preparar en mayo.

Pero lo peor no son los campos minados con boñigas de vacas, que a poco que te encantes con el paisaje, ¡zas!, ni las carreteras más empinadas que la cuesta de enero, ni los barrancos a los que los niños se empeñan en asomarse, no. Lo peor son las casas, esas casas decoradas entre lo provenzal ochentero y el estilo remordimiento, y amuebladas con los trastos que les sobran a sus dueños. ¿Por qué decide que ese sofá que se hunde cuando usted se sienta no se va a hundir cuando me siente yo? ¿Por qué tiene usted una Nespresso en su casa y a mí me deja una cafetera requemá? ¿Por qué usted duerme con un nórdico (me refiero a un edredón, no a un sueco, que ahí ya no me meto) y a mí me deja las mantas de cuando hacía la mili? Y, de verdad, ¿cree que puedo abrir un botellín de cerveza con la cuenca del ojo? ¿Tanto cuesta poner un abridor? ¿Y piensa que se pueden caldear dos plantas con esa estufica? ¿Dónde la ha comprado? ¿En Liliput? Ah, bueno, que la casa tiene chimenea. Pero la chimenea no tira, así que nos pasamos el fin de semana con más olor a zíngaro que en una película de Kusturica. ¿Volver a lo natural? Al siglo dieciocho es a donde he vuelto.

Eso sí, una regresa convencida de que ha cumplido con su cuota de ecologismo anual porque ha visto una ardilla. Pero la próxima vez me pongo todos los capítulos de “El hombre y la tierra” en bucle y los veo en mi comodísimo sofá, con la calefacción a todo trapo y un Ristretto en la mano. Y me ahorro los cuartos y el tener que limpiar botas. Por cierto ¿cómo se quita la boñiga de vaca?