Pues no, Telma, que mire usted, que con esa mochilica a la espalda que me viene, con la bolsa de El Corte Inglés para llevar los papeles y con ese corte de pelo pues no le doy la razón. ¿Es que no he visto usted cómo acude Anita Obregón a los juicios, disfrazada de Ally McBeal? Aprenda de una experta en demandas y querellas contra la prensa del corazón, hija, que ella sí que sabe. Y si no llame a Josie que le aconseje un estilismo judicial. Pero así no, Telma, así tengo que fallar en contra suya sin más remedio. Por eso y porque no se puede condenar a nadie a priori, que no sé qué milonga le habrán contado sus abogados, pero que parece que han sido compañeros de pupitre de El Lute.
Y la jueza se ha quedado tan ancha. Se ve que ella salió hace tiempo del armario, como servidora: "Me llamo Rosa Palo y soy tomatera" "Hola, Rosa" me contestaron miles de personas que veían el Tomate todos los días. O a lo mejor es que su señoría tiene un poco de sentido común, que todo puede ser. En cualquier caso, Telma casca.
No entiendo a Telma. A lo mejor es que tantos años fuera de España viviendo en el Tercer Mundo han hecho que crea (como algunos pueblos indígenas) que las fotos te roban el alma. Y puede que lleve parte de razón; les roban el alma sobre todo a los de raza cobriza, como a Carmina Ordóñez, pero al resto de los mortales no. Su madre es el claro ejemplo de ello: no suelta prenda pero siempre esboza una sonrisa cuando le preguntan algo. Y, sinceramente, no creo que la pobre tenga muchos motivos para hacerlo, pero lo hace. Lo hace y la dejan tranquila. Pero Telma con su actitud ha conseguido justo lo que no quería: una sobredosis de su propia medicina. Se ha hinchado a TELMALGÍN, y en supositorios. Hala, ahora a demandar a la compañía farmacéutica, que es lo que le queda.